31 de julio de 2008

BIOGRAFÍA DE D. FRANCISCO SOLÍS PEDRAJAS

RVDO. SR. DON FRANCISCO SOLÍS PEDRAJAS
(EDUCACIÓN RELIGIOSA Y ATENCIÓN AL OBRERO)



Sin duda alguna, don Francisco Solís Pedrajas fue un hombre de recia personalidad, un hombre de Dios como lo llama uno de sus biógrafos y que los describe como: “predicador docto y elocuente, cargado de fama. Catequista sencillísimo, con los niños... Majestuoso, serio, con ese ‘no sé qué’, de apariencia inaccesible, que, a veces, rodea a los hombres grandes; y rodeado... de los más débiles económicamente, que le seguían, desde la calle Maestra, hasta la casa hoy marcada por el número 40 de San Marcos. Suave y delicado... Fuerte y firme para moverse y mover a sus feligreses a hacer algo más práctico que lamentarse en las situaciones más difíciles. Intrépido ante la muerte..., gozoso ante el martirio, con un gozo contagioso que movió a cantar al Señor a los que con él iban a morir”[1]

1.Consideraciones históricas, sociales y políticas.
Es cierto que don Francisco Solís Pedrajas fue párroco de Mancha Real desde el año 1914 hasta el año 1937, en que fue martirizado en el cementerio de la población de la que él era Párroco-Arcipreste. Aunque, como escribe un hijo de Mancha Real y biógrafo de don Francisco Solís, hay que reconocer que “no salió hacia el suplicio de la cárcel de mi pueblo (Mancha Real). Salió de la prisión de la Catedral de Jaén, cuyas llaves no estaban en las manos de mis paisanos. A él, y a sus compañeros de martirio vecinos de diversos lugares de la provincia, lo maniataron y llevaron al cementerio de Mancha Real otras autoridades... Mancha Real veneró en vida al párroco Solís y le conserva, aún hoy, algunos signos externos de ese respeto”
[2]
Sin embargo, no puede negarse que fueron los hijos de Mancha Real, sus propios feligreses, los que lo llevaron a la cárcel. El sacerdote de Mancha Real, y profesor Dr. Jiménez Cobo, afirma que: “Al estallar la guerra civil, don Francisco se quedó recluido en su casa hasta el día 25 de julio, en que fue detenido e ingresado en la cárcel municipal. Por estos días se decía que fue objeto de vejaciones y torturas. Solían apalear a los presos, para que declararan dónde tenían las supuestas armas. Quizás este fuera el pretexto para hacerlo con D. Francisco. Pocos días después fue trasladado a la catedral de Jaén, convertida en cárcel por falta de espacio en la Prisión Provincial”
[3]
Pero, como también argumenta D. Francisco Cavallé: “Hacen falta muchas horas de reflexión para comprender el entorno sociopolítico de los primeros lustros de este siglo... Una masa obrera, de familias numerosas, en su mayoría que vivían y morían en ese entorno, se encontró arengada por oradores políticos que, con escasa preparación, unas veces, y otras, con defectuosos planteamientos, excitaron el odio de aquellas pobres gentes. Y los levantaron absurdamente contra la Iglesia y sus ministros, que eran y fueron, durante siglos, quienes hicieron algo por los económicamente más débiles”[4]
La realidad social y política y la persecución religiosa en la provincia jiennense, y, en líneas generales, lo que allí se contempló valga también para Mancha Real. Sin embargo, creemos será útil, para enmarcar la vida y muerte de D. Francisco Solís, considerar la realidad social, los movimientos de las fuerzas políticas y la agresividad que se mascaba con estas fuerzas, durante la década de los años treinta en Mancha Real.
Realmente, Mancha Real es una población dinámica, en la actualidad, con un considerable desarrollo industrial, siendo considerado como uno de los pueblos de la provincia más industrializados, que potencia, en gran medida, su riqueza agrícola y ganadera tradicional. Se encuentra a 19 kilómetros de Jaén y a una altitud de 759 metros sobre el nivel del mar. Su término municipal tiene una extensión de 98,78 kilómetros cuadrados y su población viene a ser de cerca de diez mil habitantes.

1.1.-Pinceladas históricas.
La fundación de este pueblo se remonta al año 1539, con motivo de la repoblación de las Sierras de Jaén y, aunque no está exactamente en la sierra, sin embargo, está enmarcado en un amplio territorio de baldíos del término de Jaén y utilizados, sobre todo, por la ganadería de Jaén y del Consejo de la Mesta y que, al estar este territorio cercano a las sierras y a la zona fronteriza con el reino de Granada, había estado sin población significativa durante la Edad Media.
Así pues, el día 6 de mayo de 1539, el Juez Juan de Rivadeneyra, comisionado por el Emperador Carlos I para la repoblación, declaró que se asentase el pueblo en el lugar llamado “Loma de la Rematosa” y que se llamase la Mancha y que tuviese como titular de la Parroquia a San Juan Evangelista, en honor de la fiesta que la Iglesia celebra este día, San Juan ante Portam Latinam.
No obstante, anteriormente a la fundación ya existían en el territorio tres cortijadas, conocidas con los nombres de Letraña, donde parece que hubo en la antigüedad población romana; La Mancha, que dio el nombre al nuevo pueblo, y Torre del Moral, junto a una abundante manantial conocido como Las Pilas, y en el que se han encontrado vestigios de población romana y también árabe.
Aunque Mancha Real fue fundada por Carlos I en el año 1539, según hemos señalado, sin embargo, la fundación había sido aprobada anteriormente por su madre, doña Juana. Escribe al respecto el profesor Jiménez Cobo: “Jaén tuvo en otro tiempo mayor extensión por parte de la sierra, tanto que a principios del siglo XVI la ciudad (Concejo, Justicias, Caballeros Veinticuatro, Jurados, Escuderos e Homes Buenos) expuso a la Reina Dª Juana y al Rey Católico, su padre, que se podrían fundar en ella varios pueblos, uno de ellos ‘en el sitio de Letraña, que era un cortijo, y parte del monte de Los Propios, continuo al sitio que se decía la Mancha, que es el mismo que machos de esparto”.
“La Reina recibió esta petición de las autoridades de Jaén y les dio autorización para repoblar dichos lugares en una Real Cédula de 17 de marzo de 1508; entre ellos “a la parte de la villa de Torres hay un sitio que se dice Letraña, en que podía haber población para cien vecinos, con la Mancha e la Torre del Moral e con cierta parte de dehesa que se dice Riez, en el cual hay muy buenas aguas e muchas tierras de pan e para viñas, el cual está a tres leguas de la dicha ciudad” (Jaén)
[5]

El pueblo de la Mancha comenzó siendo una aldea dependiente de la ciudad de Jaén. Había sido proyectada para dar acogida a unas cien familias y esta sería, sin duda, la población de aquellos primeros tiempos, formada por vecinos de Jaén y de los pueblos cercanos. Ahora bien, como por la distancia, estas gentes no acudían a misa a la ciudad de Jaén, el Obispo de la Diócesis, D. Francisco de Mendoza, mandó a dos sacerdotes para atender las necesidades espirituales de estos fieles, que se instalarían en alguna iglesia provisional o en alguna ermita, empezando a proyectarse por aquellas fechas la iglesia parroquial.
Ahora bien, en el año 1557, reinando en España Felipe II, Mancha Real se había desarrollado y ya tenía una población de cierta importancia y con bastantes recursos económicos, hasta tal punto que con una importante cantidad de dinero, con 58.000 reales, como contribución a la defensa de fronteras, consiguieron del Rey el título de Villa y, por tanto, obtuvieron la independencia de la ciudad de Jaén. La hermana de Felipe II, la Princesa Dª Juana, expidió en Valladolid una Cédula Real, con fecha de 5 de mayo de 1557, en que se declara a la Mancha “libre y exenta de la ciudad de Jaén, se le dé el título de Villa con jurisdicción civil y criminal alta y baja, mero mixto imperio para que la pueda ejercer en su sitio y término, según como estaba amojonada y deslindada”
[6]
Las autoridades que regían la Villa eran dos alcaldes, cuatro regidores, dos alcaldes de la Santa Hermandad, un alguacil y un juez.
Sorprende gratamente que el pueblo de Mancha Real no se formó de manera anárquica y espontánea, sino que fue trazado y dirigido por “artífices e ingenieros competentes”, con arreglo a un plan de conjunto, después de un serio estudio del terreno y de trazarlo de manera que se aprovechasen los desniveles y variantes del suelo. Sus calles trazadas a cartabón son rectas y amplias para aquellos tiempos, “con pocas cuestas y dispuestas de forma que la calle Maestra recorre toda la cresta de una loma E-O, con calles paralelas en ambas cañadas aledañas de la Loma y todas las demás trasversales a esas tres en sentido N-S y otra al S. de la población”
[7]
Asimismo, el año 1635, después que el Rey Felipe IV visitara la Villa, el Concejo acordó añadir al nombre del pueblo el título de Real. En el Libro de Actas nº 53, folio 211, en la correspondiente a 25 de noviembre de dicho año, “acordó el Concejo que de ahora en adelante, como esta villa se intitula y nombra la Villa de la Mancha, se nombre la Villa de Mancha Real, y que se notifique a los escribanos de la villa que en las escrituras y autos que se hacen lo pongan, atento a que desde que pasó por esta Villa Su Majestad, hay costumbre de ello, y que se pregone dicho auto, para que sea en satisfacción de todos, y al escribano, que no lo pusiere en los autos y escrituras, se le pondrá de pena cien maravedíes para cera del Santísimo Sacramento”[8]
La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Evangelista, se construyó entre los siglos XVI-XVIII. Es de estilo renacentista andaluz, de la escuela de Vandelvira. Intervinieron en ella los arquitectos Andrés de Vandelvira, Alonso Barba, Hernando Berbel, Juan de Aranda, Eufrasio López Rojas y Ventura Rodríguez. Es una de las más amplias y hermosas de la diócesis. Fue declarada monumento de carácter nacional el 4 de mayo de 1983.
Esta iglesia empezó a construirse en el reinado de Felipe II. En el libro de acuerdos del Ayuntamiento de Mancha Real se dice del Rey Felipe II: “que su celo de la religión hizo delinear y sacar cimientos de la única iglesia parroquial que tiene”. Es lo más seguro que Vandelvira o sus discípulos o colaboradores hicieran el trazado y comenzaran las obras. Será Chueca Goitia quien hable de la posibilidad de que sean de Vandelvira la planta, la portada sur (calle Maestra) y los arranques de los muros perimetrales.
Por lo demás, la construcción de la iglesia parroquial se desarrolló en cinco etapas bien definidas:
Primera etapa. 1557-1575. La dirección corrió a cargo de Vandelvira o su escuela. En este período o etapa se construyeron los cimientos, los arranques de las columnas y de los muros, así como el muro sur hasta la cornisa exterior, junto con la portada, de genuino estilo vandelviriano, estando esculpida en ella la fecha de 1575. Es de destacar que la portada sur tiene parecido indudable con la portada sur de la Catedral de Jaén, que también es obra de Vandelvira.
Segunda etapa. 1614-1628. Las obras fueron dirigidas por Hernando Berbel y la obra más destacada de este período fue el cerramiento de las bóvedas, la Capilla y el Altar Mayor, a expensas del Obispado de Jaén.
Tercera etapa. Se continuaron las obras a cargo del arquitecto Juan de Aranda entre 1639-1646, que a la vez era el arquitecto director de las obras de la Catedral de Jaén y en este período se construye la mayor parte de la fachada principal y se inicia la torre.
Cuarta etapa. 1670-1681. Las obras estuvieron dirigidas por el arquitecto Eufrasio López de Rojas, que también era el arquitecto principal de la Catedral de Jaén y de las más importantes obras diocesanas. Ahora se continua la construcción de la torre, haciéndose los dos primeros cuerpos de la misma por Blas Antonio Delgado. También se construye en el interior de la iglesia el arco que forma el coro, entre los muros de la torre y de la Capilla de los Dolores.
Quinta etapa. 1761-1775. Arquitecto Ventura Rodríguez. Es sabido que el año 1761 se hundió toda la obra basta e inconsistente, que se había hecho el siglo anterior, para abrir el templo y ponerlo en servicio. Ante esto, el párroco de la época, don Esteban Lorenzo Tristán decidió terminar las obras, consiguió recursos y se levantaron las paredes, arcos y columnas, impidiendo la posible ruina de la Capilla Mayor. Y tuvo el buen gusto y el acierto de que se siguiera la traza primitiva. También se terminó la parte alta de la fachada principal a partir de los estribos, con un cuerpo piramidal que corona toda la fachada en el que se encuentra el escudo del Obispo Fr. Benito Marín y la fecha, 1775. Asimismo se termina la torre, es decir, el tercer cuerpo rectangular de sillería con tras balcones. El campanario octogonal. Tal como hoy se encuentra es obra posterior
[9]
Se conserva también una Casa-Palacio. Con interesante fachada del siglo XVII, que puede ser obra de López de Rojas o de Vandelvira, con escudo de la Inmaculada.
Por lo demás, en Mancha Real existe otra parroquia, creada en 1985 dedicada a la Encarnación de nuestra Señora. Hay que recordar también la existencia de dos ermitas, una dedicada a San Marcos, Patrón del pueblo, y otra a la Inmaculada, declarada copatrona en 1972, sin olvidar otra iglesia, dedicada a la Virgen de la Cabeza, en el Colegio de la Monjas Misioneras de Acción Parroquial.
Hubo dos ermitas más en otros tiempos y demolidas después. En el solar de la primera, la de San Francisco, se construyó un salón parroquial y en el solar de la segunda, de la Encarnación, se construyó la parroquia del mismo nombre.
También ha existido un Convento de Carmelitas Descalzos hasta 1836. Con motivo de la desamortización fue destruido y enajenado. Este Convento fue fundado por San Juan de la Cruz, en 1586, en unos terrenos donados por el Arcediano de Úbeda, don Juan de Ocón. Y supuso un hito importante en la historia de Mancha Real, por el hecho de que lo fundara San Juan de la Cruz y de que aparezca su firma en el documento de recepción de casas y terrenos para la fundación.
Ahora bien, si hemos dicho algo de la Mancha Real histórica, de la Mancha Real de ayer, de sus orígenes, de su desarrollo posterior..., convendría dirigir una mirada, aunque sea muy rápida, a la Mancha Real de hoy.
Decíamos que Mancha Real tenía un término municipal que se extendía a lo largo de 98,78 kilómetros cuadrados, es decir, tiene 9.878 Has. de las que 6.400 son de olivar, otras 1.450 de diversos cultivos arbóreos (almendros y huertas), cereales y el resto de sierra y pastizal. El olivar tiene de producción media unos 23 millones de kilos de aceituna, que molturada por cinco almazaras cooperativas y otras tantas particulares ofrecen una producción aproximada de 5 millones de kilos de aceite. En la agricultura encuentran ocupación algo más de mil cuatrocientos obreros.
Una agricultura rentable y floreciente ha hecho que Mancha Real haya crecido mucho en estos siglos, poniéndose a la cabeza y adelantando a otros pueblos vecinos, mucho más antiguos, pero que han ido disminuyendo poco o han tenido un crecimiento más lento.
Pero hay que reconocer que a la riqueza tradicional de la agricultura, mejorada y potenciada por los medios de explotación modernos y por amplias repoblaciones de olivar, almendros y frutales, se ha agregado en los últimos años una industria importante de promoción o iniciación privada, aunque al amparo del llamado Plan Jaén, que ha propiciado que Mancha Real figure hoy en una posición destacada en renta per cápita, no solo en Jaén, sino en toda Andalucía.
Así pues, junto a las tradicionales industrias de aceite, harina, talleres artesanales de estructura familiar, se han creado industrias modernas de maquinaria agrícola, que exportan a otros países; industrias de fabricación de muebles, que venden en España y fuera de ella; de material de construcción; de carpintería metálica, talleres metálicos, eléctricos, industrias alimenticias, de plásticos, etc, etc. En ellas se da trabajo a cerca de más de un millar de obreros.
Como exponente del alto nivel de vida, se han formado amplias y bien planificadas barriadas en las zonas periféricas del antiguo casco urbano, de digna construcción moderna y confortable.
Asimismo, Mancha Real está dotada de 34 unidades escolares, con más de mil alumnos; de dos institutos de enseñanza secundaria; Casa de la Cultura y una buena Biblioteca.
Se encuentra muy bien comunicada con la capital de la provincia, de la que dista sólo 19 kilómetros y con otras comarcas, como la Loma, la de Torres, Jimena y Jódar, así como con Pegalajar, y con las otras poblaciones de la autovía de Granada. Todo esto hace suponer que Mancha Real no sólo tiene un desahogo y confortable presente, sino también un halagüeño y prometedor futuro.
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1.2.-Problemática social y política durante la República en Mancha Real.
Es un hecho constatado que desde principios del siglo XX, el Partido Socialista Obrero Español estaba profundamente arraigado en Mancha Real. Un partido muy activo, que gracias a un incansable y persistente trabajo de organización y difusión, junto a las primeras aventuras de la prensa socialista provincial, consigue los primeros triunfos electorales. Ya en 1905, y en Mancha Real, Juan A. Ruiz Barrio consigue ser el primer concejal socialista de Andalucía. Y en 1915, el PSOE de Jaén es uno de los primeros de España a nivel provincial, por el número de pueblos con agrupaciones organizadas, entre ellos el de Mancha Real.
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Instaurada la República, y durante toda la etapa republicana, la conflictividad recorrió todas las latitudes, siendo Jaén una de las zonas andaluzas de mayor intensificación de la lucha de clases y el sector agrario el más convulsivo a nivel provincial. Analizadas ya las estructuras de base, las fuerzas en liza, los intereses encontrados, es comprensible la profunda radicalización de la lucha de clases traducida en huelgas y conflictos de todo género. Hay que destacar que de las huelgas habidas en Jaén, entre los años 1930 y 1936, sobresalen en el medio campesino las de 1933 y 1934, convirtiéndose Jaén, en ese año de 1933 en una de las provincias más conflictivas de España, junto con Asturias y otras zonas de Andalucía, como Cádiz, Sevilla o Córdoba.
Esta conflictividad y estos enfrentamientos también se vivieron en Mancha Real. Aquí, al instaurarse la República en 1931, la convivencia pacífica entre los vecinos se vio profundamente alterada, las actitudes de los conciudadanos se deterioraron hasta llegar a una situación de extrema agresividad entre los simpatizantes y seguidores de los partidos de derechas y de izquierdas.
Como muestra de esto, recordemos que en la feria de 1935, durante el bienio de los gobiernos de derechas (3-XII-1933 al 16-II-1936), un grupo de alborotadores pretendieron colocar una bomba donde estaban las casetas de feria. Pero, al darse cuenta que por allí estaban jugando algunos niños, cambiaron de plan y la llevaron a un barrio exterior del pueblo, donde la hicieron estallar. También merece destacarse que en una huelga, en 1934, un piquete de huelguistas manchegos fuertemente armados que recorría los olivares para imponer el paro por la fuerza, sorprendieron a un labrador arando y lo asesinaron, ante su negativa a dejar el trabajo. Detenidos los dirigentes del grupo, fueron torturados y apaleados por la Guardia Civil, con el propósito de descubrir al autor de la muerte, sin conseguirlo. Pero a consecuencia de los golpes murió uno de ellos.
Ya se ha considerado anteriormente la persecución religiosa que se desató en varios frentes contra la Religión y la Iglesia y el bombardeo constante de propaganda antirreligiosa, presentando a la Iglesia como enemiga del pueblo y del trabajador, que sembró el odio en la almas y veneno en los corazones. Pero, como tantos otros, don Francisco Solís desmontó todo esto y lo desmintió con una encomiable labor social, para mejorar la suerte y la situación de la clase obrera.
Siguiendo las pautas de la Encíclica “Rerum Novarum”, se crea en Mancha Real un Círculo Católico y un Sindicato Obrero, inspirado en el movimiento social, que promoviera el entonces Obispo de Córdoba Fray Ceferino González. Pero la verdad es que arrastraba una vida mortecina y poco activa, como expusieron los directivos de la Adoración Nocturna de Mancha Real, en una visita que hicieron al Sr. Obispo de Jaén en 1913, en la que decían: “No pudimos darle noticias favorables del Círculo Católico de Obreros, el que, por su estado decadente y anémico, no contrarresta ni contiene siquiera la difusión de otras ideas en los obreros del campo, para lo que su descristianización es terreno muy abonado”
Como veremos más detenidamente después, don Francisco Solís fue nombrado, en 1914, Párroco de Mancha Real y con su presencia y su acción tomó nueva vida al Círculo Católico y al Sindicato, desarrollándose de manera sorprendente. Sin contar otras obras sociales, como una escuela parroquial, el sindicato Católico, impulsado por don Francisco Solís, tomó en arrendamiento extensas tierras, en la finca llamada “Los Cuartos”, que parceló y distribuyó entre los obreros sin trabajo y sin tierras. Es cierto que durante algún tiempo gozó el Sindicato de buena salud y tuvo una vida floreciente dando trabajo a los obreros arrendatarios y rendimiento de unas tierras que por abandono y pocos cuidados habían sido poco productivas.
Por desgracia, aquella obra tan prometedora se vino abajo, porque los dueños de las tierras las pusieron en venta y el Sindicato no tenía más salida que comprar las tierras o dejar el arrendamiento, y como carecía de recursos para comprarlas, se vio forzado a cancelar el arrendamiento.
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Por lo demás, también es cierto que con el Sindicato Católico gran parte de los obreros dejaron el PSOE y se hicieron socios del sindicato, provocando las iras y el rencor de los dirigentes obreros. Y lo que podía haber sido un medio y una vía de aproximación de la Iglesia al mundo obrero, terminó convirtiéndose en un motivo más de los enfrentamientos contra la Iglesia, y contra don Francisco, por considerarlo un competidor de su partido y de su sindicato, los dirigentes obreristas.
Sin embargo, y a pesar de todo, el nivel popular de don Francisco era muy apreciado y gozaba de gran prestigio. Además del impulso dado al Sindicato, llevó a cabo una importante labor de beneficencia con los necesitados, y en la promoción de la enseñanza religiosa, fundando el Colegio SADEL, que era de inspiración religiosa y carácter parroquial, para proporcionar formación cristiana a los niños, ya que el Gobierno republicano había prohibido la enseñanza de la Religión en las escuelas. También era muy apreciado por haber fomentado el acceso a la propiedad de obreros sin tierras. Todo esto hizo que D. Francisco se granjeara el cariño y el aprecio popular, incluso entre los obreros y los pobres, pero no entre los dirigentes obreros y sindicales, que veían en él un peligroso competidor, como ya hemos dicho.
Por otra parte, con el triunfo del Frente Popular, en febrero de 1936, se incrementa el furor antirreligioso en España, en la tierra jiennense y también en Mancha Real.
En consecuencia, los actos religiosos, en Mancha Real, se fueron reduciendo al interior de la Iglesia y hasta con ciertas preocupaciones. Se daban, con más frecuencia de lo deseado, las revueltas callejeras nocturnas y grupos de jóvenes exaltados molestaban y corrían por la calles a los viandantes que eran contrarios a su ideología. Y el mismo alcalde socialista, D. Blas Ruiz, indicó amistosamente a la Adoración Nocturna que sería aconsejable que cambiaran los horarios de las Vigilias, para evitar un posible incidente grave, porque, como los adoradores pasan la noche en la sacristía, esto podría interpretarse como una reunión clandestina.
Escuchando esta insinuación, tanto el Párroco como la Junta tomaron el acuerdo de no suprimir las vigilias, pero celebrar las oraciones y las primeras horas de la vigilia por la noche después del rezo del Rosario parroquial, interrumpirla durante el resto de la noche y reanudarla por la mañana, a la hora de la misa primera.
Asimismo, se suprimieron las procesiones por la calle. En la fiesta de la Inmaculada era costumbre, en Mancha Real, trasladar la imagen desde su ermita a la Parroquia en procesión, para celebrar la novena. En estos años, para evitar provocaciones y desmanes con una procesión por la calle, un piadoso feligrés llevaba la imagen, ya que era pequeña, bajo el brazo y tapada con el vuelo de su capa. Sin embargo, en las moniduras, vieja tradición que organizaban las cofradías, con una rondalla, la noche anterior a la fiesta, para avisar casa por casa a los cofrades, se presentaban reventadores para romper la comitiva, generando a veces violentas peleas.
Otro caso es el ocurrido en marzo o abril de 1936, a primeras horas de la noche, en el Colegio SADEL celebraba su acostumbrado Círculo de Estudio un grupo de unos veinte jóvenes de Acción Católica. Los últimos que entraron dieron el aviso de que la puerta se encontraba custodiada por los Guardias Municipales. Al salir los fueron deteniendo, por considerarla reunión clandestina. Pasaron la noche encarcelados con la preocupación consiguiente y el natural sobresalto de las familias y de todo el pueblo cristiano. Al día siguiente, sin juicio ni explicación alguna, los fueron soltando. Según se dijo, lo que pretendían era “darse el gustazo” de tener en la cárcel al Párroco, por lo menos un día, pensando que también aquella noche el Párroco dirigía el Círculo, como lo hacía siempre. Pero aquella noche, una visita larga e inoportuna impidió a D. Francisco dirigir el Círculo, frustrando el planeado espectáculo.
Iniciada la guerra civil, don Francisco se recluyó en su casa hasta el día 25 de julio en que fue ingresado en la cárcel municipal. Se comentaba por estos días en el pueblo que sufrió toda clase de torturas y vejaciones. Se sabe que apaleaban brutalmente a los presos para que declararan donde tenían escondidas las supuestas armas. Y este sería el pretexto para hacerlo con don Francisco. Pocos días después fue trasladado a la Catedral de Jaén, convertida en prisión, donde estuvo hasta el día de su asesinato.
Por estas fechas también se quemaron las imágenes, retablos y altares de las iglesias. En el interior de la iglesia parroquial hicieron una procesión de burla vestidos con ornamentos sacerdotales, que después quemaron, junto con las imágenes, libros parroquiales, archivos y otros enseres. Los cálices, custodias, copones y demás objetos preciosos los llevaron al Ayuntamiento, perdiéndose finalmente bastantes de ellos.
Pero la burlesca y sacrílega procesión se prolongó por la calles del pueblo hasta llegar a las cuatro ermitas, pregonando que iban a dar el “santolio” (Extremaunción) a los santos, porque ya estaban en las últimas, porque ya les había llegado la hora de su muerte, quemando finalmente las imágenes y retablos de las ermitas.
Cuando estalló la guerra, había quedado en el Sagrario un copón lleno de hostias consagradas. Unos días antes de la quema de la iglesia, el coadjutor de la parroquia, don Juan Olid, llamó al seminarista Francisco Conde, hijo del sacristán, que aún vivía en la casa contigua a la sacristía, encargándole que consumiera todas las hostias, cosa que realizó, con inmensa emoción, en presencia de sus padres, fervorosos cristianos también.
Don Juan Olid también permaneció recluido en su casa, sin salir a la calle. Al preguntarle un día unos amigos que le visitaron: “¿Qué hace usted ahora?. El respondió: ‘Preparándome para morir’. Así fue. Al poco tiempo los milicianos lo sacaron de su casa y lo asesinaron, junto al sochantre Agustín Pérez, al borde de un barranco y junto a la carretera de Baeza”
[13]

2.-Infancia y juventud.
Don Francisco nace en Marmolejo, el día 9 de julio de 1877, siendo hijo primogénito de los esposos Miguel Solís Padilla, carpintero y de Antonia Pedrajas Rodríguez, dedicada a sus labores y que se habían casado canónicamente en la misma localidad, el día 11 de agosto de 1875 y de cuyo matrimonio nacieron después de Francisco, Manuel, María del Rosario, que acompañó siempre a su hermano sacerdote, casándose en Mancha Real y siendo madre de tres hijos, y, finalmente, Miguel, que murió joven en Baños de la Encina. La madre, Dª Antonia muere en Mancha Real el día 22 de enero de 1915, y el padre, D. Miguel Solís, fallece en Marmolejo, el 19 de julio de 1921.
Tenemos pocas noticias de su vida de seminarista, lo que sí sabemos es que los últimos años del siglo XIX son al mismo tiempo los años finales de sus estudios teológicos y que el Boletín Oficial de la Diócesis refleja, al final de cada curso, el buen expediente académico del seminarista Francisco Solís Pedrajas
[14] y que recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo de Jaén, Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. D. Victoriano Guisasola, el día 22 de diciembre de 1900.[15]

3.-Sus primeros años de sacerdocio.
Como escribe don Francisco Cavallé Cobo: “Había empezado un nuevo siglo: el siglo XX y del que el nuevo presbítero sólo viviría 36 años, tres meses y tres días. Años que él aprovecharía para crecer en el amor a Cristo y a los hermanos, para hacer maravillas; para alcanzar un prestigio pastoral difícilmente inigualable. Años que coronaría derramando su sangre por Cristo. Amanecía su siglo”
[16]
De sus primeros años de sacerdocio no sabemos demasiado. Los archivos parroquiales de Santiago Apóstol de Valdepeñas de Jaén conservan la firma de Francisco Solís, como coadjutor de aquella parroquia. Hay un lapso de tiempo en que no vemos su rúbrica, para aparecer nuevamente en los libros parroquiales como licenciado Francisco Solís, lo que indica, como es natural, que estuvo algún tiempo haciendo la licenciatura. Como alguien anota: “Ya despuntaba su amor a los libros”.
El año 1906 se celebran en la diócesis oposiciones a curatos
[17] y don Francisco obtiene en el mismo la parroquia de Baños de la Encina. Se ha escrito que: “Un buen día de agosto de 1906, se acercaba a Baños de la Encina, entrando por Matacabras, un joven sacerdote –29 años-. Ante sus ojos se extendía la villa mariana: arriba, a la derecha, el Santuario del Santísimo Cristo del Llano; a la izquierda, el entonces casi milenario castillo; en el centro, la iglesia parroquial de San Mateo Apóstol, en la que él venía a servir como párroco propio, en virtud del concurso oposición a curatos celebrado aquel mismo año. ¡Reciedumbre en rima consonante: la de aquellas edificaciones y la del nuevo párroco!.
Apenas instalado en el pueblo, se encaminó un día, entre hiladas de olivos, -plata y esmeralda-, hacia el Santuario de la Santísima Virgen de la Encina, patrona de Baños, pasando junto a la ermita de Jesús del Camino, donde los olivareros, al pasar con su carga, en tiempo de recolección, dejan caer por la ventanilla un puñado de aceitunas para Jesús. Ya en el Santuario, don Francisco ora largamente y pone a las plantas de nuestra Señora las ilusiones y proyectos pastorales de su corazón. Así empezaba su andadura un sacerdote mariano, en un villa mariana”
[18]
En Baños estuvo don Francisco hasta el verano de 1913. De él se hacían los más encendidos elogios y de su bien hacer pastoral: “Predicaba mucho y muy bien”.
Consiguió una asistencia de público a los cultos fuera de lo corriente en otros sitios: “Yo tenía siete años, -refiere don Francisco Cavallé que le contó un octogenario- cuando don Francisco Solís se marchó de Baños, pero recuerdo que los mayores le veneraban y elogiaban su arte de poner paz en las familias”. Y otro testigo también confiesa: “que, siendo él joven, escuchó los reiterados elogios de Anica Antera que, ya muy anciana, recordaba con nostalgia a don Francisco Solís, muchos años después de ser trasladado a Santisteban. Y concluye su relato con estas palabras: “Créame Ud. (...) yo me encomiendo a diario a este sacerdote mártir, y le recomiendo esta querida parroquia”
[19]
No sabemos las razones que movieron al Obispo de Jaén, Mons. Sanz y Saravia, a encargar al párroco de Baños de la Encina la cura de almas de Santisteban del Puerto. Pero el hecho es que desde mediados de verano de 1913, en el archivo de la parroquia de San Esteban, en Santisteban del Puerto, puede leerse: “El presbítero D. Francisco Solís Pedrajas, cura propio de Baños de la Encina, en comisión de servicio en esta parroquia...” Y allí, un día de junio de 1913, don Francisco Solís bautizó a dos hermanos gemelos, a quienes impuso respectivamente los nombres de Guillermo y Francisco. Eran hijos de un matrimonio cristiano, de profunda fe, D. Francisco Álamo y Dª Balbina Berzosa, que habían recibido en su casa como huésped al párroco Solís Pedrajas[20]
Sabemos que, durante toda su vida, don Francisco Solís guardó a esta familia un sincero afecto, al que siempre correspondieron los señores Álamo Berzosa. Mantuvieron correspondencia epistolar y don Francisco Solís visitó en el seminario de Baeza a los hermanos gemelos Álamo Berzosa, que corriendo el tiempo llegarían a ser dos celosos y “popularísimos sacerdotes” en la Diócesis y en junio de 1936, el entonces párroco-arcipreste de Mancha Real, don Francisco Solís Pedrajas, predicó en la primera misa solemne de don Guillermo, en Santisteban del Puerto. Será el mismo don Guillermo Álamo el que nos comunique que en Santisteban se recordaba a don Francisco Solís “como párroco docto, celoso y piadoso”.
En el otoño de 1913, el Obispo de Jaén, Sanz y Saravia, convoca concurso a curatos
[21]. El tribunal estaba compuesto por los canónigos don Tomás Muñiz y Pablos, que andando el tiempo sería Arzobispo de Santiago de Compostela; por don Pedro Poveda Castro-Verde, fundador de la Institución Teresiana y por don Cipriano Tornero, antiguo párroco de Mancha Real. A este concurso se presentó como opositor, entre otros, don Francisco Solís. Resuelto el concurso, fue nombrado párroco de la de San Juan Evangelista de Mancha Real. Y en febrero de 1914 tomaba posesión de la parroquia y era nombrado arcipreste. Contaba con 36 años de edad, “edad joven para los escalafones de entonces”, como alguien acertadamente comenta.[22]
Mientras el nuevo párroco iba conociendo el rebaño, se informaba y se hacía cargo de la situación, para emprender su tarea apostólica sobre bases firmes, se impuso la tarea de adecentar un poco y repasar aquel bello templo renacentista que se le había encomendado. Renovó el pavimento, reformó el presbiterio, con gran acierto, sin duda, y dotó de jardines los exteriores del templo en sus fachadas sur y poniente.

3.-Compromiso con la justicia social.
Es rigurosamente cierto que don Francisco Solís fue un hombre de Dios, un pastor celoso, entregado a las almas, que por donde pasó fue dejando el buen olor de Cristo y le amargaba el alma ver como sus feligreses obreros, que, por otra parte, era la casi totalidad de su feligresía, se apartaban de la Iglesia, para echarse en brazos del socialismo. Entonces, con gran honestidad, se enfrentó con el problema y descubrió gozosamente que las ofertas y promesas que el socialismo hacía a los obreros para sacarlos de la miseria y de la postración en que vivían eran, de buena parte, compatibles con el Evangelio.
Ha llegado hasta nosotros un folleto donde se contiene el “Sermón predicado en la iglesia parroquial de Mancha Real, el 9 de octubre de 1915, por el Prior don Francisco Solís Pedrajas”. En esta pieza oratoria de aquella mañana de Octubre, de la feria y fiestas en honor de la Santísima Virgen del Rosario, el buen párroco expuso su preocupación y su pena por la dolorosa realidad de que soluciones, ofertas y promesas a favor de los más desprotegidos, que pudieran muy bien hacerse a la luz del Evangelio, se hicieran no sólo fuera de la Iglesia, sino desde la orilla opuesta, desde las filas “que se apretaban contra ella”
El buen pastor decía aquel día a su rebaño: “Al pretender hablaros del socialismo esta mañana, comprenderéis que no he de tratarlo bajo su aspecto económico y político, o sea, en cuanto que es una agrupación de hombres, una fuerza viva de la sociedad, que aspira a intervenir en la administración de los pueblos y a mejorar la situación económica del obrero. Desde este punto de vista, el socialismo tiene todos mis respetos, tiene todas mis simpatías, todos mis amores y todos mis afectos; porque obrero soy también, hijo de la pobreza y del trabajo, que nací y pasé los días de mi infancia a la sombra de un taller; que vivo de mi propio esfuerzo, de las fatigas y sudores de mi cargo... Hablo del socialismo como sistema doctrinario; del socialismo ateo y revolucionario, que empieza por negar a Dios y acaba por proclamar como justa y legítima la destrucción de la sociedad...”
Y terminaba el buen párroco aquel día con estas reflexiones y preguntas: “La Iglesia en todas sus instituciones de carácter social no se propone otro fin que el bien del pobre. Si levanta hospitales, es para que el pobre, enfermo y sin recursos, halle medios para atender a su curación; si abre asilos, es para que el anciano indigente tenga una casa, que generalmente es un palacio, donde terminar sus días; si funda hospicios y casas de maternidad, es para que el niño abandonado tenga una madre de caridad que le alimente, que le eduque y que le instruya; si funda Conferencias de San Vicente, es para que el pobre vergonzante tenga quien visite su casa y con la limosna lleve a su hogar lleno de tristezas el consuelo de la Religión; si funda Sindicatos, Cajas de Ahorros y Bolsas de Trabajo, es para favorecer al pobre y mejorar su suerte”
Y concluía diciendo: “La Iglesia reconoce y defiende el derecho de los obreros a asociarse libremente, y el derecho a la huelga, cuando la huelga es justa, y el derecho a las compensaciones que reparan los accidentes del trabajo, y el derecho a los socorros que remedian su ancianidad, y el derecho al descanso, y el derecho a un salario justo que le permita vivir de su trabajo. ¿Por qué, por qué pues, el obrero ha de odiar a la Iglesia? ¿Por qué el socialismo ha de presentar como incompatibles sus teorías con la Religión, cuando el socialismo sólo puede ser una realidad para todos beneficiosa al amparo y a la sombra de la Iglesia”
[23]
Por eso acaba su alocución haciendo al obrero una cariñosa llamada, para que vuelva al seno de la Iglesia: “Vuelva, vuelva el obrero a sus tradiciones y piadosas costumbres; vuelva al seno de la Iglesia que es su Madre; escuche con docilidad los consejos y sus inspiraciones”[24] Y alguien refiere que, en este momento, algún oyente comentó en voz baja: “Hasta el prior se ha vuelto socialista”. Y no era esa la realidad, más bien era cierto que el párroco, don Francisco Solís, pensaba íntimamente que se podían hacer liberadoras a los obreros desde dentro de la Iglesia.
Conviene tener presente que por aquellos tiempos, inspirados y bendecidos por pastores de la Iglesia y dirigidos por seglares con inquietudes sociales, se fundaron en España los sindicatos católicos que, sin compromisos ni implicaciones políticas, se ocupaban y defendían a los obreros. Y don Francisco Solís, atento a las preocupaciones de su mundo y a los signos de su tiempo, se documentó suficientemente en el tema, contactó y animó a los promotores y reavivó en Mancha Real un sindicato, allí conocido como el “Sindicato Católico”.
Personas de avanzada edad refieren que tras el Sr. Prior acudía al Sindicato una considerable multitud de obreros a los que él explicaba que Cristo vino a evangelizar a los pobres, que Él mismo fue un obrero en Nazaret y que por eso la Iglesia siempre dio acogida a los obreros, recordando Dª Francisca Nebrera Casas que, en alguna ocasión, salió don Francisco del Sindicato no sólo acompañado, sino a hombros con los obreros.
[25] Pero aquel hombre de Dios no se conformaba sólo con hablar y entusiasmar a los obreros, sabía que no eran solo palabras lo que necesitaba el mundo del trabajo y emprendió una laudable obra de parcelación de terrenos, para entregarlos a los obreros, en la finca llamada “Los Cuartos”. Y como su entusiasmo no conocía límites, cuando iba a emprender otra nueva parcelación de terrenos en el mismo latifundio, alguien le tomó la delantera y compró aquellas tierras. Sin duda alguna, a la vez que el clima sociopolítico se enrarecía, en España y en estas tierras andaluzas, la tarea de un pastor de almas se hacía cada vez más difícil.

4.-Preocupación por la enseñanza religiosa.
Suprimida por el gobierno republicano la enseñanza de la religión en las escuelas, muchos padres cristianos se lamentaban de este hecho y del daño que eso iba a causar en la formación de la juventud. Pero don Francisco no era persona que se conformara con el simple sonsonete de los lamentos y se dedicó a poner remedio a esta necesidad. Se daba la circunstancia de que existía en la España de aquellos momentos una institución dedicada a promover colegios con ideario cristiano: la famosa “Sociedad Anónima de Enseñanza Libre” (SADEL). Y dado que un hijo de Mancha Real, don Luis Cubillo Valdés, era administrador general de dicha Sociedad, con él entró en contacto don Francisco Solís, para estudiar las posibilidades de abrir en su feligresía un colegio SADEL.
Don Bartolomé Pérez del Moral, uno de los primeros maestros del colegio SADEL de Mancha Real, dice al respecto: “Los Colegios SADEL nacieron, con carácter nacional, para hacer frente a las necesidades de educación religiosa, moral y familiar, que a las escuelas de entonces se les había prohibido incluir en su programación. Don Francisco puede decirse que fue el alma de la implantación del colegio en Mancha Real, pues con su amistad con don Luis Cubillo Valdés, natural del pueblo y administrador de la Sociedad, lo puso al habla con don Romualdo de Toledo, persona siempre relacionada con la enseñanza, y que era Director General de la indicada Sociedad Anónima de Enseñanza Libre, de cuyas entrevistas, reuniones, y solicitud nació el Colegio de Mancha Real”
[26]
Consciente don Francisco, de que los primeros responsables de la educación de la fe de sus hijos son los padres cristianos, pensaba que ellos tenían que ser los promotores y sostenedores del Colegio cristiano para sus hijos, en consecuencia, convocó a un grupo destacado de la feligresía, entre los que estaban don Eduardo Terrón, don Javier Cabanillas, don José Herrera, don José María Porras, don Juan Cavallé y otros. Cada uno de ellos expondría el proyecto entre sus parientes y amigos, cundiendo pronto el entusiasmo entre muchas familias, que, abriendo, por tanto, el colegio sus puertas en el año 1934, con el nombre de “Colegio SADEL de San Juan de la Cruz”, en recuerdo del místico carmelita español, que, en el año 1586, fundó un convento de frailes carmelitas en Mancha Real[27]
El Colegio fue dotado del material escolar apropiado y de buen mobiliario, de acuerdo a las exigencias de su época. Don Bartolomé Pérez del Moral nos dice: “Cuando yo llegué a Mancha Real (...) estaban terminando las obras de adaptación de la casa para las clases y servicios; en poco tiempo comenzamos a recibir el material, e inmediatamente empezamos las clases. Al frente de las niñas enviaron de Madrid a una señorita, que se llamaba Dª Isabela Ordóñez Rellero, persona muy bien formada para la misión que nos habíamos propuesto”. De la atención de los más pequeños se ocupó la hermana de Dª Isabela, Dª Asunción[28].
Don Francisco Solís, por su parte, se ocupaba de la dirección espiritual del colegio, como confirma don Bartolomé Pérez, cuando escribe: “Don Francisco era el director espiritual del Colegio, y recuerdo sus homilías, tan llenas de enseñanza evangélica, a la altura de los niños, que asistían en corporación a la santa misa dominical. También nos dirigía y ayudaba en la preparación de la Primera Comunión de los alumnos”
[29]. Como es notorio, con este Colegio se llenaba un vacío indiscutible y las familias cristianas de Mancha Real tenían solucionado el problema de la enseñanza primaria de signo cristiano, abierto a todos, sin ningún género de clasismo, porque, con la ayuda y cooperación de los más pudientes, se cubrían los gastos de aquellas familias que enviaban a sus hijos y no podían abonar la modesta cuota mensual. Así solucionó el buen párroco la cuestión de la enseñanza cristiana de los escolares de su feligresía.

5.-Perfiles de su vida.
5.1.-Hombre de profunda piedad.
Por el testimonio autorizado de las personas que le conocieron bien, sabemos que fue “un hombre de gran piedad, entregado totalmente a Dios y a la Iglesia, preocupado tanto por la misión espiritual de su sacerdocio como por su misión temporal (ayuda a los pobres, enfermos y necesitados). Tenía enorme devoción, especialmente a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Su predicación, vivida intensamente, tenía estos mismos ejes principales y causaba enorme impacto en sus oyentes, que salían muchas veces entusiasmados ante la fluidez de su verbo cuando hablaba de Dios y de María. Hasta tal punto que, en muchas ocasiones, las grandes naves de nuestro templo parroquial eran insuficientes para albergar a los fieles que acudían a su predicación, y debían quedarse extramuros”, nos dice Dª Francisca Nebrera Casas
[30]
Y el padre Jesuita Lorenzo Ortiz Sanchiz también afirma que: “era un sacerdote ejemplar y de una espiritualidad nada común. Asiduo y buen predicador..., de una profundidad teológica y pastoral admirables. Quiero destacar, -sigue diciendo-, de forma especial su amor a la Sagrada Eucaristía, manifestada de diversas formas litúrgicas y pastorales. Se esmeraba en los cultos litúrgicos, con todo el esplendor de la Iglesia en aquella época. Asiduo, constante en el confesionario y dirección espiritual. Otra característica era su austeridad y ascetismo. Padre de los pobres y eminente en la Doctrina Social de la Iglesia, no perdía ocasión para demostrarlo, incluso con el anonimato evangélico, valiéndose de otros intermediarios”[31]
Como ya se ha señalado era “un catequista sencillísimo con los niños”. Alguien ha escrito: “Con relación a su labor catequética, debo decir que no solamente organizaba la catequesis parroquial, sino que la dirigía y alentaba con su presencia. En efecto, distribuía por todo el templo los grupos con sus catequistas correspondientes y él, desde el Altar Mayor, llevaba el control y dirección de todo”[32]
5.2.-Espíritu de caridad.
Coinciden los testimonios en afirmar: “que era limosnero, que los pobres le rodeaban siempre. En años de escasez, organizó comedores” sostenidos con fondos de la Conferencia de San Vicente y otras diversas aportaciones, cocinados y servidos por distintas señoras de la feligresía.
[33] Asimismo, se nos dice que visitaba asiduamente a los enfermos, incluso en épocas de epidemia. Así, como alguien refiere, “durante una epidemia de gripe iba a realizar sus acostumbradas visitas, cuando se encontró a unos hombres que entraban paja. Comenzaron a increparle acusándolo de un trabajo cómodo y él solamente les dijo: -Voy a visitar enfermos contagiados de gripe. Si os parece que mi trabajo es fácil, vamos a cambiarlo. Yo entraré la paja. Y aquellos hombres tuvieron que bajar la cabeza”[34]

5.3.-Humildad profunda.
Por lo demás, que su humildad era auténtica y contrastada los corroboran los hechos. Martirizado el Sr. Obispo, los capitulares trataron en la prisión-Catedral de elegir vicario capitular o gobernador eclesiástico, mientras no dispusiese otra cosa la Santa Sede. Y trataron de convencer al Arcipreste Solís, para que aceptase el cargo, dispuestos como estaban a darle el voto unánime. Pero él, cortésmente y agradecido, con auténtica sorpresa y confusión, se negó rotundamente a aceptar. Sólo era el primero en servir a los demás, pero se consideraba el último e inferior a todos.
Esto lo confirma D. José Antonio del Río Alados, que refiere que solía leer sus escritos a D. Francisco Solís para gozar de su aprobación. Y en una reunión de unos cuantos amigos, en la Sacristía donde dormía M. Salas, en presencia de D. Luis Fernández Seco, D. Lucas Sanjuán y García del Castillo, inicia la lectura de un escrito al que D. Francisco Solís atendía, con entusiasmo y gesto de aprobación, hasta que la pluma de D. José Antonio alude a la elección de Solís como Gobernador Eclesiástico de la Diócesis. Llegados a este punto, D. Francisco Solís regaña, cariñosa pero seriamente al Sr. Alados, pidiendo que no le ponga a él como modelo, habiendo tantos sacerdotes dignísimos, cargados de heridas y condecorados con tantas mutilaciones, mientras que él sólo ha tolerado las pequeñas molestias de encontrarse detenido.
Y suplica al amigo y compañero que: “No prosiga; si algún ascendiente tengo sobre Ud, siquiera el de la amistad, insisto y le ruego no pondere incidentes minúsculos de mi vida sin trascendencia alguna..., aunque yo le agradezco con toda mi alma su cariño, al que correspondo con todas las veras de mi corazón. Como el asunto se ponía ‘feo’, tuve que romper el escrito (después de sacarme una copia)”
[35]
En esta misma línea se expresa D. Juan J. Guzmán, cuando comentaba: “Todos los días en la cola del rancho, (en la cárcel) yo iba el primero y el Sr. Prior (D. Francisco Solís) el último” y como apostilla D. Francisco Cavallé: “el último ni llevaba la mejor ración ni la más calentita”[36]

5.4.-Espíritu de pobreza.
Su pobreza y desprendimiento también fueron notorios. Como se ha escrito: “Nació en la pobreza, aunque no en la miseria. Se ganó, a fuerza de codos, su beca en el Seminario. Como Párroco, vivió sobriamente. Tenía a mano una limosna para todo el que se la pedía. Cuando su cadáver fue exhumado, para ayudar a identificarlo, su hermana Rosario indicó que en la ropa interior debían hallarse las iniciales V.S. correspondientes a su primo Valentín Solís”. Murió con ropas prestadas. Así era su pobreza. A su muerte no tuvo inmuebles, ni dinero, ni ropa que dejar a su familia.
[37]

5.5.-Apostolado fecundo.
Otro campo de su actividad fecunda fue la Acción Católica. Desde que accedió al Pontificado Su Santidad Pío XI inculcó la Acción Católica como el remedio más seguro y eficaz para conseguir “la salvación de las almas y la difusión del reino de Jesucristo en los individuos, en las familias y en la sociedad”
[38] Asimismo, en distintos documentos, el Papa la propone a los fieles como un urgente deber: “La Acción Católica debe ser considerada por los Pastores como una parte necesaria de su ministerio y por los fieles como un deber más de la vida cristiana”[39] Y en la encíclica “Urbi Arcano” afirma el Pontífice: “Esta tarea puede parecer ardua y dificultosa, lo mismo a los Pastores que a los fieles, pero no por eso resulta menos necesaria y habrá de colocarla siempre entre los deberes preferentes de la vida cristiana y del ministerio pastoral”
Y el Prelado jiennense, Mons. Basulto, en la circular por la que comunica la celebración de la Semana de Acción Católica en la Diócesis, recuerda a sus fieles que el Papa “recomienda a los católicos españoles para salvar a nuestra amada Patria de las horas aciagas que atraviesa y de los nuevos y enormes peligros que la amenazan. De modo especial –dice en su admirable Carta Dilectissima Nobis- invitamos a todos los fieles a que se unan a la Acción Católica tantas veces por Nos recomendada; la cual..., servirá para formar la conciencia de los católicos, iluminándola y fortaleciéndola en la defensa de la fe contra toda clase de asechanzas”
[40]
Y el episcopado español, haciendo suyos estos vivos y reiterados deseos del Romano Pontífice, también hace una llamada a los fieles “a acudir presurosos a cooperar en el apostolado jerárquico de la Iglesia, que esto es la Acción Católica”[41]
Como constata Mon. Basulto: “Afortunadamente, un súbito despertar va sacudiendo en nuestra Patria los espíritu cristianos, que se aprestan a poner en práctica esta obra providencial de los tiempos presentes, bajo la sabia dirección de los Pastores que el Espíritu Santo les dio por guía, y, una tras otra, las diócesis españolas van encuadrando sus actividades en este amplio apostolado”[42]
Y “la Diócesis, por tantos títulos gloriosa, del Santo Reino, no podía quedar a la zaga de este magnífico movimiento. No han faltado, es verdad, generosas iniciativa, nobilísimos intentos, ensayos afortunados, en varias de nuestras parroquias, y hasta podemos gloriarnos, -¿por qué no, si es la gloria de Cristo y de su Iglesia?- de que algunas de nuestras organizaciones diocesanas pueden servir de modelo y marchan a la cabeza de las organizaciones nacionales”[43]
Al empezar en algunas diócesis de España el funcionamiento de la Acción Católica, D. Francisco Solís se impuso la tarea, se informó de lo que había escrito sobre la cuestión, sobre sus objetivos y métodos y después de una seria reflexión, puso manos a la obra y fundó en su parroquia la Acción Católica “en dos ramas, -varones y mujeres- con cuatro sesiones cada una: niños-juniores y benjamines, aspirantes, jóvenes y casados. A todos y cada uno de esos grupos daba un círculo de estudios semanal: Comentario a un texto del Evangelio, un tema de moral, piedad y vida cristiana”. Trascendió tanto su buen hacer en la Acción Católica, que el Sr. Obispo le nombró Consiliario de la misma, multiplicándose, en consecuencia, el trabajo, las preocupaciones y los desplazamientos.[44]
Sin duda alguna, su actividad apostólica era mucha, animada y acuciada por un profunda vida interior y por una tierna devoción mariana. Realmente, era un trabajador incansable. Tenía ocho círculos de estudio semanales a las distintas ramas de Acción Católica, a las que habría que añadir la atención a la catequesis, Tarsicios, Conferencia de San Vicente, visita a enfermos, confesionario, al que atendía diariamente, y una seria y concienzuda preparación de su predicación, sin olvidar la atención a los sacerdotes, sobre todo, los del Arciprestazgo, tan necesitados en aquellas circunstancias y en aquellos tiempo difíciles de compañerismo y aliento.
Fomentó las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, sabedor como era de que uno de los frutos pastorales más valiosos en la vida de un párroco es el de las vocaciones a la vida consagrada y Dios le concedió la gracia de ver ordenados a cuatro nuevos sacerdotes: D. Francisco León Carrillo, D. Pedro López y López, D. Juan Olid Martínez, martirizado en agosto de 1936 y D. Ramón Ruiz Cano, así como un grupo de muchachas que se entregaron a Dios en la vida religiosa activa o contemplativa.
[45]

6.-Otros testimonios de su vida y virtudes.
D. Antonio Aranda Calvo ha escrito en el informativo diocesano “Iglesia en Jaén” semblanzas y artículos sobre D. Francisco Solís Pedrajas en tres ocasiones, aunque centraremos nuestro análisis en una de ellas, principalmente en la semblanza que titula “Un Párroco de talla”, del 21 de julio de 1996.
Empieza D. Antonio Aranda describiendo la figura y la misión del párroco ayer y hoy, afirmando que “era una figura muy importante en la vida de los pueblos; aun hoy lo es, -nos dice- pero sin las connotaciones de antaño. El párroco era director de las conciencias, consultor familiar, orientador en serias decisiones personales, de la familia y de la comunidad entera; quizá era el único y ciertamente el más influyente. Permanecía en los pueblos por largo tiempo y eso hacía que conociera varias generaciones, hasta el extremo de casar a abuelos, hijos y nietos y los bautizos, entierros, la vida diaria..., presencia continua..., su misión de predicador, educador en la fe, confesor y responsable de la vida religiosa y eclesial, lo llevaban a influir hondamente en el desarrollo de la vida de las instituciones, fiestas, celebraciones, etc”.
Todo esto, la descripción que antecede, sirve de preámbulo y marco para afirmar que “D. Francisco Solís fue un párroco de talla; lo fue en Baños de la Encina por siete años, y provisionalmente en Santisteban del Puerto, pero, sobre todo, en Mancha Real. Llegó a esta ciudad, donde se inicia Sierra Mágina, en febrero de 1914 y en ella murió en marzo de 1937, aunque el último año ‘como párroco prisionero por Cristo y por su pueblo’. Veintitrés años de párroco de la única iglesia parroquial de San Juan Evangelista de Mancha Real y arcipreste del Arciprestazgo del mismo nombre, que comprendía el Partido Judicial de Mancha Real”
Recoge el Sr. Aranda Calvo el eco de la voz del pueblo y nos transmite que “efectivamente, todos dicen que era un párroco de talla. Enumeremos algunos hechos que demostrarán la categoría de D. Francisco y que revalidó con ‘Summa cum laude’ entregando su vida al Señor”.
Recuerda nuestro cronista que remozó y cuidó el hermoso templo parroquial, que recibiera, y los alrededores del mismo, con exquisito gusto y respeto a la joya arquitectónica que disfrutaba ese pueblo. “El templo de Mancha Real, bajo la advocación de San Juan Evangelista, es una joya, perfectamente ubicado en el centro del pueblo y de cara a una amplia plaza. Era y sigue siendo el orgullo de sacerdotes y fieles. Intervinieron en ella los arquitectos Andrés de Vandelvira, Alonso Barba, Hernando Berbel, Juan de Aranda; es de estilo renacentista, se terminó en 1628; la torres es de Eufrasio López de Rojas, rematada en 1775 por Ventura Rodríguez”
Pasa luego a enumerar sus cualidades y virtudes, diciendo que era “un catequista incansable, siempre presente en las sesiones de catequesis. Hablaba con los niños, organizaba, orientaba, estaba al tanto de todo... Hombre ordenado, exigente consigo mismo, elegante en su escritura y expresión, delicado en el trato con la gente, desprendido. Con las autoridades, fueran o no de su agrado, era atento, respetando en todo momento su misión y la misma condición de responsables del pueblo”.
Lo presenta, asimismo, como cercano al pueblo y a sus necesidades, sobre todo, de los más débiles. Por ello inyecta nueva vida a un sindicato obrero y reparte tierras a los campesinos necesitados. “Revitalizó un Sindicato Obrero anteriormente constituido y tal fue la fuerza inyectada en él, que la mayor parte de los obreros del pueblo estaban inscritos en el mismo. Esto agradó muy poco a sindicatos. No se contentó con expresar ideas, doctrina o principios, sino que trató de llevarlos a cabo mediante la parcelación de grandes fincas y el reparto en plan de ‘colonización’ entre trabajadores. Ahora ‘la guerra’ le vino declarada por parte de algunos terratenientes”.
También destaca D. Antonio Aranda que no fue sólo la Catequesis o la cuestión social la que preocupó el alma inquieta de aquel generoso apóstol, la Acción Católica también mereció su atención. “Don Francisco cuidó la Acción Católica, siguiendo las orientaciones de la Jerarquía. Se fundaron y organizaron las cuatro ramas: hombres, mujeres y jóvenes de ambos sexos. Los círculos eran preparados concienzudamente y desarrollados de modo práctico e inteligente. Debió destacar en este aspecto, de tal modo que Don Manuel Basulto le nombró Consiliario Diocesano de Acción Católica, residiendo en Mancha Real y compatibilizando el cargo con el de Párroco y Arcipreste”.
Tampoco falta en la descripción que venimos analizando, la puntualización de su amor al estudio y de su preparación, que fue luego el soporte para su apostolado y predicación: “Era estudioso e inteligente. En los primeros años de sacerdote, siendo coadjutor de Valdepeñas de Jaén, hace sus estudios teológicos que le dan acceso a la Licenciatura en Teología. Después continuará cultivando sus conocimientos, y así, estará preparado para asumir cargos y responsabilidades. Su predicación era cercana, bien preparada, expresada con calor y unción, como quien vivía lo que decía a los demás, de modo que para él no era aquella crítica de Jesús: ‘haced lo que dicen, pero no lo que hacen”
Supo repartir, nos dirá también D. Antonio Aranda, el pan material y el pan de la cultura religiosa: “Supo responder a las exigencias de los tiempos; en momentos difíciles de hambre y sequía organizó comedores, solucionando los problemas básicos. En todo momento hacía que surgieran colaboradores, bien en el trabajo, bien con la aportación económica, o con ambas cosas a la vez. Cuando se prohíbe la enseñanza religiosa en las escuelas y el laicismo antirreligioso se adueñaba de los centros escolares, don Francisco promueve una institución educativa, y ciertamente con buenos fundamentos: hace conscientes a los padres de la responsabilidad intransferible en cuanto a la educación de sus hijos, y así organiza una especie de ‘cooperativa educativa’ mediante la participación por ‘acciones’, se dan becas, los mismo padres administran y dirigen la institución, el profesorado es competente”
Todo esto, se nos dice, nacía de su profunda vida interior: “Hombre de oración, estaba revestido de la luz que da el contacto con Dios, la contemplación de los misterios y vida de Jesucristo, y la meditación del ejemplo de María y de los Santos. Un Párroco de talla por todo lo dicho, y también porque era reconocido y estimado sobremanera por sus compañeros”
En este sentido, y abundando en lo dicho, resalta D. Antonio Aranda su proceder en la cárcel, es decir, cuando se encontraba recluido en la Catedral de Jaén, convertida en prisión por la autoridades republicanas: “Poco antes de entregar su vida al Señor, como holocausto de suave olor, fue propuesto por los compañeros de prisión para que se encargara del gobierno de la diócesis, en tanto que la Santa Sede, ante el martirio del Obispo Basulto, resolvía de otro modo. Es bien sabido que renunció a tal encargo y suplicó pusieran los ojos en otros compañeros más cualificados que él y que hubieran sufrido más por el Señor, pues que él no había padecido ‘más que la pequeña incomodidad de estar preso’”.
Y termina su artículo-semblanza diciendo: “Don Francisco quedó en la memoria de quienes lo trataron como un gran párroco, y para nosotros, sacerdotes de hoy, puede ser un modelo. Para la Iglesia de Jaén estará siendo un intercesor, haciendo que las gracias del cielo desciendan a favor de los fieles, religiosos y sacerdotes”
[46]
Por otra parte, D. Francisco Cavallé Cobo, de quien es la sentida biografía de D. Francisco Solís, tantas veces citada en este trabajo, comienza lo que él llama apuntes biográficos, recordando su paso por la catequesis y una graciosa anécdota de la que fue protagonista también el Arcipreste Solís: “Dentro del templo parroquial mayor de San Juan Evangelista de Mancha Real, uno se siente como bajo un gran palio... En este marco, una tarde otoñal, al comienzo de los años treinta, en grupos muy ordenados, atendidos por los sacerdotes y algunos catequistas, eran adoctrinados los niños y las niñas de la feligresía. De pronto, uno de aquellos niños, -¡seis años!- con silencio y cautela, apretó sus pasos en busca de la puerta sur del templo –la que da la calle Maestra-. Silencioso también, salió tras de él el Sr. Prior; pero no sólo no logró dar alcance al pequeño fugitivo, sino que resbaló y dio con sus honorables huesos en el suelo. Al cabo de tantos años aquel chavalillo -¡quien lo iba a decir!- es un sacerdote con más de cuarenta años de ministerio, que, hace unos meses recibió con tanta ilusión como temor, el encargo de escribir algo: una semblanza, unos apuntes biográficos -¡algo!- sobre aquel párroco de su niñez, que un día corrió tras él, sin conseguir darle alcance y quedó tendido en los blancos mármoles del pavimento”
Pues bien, este niño travieso de ayer, sacerdote después y canónico de la Santa Iglesia Catedral de Jaén, dirá en la primera página que “el párroco Solís es uno de esos hombres de Dios, sencillamente polifacéticos: fue predicador docto y elocuente, cargado de fama. Catequista sencillísimo con los niños, majestuoso, serio, con ese ‘no sé qué’, de apariencia inaccesible, que, a veces rodea a los hombres grandes; y rodeado, -¿quién no lo recuerda?- de los más débiles económicamente, que le seguían, desde la calle Maestra, hasta la casa hoy marcada con el número 40 de San Marcos”
Con acentos de emoción no disimulada, sigue describiendo el canónigo Sr. Cavallé a su párroco: “Suave y delicado -¡ni siquiera levantó la voz para intimidar al crío que se le escapó de la catequesis!-. Fuerte y firme para moverse y mover a sus feligreses a hacer algo más práctico que lamentarse en las situaciones más difíciles. Intrépido ante la muerte -¡es poco!-, gozoso ante el martirio, con gozo contagioso que movió a cantar al Señor a los que con él iban a morir”
[47]
Y la aludida biografía, o apuntes biográficos, termina, en su última página con estas vibrantes palabras: “Hoy, la figura gigantesca del arcipreste Solís, se alza limpia sobre su tumba sin adherencias. Él fue tan sólo sacerdote. Sacerdote de Cristo cien por cien. Fue párroco de todos sus feligreses, saliendo con remedios eficaces, a favor de sus almas en todas las circunstancias. Fue sólo y exclusivamente pastor de almas. Fue guía de almas en tiempos difíciles. Fue hombre de Dios”[48]
Finalmente, el Arcipreste de Alcalá la Real, D. José Antonio del Río Alados, entrañable amigo de D. Francisco Solís, y que compartió con él el cautiverio en la catedral de Jaén, lamentará, por ejemplo, sentidamente su muerte, a la vez, con los acentos de su dolor, va describiendo la letanía de sus cualidades y virtudes: “Don Francisco Solís, el amigo fiel y queridísimo, el consejero leal e inteligente, ha caído víctima de la vesania...; ha caído, como caen los buenos españoles: como caballero sin tacha, como patriota sincero, como sacerdote ejemplarísimo y apóstol infatigable; que su sangre generosa caiga sobre la España... que le ha asesinado y, subiendo hasta el trono del Altísimo, pida y obtenga clemencia sobre esta España..., que, en su estúpida locura, está derramando la sangre de sus mejores hijos”
“Declaro, -continua diciendo- que me hallo profundamente consternado..., creía que después de tantos horrores de los que tengo noticia o de los que soy testigo, nada nuevo podría emocionarme y, sin embargo, la pérdida del buenísimo arcipreste (Solís) me ha sumido en una especie de estupor y siento a mi alrededor un vacío inexplicable”
[49]
Recuerda también D. José Antonio del Río Alados los meses que vivieron juntos encarcelados, sus charlas con D. Francisco Solís, su bondad, su serenidad y paciencia y su humanidad auténtica: “Sabía yo que había rechazado los cargos de Secretario y Gobernado Eclesiástico del Obispado y conocía perfectamente los motivos de su renuncia, los motivos verdaderos, no los oficiales y, como es natural, sobre ellos guardé el más profundo silencio y sólo me aventuré a referir la parte “externa” de los hechos; pero no me valieron estas diligencias y, en consecuencia, me vi obligado a escuchar la más cariñosa filípica que se haya lanzado contra un delincuente muy querido. Yo me defendía denodadamente: -Pero, dígame, D. Francisco, ¿es que es falso lo que refiero?. –Es “materialmente” cierto, pero sin el relieve que Ud. da a los incidentes del todo insignificantes, y yo le ruego que modifique su escrito en el sentido de que, habiendo entre nosotros tantos sacerdotes dignísimos no me elija como prototipo, pues no es justo que entre tantos heridos y mutilados, se acuerde del que no ha sufrido nada, fuera de la pequeña molestia de traerme detenido”[50] Así era D. Francisco Solís.

7.-En torno al martirio.
Es sabido que el 18 de julio de 1936 es la fecha que la historia acepta como el inicio de la sublevación militar contra el Gobierno de la II República y de la guerra civil española, que no finalizó hasta el 1 de abril de 1939, con la derrota del ejército republicano y la victoria del ejército nacional.
También es conocido, y ya lo hemos recordado anteriormente, que los progresos o avances militares de los nacionales en los primeros meses de la contienda fueron sorprendentes, ya que a las provincias y regiones españolas que se sumaron al levantamiento, como Navarra, León, Castilla, Galicia y parte de Aragón, pronto se le agregaron otras ciudades o provincias conquistadas rápidamente, de modo y manera que al finalizar el año 1936 el teatro de operaciones bélicas había cambiado de signo notablemente a favor del bando nacional con respecto a la situación y al estado en que se encontraban seis meses antes.
[51]
Sin entrar en la consideración del desarrollo de la guerra, por no ser objeto de este estudio, ni ser pertinente en este momento, sólo diremos, aunque ya esté referido en otro lugar, que Jaén permaneció, en mayor parte de su territorio, en la zona republicana durante los 32 meses que duró la contienda. El 18 de julio, concentradas en la capital jiennense las fuerzas de la Guardia Civil, la menguada guarnición militar de la plaza no se atrevió a hacer ninguna intentona de sublevarse contra el Gobierno de la República y el territorio de la provincia, incluida la capital, permaneció en poder de la República hasta su ocupación al final de la guerra.[52]
Esto hizo, como hemos dicho ya en otro lugar, que la provincia jiennense sufriera o soportara más duramente que otros lugar de la península las consecuencias de la revolución, por las causas y circunstancias que ya expusimos y que no vamos a repetir, para no ser reiterativos. Ahora bien, aquí, lo mismo que en otras zonas de la España republicana, se superponen, como ya se apuntó en su momento, la represión política y la persecución religiosa. En la represión política se trató de aniquilar a los enemigos políticos, no sólo por antagonismo ideológico, sino hasta por pertenencia a distinta clase social. [53]
Por lo que hace a la persecución religiosa en Jaén, según ya se dijo y demuestra el lamentable lenguaje de los hechos, fue, sin duda alguna, inhumana y sangrienta en personas y exterminadora en destrucción de cosas, pero con los mismos métodos y el mismo proceder que en el resto de la zona republicana, por lo que deducen los autores, además de otras evidencias, ya consignadas, que todo fue la lógica consecuencia de un plan determinado, después de un cuidadoso estudio. [54]
“Salvo raras excepciones, parece que todo obedeció a idéntico plan de destrucción: los mismos método, los mismos procedimientos en la ejecución, el mismo odio en los desgraciados encargados de ejecutar tanta ofensa a Dios, a sus santos, a sus ministros y hasta el arte y a las veneradas tradiciones de nuestros pueblos cristiano. ¿Sería esto –que es lo más probable- que se obedecía a consignas de organizaciones superiores, o sería que los pueblos se iban imitando unos a otros en su afán loco de destrucción?... En ninguna revolución se ha visto cosa semejante. Todo obedeció a un plan premeditado, fríamente calculado y ejecutado..., con la saña más feroz..., la sangre sacerdotal corrió en abundancia durante los días amargos de la persecución”.
“Son en total 121 sacerdotes sacrificados, y otros 20 que murieron, unos, en la cárcel, y otros, a consecuencia de las penalidades y privaciones sufridas. Además, hay que añadir 14 religiosos, 3 religiosas y 2 seminaristas. Contando en aquella época con algo más de trescientos sacerdotes, da un contingente de un 50% de bajas. Y si a esto se suman los sacerdotes encarcelados y perseguidos, en cuyo número se incluye, con honor, el que suscribe, puede afirmarse que un 90% ofrecieron al Señor, unos, su sangre y su vida, y los demás, sus padecimientos y sus humillaciones”
[55] Uno de estos y destacado, por cierto, en su heroísmo y ejemplaridad fue D. Francisco Solís Pedrajas.

7.1.-Cautiverio.
En la segunda quincena del mes de julio de 1936, que coincidía con los primeros días de la guerra civil, fue detenido D. Francisco Solís y encerrado, con numerosos feligreses suyos, en la insuficiente e incómoda prisión del partido judicial de Mancha Real, “hasta mediado aquel sangriento verano”, en que fue trasladado en calidad de preso a la Catedral de Jaén, convertida en prisión, dado que la prisión provincial era incapaz de acoger la oleada de presos políticos que diariamente llegaban de todos los rincones de la provincia. Como es sabido, ante la insuficiencia de la Prisión Provincial de Jaén, las autoridades del Frente Popular decidieron convertir “la bellísima joya arquitectónica del renacimiento andaluz”, que es la Iglesia Catedral, en prisión. Aquí estuvieron detenidos el Sr. Obispo, D. Manuel Basulto, el Deán y Vicario General, a varios señores capitulares, innumerables sacerdotes y religiosos y a un gran número de presos, hasta quedar repleto de prisioneros el amplio templo catedralicio.
[56]
En aquel lugar, en aquel ambiente, y en aquellas circunstancias, descubrió D. Francisco Solís un campo abonado para realizar su labor apostólica. Como se ha escrito: “No tardó en descubrir la tarea que Dios nuestro Señor le ofrecía, entre aquellos hombres que, encarcelados en pésimas condiciones de higiene y carentes de la más elemental comodidad, aguardaban con horror un destino incierto y oscuro. Y se entregó de lleno a ‘iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombras de muerte’”
Pero esta tarea no le resultó fácil, ya que allí se encontraban presos sacerdotes mayores, cargados de prestigio y de méritos, capitulares ilustrísimos, y ante ellos, él se consideraba poca cosas, no se veía ni el más indicado ni el más competente para organizar una tarea pastoral, pero su celo le empujaba y se “desbordó en un trato amistoso, discreto y cordial con sus compañeros de prisión”. El reverendo D. José Antonio del Río Alados, amigo y compañero de prisión, escribe: “Durante los ocho meses que hemos convivido en este infierno, solíamos pasear durante dos horas, charlando en amigable y franca camadería y ¡qué charla la de D. Francisco!... Escuchándole, se deslizaban las horas en una placidez gratísima y se recibía en el corazón un baño de luz y de alegría, que ahuyentaba las tristezas y las sombras de esta noche interminable que materialmente nos aplasta. Don Francisco, por su parte, todo corazón, me escuchaba con la indulgencia afectuosa del buen padre o del hermano mayor que escucha las travesuras o las penas de un ser querido a quien corrige, sonriéndole”
[57]
El benéfico influjo de su palabra y su abnegada solicitud por consolar y fortalecer a todos los presos, ya fueran sacerdotes o fieles, pronto se extendió y se le dio el encargo de dirigir una meditación diaria, organizada con cautela, en lugar discreto y predicada en voz baja, a la que asistían por turnos un grupo de presos, mientras otros vigilaban los movimientos de carceleros o milicianos. Con la misma discreción se celebró también el Jueves Santo de 1937, en la Catedral convertida en prisión.[58]
Don José Antonio del Río Alados, lo describe con rigor y viveza: “25 de marzo de 1937, Jueves Santo..., al menos este año no faltarán adoradores ante el Sagrario..., nosotros teníamos particulares motivos para celebrar la Solemnidad con la máxima devoción; nosotros, los presos nos encontramos en excelentes condiciones de comprender a Cristo, delante de Pilato, de Anás, ante Caifás, en el Sanedrín (...), en el tribunal de Herodes... Nosotros, los presos, sentíamos la necesidad de unirnos con Jesús preso (...) Me asegura M. Rodríguez que tenemos que celebrar los oficios del día. Tenemos cálices y misales escondidos, pero ¿dónde las formas y el lugar que ofrezca un mínimo de garantías? Las hostias llegaron a tiempo (...) y respecto al lugar, dimos con la mejor solución: la enfermería; en ella se van consumiendo lentamente los enfermos; es un lugar sombrío, insano, tristísimo” Este no era un lugar apetecible para los vigilantes o los milicianos”[59]
“Corro a dar la noticia a uno de los enfermos, al P. Juan Manuel, Carmelita de la Residencia de Úbeda, quien se conmueve profundamente y me dice, estrechándome las manos: “¡Que Dios les bendiga!”. Y después, con voz que parecía un suspiro: “La lámpara se apaga..., ya le falta combustible, pero voy a recibir a Jesús, ¡qué felicidad!”. Al retirarme, percibo confusamente sus palabras, eco fiel de una vida consagrada, al servicio de Dios: ‘In pace in idipsum dormiam et requiescam...’”
“25 de marzo..., Jueves Santo... Son las cinco de la mañana y casi todos los sacerdotes nos encontramos congregados con los enfermos. ¡Espectáculo magnífico! Vieras allí al P. Juan Matías, apoyándose en un palo, pues tiene las vértebras dislocadas; a J. Montoro, con el cráneo destrozado, en parte, a efectos de la metralla; a Martín Rodríguez, acardenalado de pies a cabeza; al P. Juan Manuel, extraído milagrosamente con vida del fondo del pozo de su convento, y, para no hacerme interminable, a don Juan Francisco Paez, cargado de años y de méritos, y a tantos y tantos pisoteados, abofeteados y escarnecidos por las turbas, con la cara deshecha, con las articulaciones dislocadas y todos con las huellas de los más diferentes y atroces suplicios. ¡Espectáculo magnífico! ¡Estampa digna del Spoliarium de la cárcel mamertina! Jamás me parecieron más augustas las ceremonias de nuestro culto”
[60]
“Comienzan los Oficios Divinos, ahora para sacerdotes, después se celebrará la segunda misa para seglares, los que recibirán las sagrada comunión por tandas, para no despertar sospechas. En una pobre mesa habilitada para altar se han colocado los ornamentos y a ella se dirige don Francisco Solís, y comienza a revestirse; al verlo ponerse el amito sobre el traje de paisano, siento una punzada fuerte en el corazón; la santa misa ha comenzado y los sacerdotes nos hemos arrodillado junto al altar; en verdad que nos vemos calumniados, pobres, despreciados, perseguidos, pero debo proclamar que nunca hemos gozado de tan amplia libertad de espíritu (...) Las palabras del Santo Evangelio llegan claras y pausadas a nuestros oídos y ellas me recuerdan la solicitud amorosa y la caridad inmensa de nuestro Adorable Salvador al dar a sus discípulos las supremas muestra de amor”[61]
Y continúa la crónica del acto, rezumando profunda emoción: “Magnífica página del Evangelio, siempre de actualidad; no sé qué tiene el Evangelio que cada vez ofrece más dilatados horizontes; por mi parte debo reconocer que, aunque he subido al púlpito en centenares de veces, cada vez lo encuentro más hermoso y eso que estoy plenamente convencido de que no he hecho hasta el presente más que arañar pobremente en la superficie del divino Libro. Sus últimas palabras, ‘exemplum dedi vobis’ me han hecho ver claro y me dan la clave para explicarme lo que parece inexplicable: Cristo nos ha trazado el camino a seguir, pero como no tomamos como normas infalibles los ejemplos de Cristo, de ahí nace el imperio del egoísmo y del odio y ello explica satisfactoriamente tantas claudicaciones vergonzosas, queremos vivir de espaldas al Evangelio y vivir en paz... ¡imposible!”
La narración –evocación- llega a su punto culminante: “La Sagrada Víctima acaba de ser levantada en alto, y el sol, que en esos momentos se levanta en el horizonte, palidece ante los torrentes de gloria, que inunda nuestros corazones; permanecemos todos de rodillas y no es difícil adivinar que nuestros pechos perciben una claridad del todo sobrenatural... Sublime misa la de estos reos en capilla; ¡esos somos!”
“El momento supremo ha llegado. El Sol se ha levantado lo suficiente para llenar de claridades, siquiera momentáneas, este recinto de perpetuas oscuridades; a las palabras del sacerdote: ‘ecce Agnus Dei...’ los enfermos se han incorporado en su lecho, y en sus rostros, en los que ya brotaron las flores del sepulcro, se dibuja una plácida sonrisa; por un momento se transfiguran y las flores de sus mejillas parecen los rosicleres de un bello amanecer. Jesús, el Hijo de Dios vivo, hecho carne y alimento de las almas, desciende al pecho de aquellos pobres agonizantes y también al nuestro; en ellos, como en templos vivos, recibe fervorosos testimonios de amor, de veneración, de conformidad con su divina voluntad”.
Finalmente, el encuentro del Buen Jesús, hecho Pan, Consuelo y Vida, con aquellas almas torturadas fue indescriptible. Por eso dice nuestro conmovido cronista: “No seré yo tan osado que trate de sorprender el dulce coloquio de nuestras almas con su Dios... En todo brilla la Providencia de nuestro Padre celestial, quien, compadecido de nuestro desamparo y de nuestra miseria, se ha dignado, no sólo visitarnos, sino también ‘hacerse preso’ y vivir ‘con los presos’ en este Jueves Santo de eterna recordación”
[62]
Es de destacar que, como ya hemos señalado, en la Catedral de Jaén, convertida en prisión, estaban presos religiosos y sacerdotes beneméritos, cargados de ciencia y merecimientos, capitulares ilustrísimos y entre todos ellos se elige a don Francisco Solís para oficiar la misa del Jueves Santo. Esto indica, sin duda, el prestigio y la admiración de que gozaba. Cimentado este prestigio en una humildad profunda, en una pobreza y en un desprendimiento reales y un celo sacerdotal admirable.[63]

7.2.-Martirio.
En lo que a la muerte respecta, tenemos que concluir que fue el lógico colofón de una vida entregada a Dios y a los demás. Se ha escrito que: “la madrugada del 4 de aquel abril sangriento (1937) se manda a los presos levantarse de sus colchonetas... Una voz fuerte va nombrando a los elegidos, que, cautelosamente atados, son obligados a subir a unos camiones, que le esperaban en la plaza de Santa María”
Don José Antonio del Río Alados, detenido también en la Catedral-prisión y testigo de los hechos, escribe al respecto: “los camiones, fuertemente escoltados, se deslizan por la carretera de Granada... ¿Cuál es su dirección? Sin duda ha tomado el volante la sombra fatídica de Caín, pues enfilan la carretera de Mancha Real. ¡Cuánto debió sufrir el virtuoso Arcipreste al encontrarse tan cerca de sus amados feligreses! Don Francisco no se entrega a estériles sentimentalismos, pues comprende que tiene una misión sagrada que cumplir: la de preparar y confortar a sus compañeros de suplicio para el trance supremo”
Y transportado por la emoción reflexiona en voz alta nuestro cronista Sr. Alados: “Sin duda, D. Francisco, como Esteban, vio los cielos abiertos y a Cristo tendiéndole los brazos amorosamente, pues, orador sagrado, de fama merecida, se supera, se transforma y en cierto modo como que se diviniza, pues comienza a hablar y de sus labios brotan los ritos del Paraíso”
[64]
Sabemos, y se ha dicho ya, que el Arcipreste Solís era un magnífico orador y lo puso de manifiesto una vez más aquella madrugada trágica. Del Río Alados pone en sus labios las palabras que dirigió en esta ocasión a sus compañeros: “¡Hermanos míos, no temáis, no! No temamos a los que matan el cuerpo y no pueden hacernos daño en el alma; todo en lo humano es deleznable, todo efímero, todo pasa... Suspiremos más bien por la vida perdurable, que es la vida verdadera y agradezcamos de todo corazón a Dios NS. El favor que otorga al predestinarnos, no sólo a que creamos en Jesucristo, sino a que derramemos por Él toda nuestra sangre”.
A renglón seguido, instantes antes de la muerte, palpando ya los umbrales de la eternidad y como paladeando el gozo del encuentro divino, dice a sus compañeros de martirio: “Amados hermanos míos, mi corazón sobreabunda de gozo y sólo una cosa podría entristecerlo: el desfallecimiento, siquiera momentáneo, de algunos de los que me escuchan. No será así y en prueba de nuestra conformidad con la voluntad divina, yo os invito a que repitáis conmigo: Bendito sea Dios... Bendito su Santo Nombre...”
Ante este cuadro, que nada desdecía de las escenas vividas por los mártires primeros del cristianismo en el Imperio Romano, deja del cronista volar su imaginación y nos dice: “Espectáculo de tal grandiosidad, yo no acierto a describirlo, dada mi natural rudeza... Yo me imagino, de un lado, a los milicianos, de mente confusa, mirada torva, corazón perverso y ennegrecido por la traición que se disponen a ‘consumar’; del otro, a los mártires maniatados, ultrajados y ofendidos hasta en su condición de hombres”.
“Pero, aunque la vil arcilla se encuentra aherrojada, su pensamiento vuela por las serenas regiones del espíritu..., en lo alto las estrellas... y más arriba Dios, que desde su trono resplandeciente se complace en la sangre generosa, que pronto ha de ser vertida, cuya efusión es de todo punto necesaria para purificar la tierra, envilecida con tantas aberraciones e inmundicias... Verdaderamente nuestros mártires podían decir con San Pablo: ‘Spectaculum facti sumus mundo, Ángelis et hominibus’”.
[65]
Fueron estas la palabras u otras similares, lo cierto es que inflamó de tal modo el corazón de sus compañeros que todos comenzaron a cantar. En esto todos los testimonios con coincidentes. Así lo confirma hasta un vigilante de prisiones, un tal don Pedro, que días después de la muerte de don Francisco se lo contaba a don José Antonio del Río Alados en la Catedral con estas palabras: “Cuando los llevaban al cementerio de Mancha Real comenzó a predicar y cómo pondría a los presos que todos se pusieron a cantar... ¡A cantar, don José...! Esto no se ha visto nunca. ¡Pues sí, a cantar! ¡Cómo les pondría la cabeza!, don José Antonio. Y seguían cantando mientras disparaban los fusiles. ¡Esto no se ha visto nunca! Ya habían despachado a casi todos y don Francisco, de pies, seguía cantando, o rezando, o qué sé yo!”
Del Río Alados pone en boca de aquellas víctimas, en el silencio imponente de la noche, al borde mismo de la sepultura, el cántico “Ven, Corazón Sagrado – de Nuestro Redentor – comience ya el reinado – de tu Divino Amor”. Lo cierto es que desde la Catedral de Jaén hasta el cementerio de Mancha Real hay unos veinte kilómetros y pudieron entonar diversos cánticos piadosos, que, sin duda, pusieron nerviosos a aquellos milicianos, hasta el punto de que uno de ellos, según describe Del Río Alados, le dijo: “Sí, cantad, cantad... ¡Si supierais lo que sus espera!”. A lo que respondió don Francisco: “¿Qué no lo sabemos?... Precisamente porque lo sabemos, queremos confesar a Cristo por última vez en la tierra para seguir confesándole en los Cielos”.
Y dirigiéndose a aquellos milicianos manifestó: “Nosotros estamos de enhorabuena, porque a cambio de la vida que nos arrebataréis, recibiremos la vida eterna. Vosotros, ¡cuánta lástima me inspiráis...! Porque, sabedlo bien: se acerca el día, yo os lo aseguro, en que sentiréis los mayores remordimientos por la enormidad del crimen que vais a cometer y desearíais no haberlo cometido... En ese día acordaos de que los que van a morir a vuestras manos no os guardaron rencor al expirar, y honrar siquiera en ese día nuestra memoria, pidiéndole perdón a Cristo Crucificado”
[66]
De nuevo, el entusiasmo y la admiración más sincera embarga el alma de nuestro encendido cronista que exclama: “Esto es, sencillamente admirable, divino... Es la acción del Espíritu Santo, difundiéndose en los corazones... y bastaría sólo esta escena del cementerio de Mancha Real para convencernos de la fecunda vitalidad de la Iglesia de Cristo, que nos ha hecho posible contemplar en estos tiempos el más grosero materialismo unas escenas dignas de los primeros siglos del cristianismo...”
Finalmente, para dar autenticidad a sus afirmaciones y respaldo a su narración de los hechos, nos dice don José Antonio del Río Alados: “Y conste que lo que llevo dicho no es una reconstrucción de la escena del asesinato”. Y declara cómo pudo informarse detalladamente: “Uno de los que me han ofrecido datos muy concretos, es un tal don Pedro, vigilante del Cuerpo de prisiones. Este tipo, como ya hemos consignado en otros escritos, es un desertor de la Legión. Lo que le valió una fuerte multa y prisión; es amigo íntimo del jefe comunista y ‘borracho hasta la saturación’; en su físico se parece al ingenioso Hidalgo (salvo que no tiene nada de hidalgo, ni de ingenioso)... Aunque parezca increíble y casi escandaloso, lo cierto es que este ingenioso hidalgo gusta de mi conversación, lo que me permitió, sabiendo con cuanta facilidad hablan los borrachos, buscarle y sonsacarle”.
Y aprovechando esta debilidad y tendencia a comunicarse con él, consigue valiosa información de primerísima mano, de testigo directo de los hechos. El diálogo que mantiene D. José Antonio con el tal D. Pedro es interesantísimo y revela los quilates y la altura humana y el heroísmo de D. Francisco Solís.
-“Mire Ud., -me dice-, lo que hemos hecho no está bien, pero Ud. tiene que poner un poco de su parte. Ese don Francisco era un hombre peligroso...
-¿Peligroso don Francisco? ¿Qué está Ud. diciendo? ¡Si precisamente es el hombre más santo que he tratado en mi vida....!
-No lo crea Ud., mi buen amigo, no lo crea Ud...; don Francisco se ha pasado la vida dando mítines en el coro y esto no le puede sentar bien al Frente Popular.
-Conforme, don Pedro; pero, dígame Ud ..., ¿y los 49 restantes, también daban mítines? ¿Y los 150 del mes de agosto... ¿Y tantos, y tantos que Ud. conoce mejor que yo...?
Mis palabras habían dado, sin duda, en el blanco y una visión sangrienta pasó por la mente confusa de don Pedro, pues le vi temblar y de sus labios convulsos se escaparon las siguientes palabras:
-49..., 150..., 80..., ¡es mucha sangre...! ¡Mucha...! ¡Sastre..., sastre..., tráeme la botella...! ¡Lástima que Ud. no beba!.
Esa enumeración macabra me abruma y me siento invadido de un horror inexplicable, pero reacciono y me dispongo a escuchar las manifestaciones de aquel miserable degenerado.
-Pues sepa Ud. que el propósito era ‘no dejar un solo títere con cabeza’, pero yo, ya he dicho, que aquí ‘no se mata a nadie’.
-Bien, bien, don Pedro, no se enfade Ud. y respecto a los mítines del coro... Ud. sabe que yo nunca voy por el coro. Pues bien: si alguna vez he ido por casualidad, jamás he oído hablar allí de política. Yo le aseguro que allí no se han dado mítines.
-¡Qué mal anda Ud. de noticias, mi buen amigo; sepa Ud. que don Francisco daba mítines y para convencerle a Ud. le voy a decir que hasta el momento de morir ‘dio un mitin’.
-¡Qué me dice Ud.! ¡Si eso parece increíble! Pero cuando Ud. lo dice... A lo que mejor es que tiene Ud. gana de bromas...
-Pues le voy a decir cómo fue, pero no se lo diga Ud. a nadie. Pues sí, cuando lo llevaban al cementerio de Mancha Real comenzó a predicar y cómo pondría a los presos que todos se pusieron a cantar... ¡A cantar, don José...! ¡Esto no lo había visto nunca! Pues sí, ¡a cantar...! ¡Cómo les pondría la cabeza!, don José Antonio. Y seguían cantando mientras disparaban los fusiles. ¡Esto no se ha visto nunca! Ya habían ‘despachado’ a casi todos y don Francisco, de pie, seguía cantando, o rezando, o qué sé yo, mientras sus compañeros se revolcaban en un charco de sangre... ¡Ese hombre debía tener pelos en el corazón! ¡Sastre, sastre, tráeme la botella”
[67]
Don Francisco Cavallé Cobo, en la semblanza que hace del Arcipreste, don Francisco Solís, titulada “Hombre de Dios”, escribe: “Aquella noche, -la del 3 al 4 de abril de 1937-, no hubo en Mancha Real alumbrado eléctrico. Dos hombres, menudito y ya entrado en años, uno; alto, robusto y pletórico de juventud, el otro. Atravesaban temblorosos aquellas tinieblas, en busca de un nuevo refugio donde ocultarse. Eran Alberto, el de Ramón Clemente y su hijo Ramón, sacerdote”.
“Entraron por la carretera de Pegalajar y, para no atravesar por el centro del pueblo, hicieron un largo y cauteloso rodeo: Alameda de las Pilas, Callejuelas Altas, Calle de Correos y Ejido, -hoy parque-, para entrar por las Cañadas de las Ánimas, en la calle General Ferrer (“La Zambra”). Llegados padre e hijo al Egido, consideraron más segura la entonces espesa alameda para detenerse y asegurar sus pasos hacia su ya próximo refugio, en el número 17 de la calle La Zambra... Y fue entonces cuando los faros de algún vehículo, que ascendía por La Lonja, les obligaron a pegarse materialmente al tronco de algunos de aquellos viejos álamos. Y desde allí, contemplaron atónitos el paso de unos camiones, cuyos ocupantes, formando un estremecedor coro de voces graves, entonaban cánticos religiosos”
Y continúa contando don Francisco Cavallé que: “Al final de la alameda, los camiones doblaron en ángulo recto hacia la izquierda, y sus faros iluminaron las tapias del cementerio... Alberto y su hijo empezaron, horrorizados a entender el enigma de aquellos cánticos... Y unas descargas de armas de fuego disiparon cualquier duda (...) Desde primera hora, y por todas partes, circuló el rumor de que muertos ya todos los demás, nadie quería disparar sobre don Francisco Solís. Al final, alguno decidido, nervioso y obcecado, puso fin a la vida del arcipreste.
[68] Así lo confirma también el testimonio de Dª. Francisca Nebrera Casas, que sobre el particular escribe: “que trató de hacer ver a sus verdugos las consecuencias de sus actos y que llegó su palabra a todos, hasta el punto que nadie quería matarlo. Tuvo que ser uno más decidido que los demás el que se encargó de que se cumpliera su destino”[69]
Por último, D. José Antonio del Río Alados, que había escuchado de labios de un testigo directo del hecho del traslado al lugar de suplicio y la heroica muerte de D. Francisco Solís y compañeros de martirio, hará un sabroso comentario a las palabras con que definía D. Pedro el temple y el heroísmo de D. Francisco Solís: “¡Ese hombre debía tener pelos en el corazón!”
“¡Tenía pelos en el corazón!”. Donosa ocurrencia, bien lastimosa por cierto. Si San Pablo hubiera contemplado el espectáculo, hubiera saltado de gozo diciendo: “¡Llevaba la gracia en el corazón!”. Por eso, don Francisco, como todos los héroes del cristianismo, mostraba un pecho de acero o de diamante; pero ese temple lo adquirió en la fragua del Corazón Divino, en la que vibran llamas de ardores inextinguibles, y esas llamas, al prender en los corazones, les comunican tal fuerza, tan desacostumbrada, tan sobrenatural, que, lógicamente, la impiedad, incapaz de penetrar en el misterio de la vida interior, no saldrá de su asombro y sólo dará por explicación el dicho de don Pedro: “¡Este hombre tenía pelos en el corazón!”.
“Nosotros, mejor informados, decimos: ‘Llevaba a Cristo en su corazón y por esa unión inefable pudo mirar impávido a la muerte y recibir el plomo asesino sin vacilaciones, sin desmayos, con la sonrisa en sus labios, con palabras de perdón, elegantemente, deportivamente... Rectifico, cristianamente...”
[70]

8.-Resumen y valoración.
Como hemos podido comprender, la mayor parte de la vida y actuación de don Francisco Solís Pedrajas, tanto en la cárcel como a la hora de su muerte, lo hemos sabido por las manifestaciones y los escritos de D. José Antonio del Río Alados, que a su vez lo presenció y lo vivió, ya que fue compañero de cautiverio y amigo entrañable de D. Francisco Solís, o lo escuchó de labios de los que presenciaron su martirio.
Será, por tanto, D. José Antonio el que nos hable de la humildad sincera de D. Francisco, de la caridad auténtica de un hombre de Dios como él, de su labor y de su solicitud abnegada por consolar y fortalecer a todos los presos y por disponerlos para el trance final, y el que finalmente, nos transmita el testimonio de una muerte heroica y ejemplar del santo sacerdote.
Ahora bien, este cronista singular, D. José Antonio del Río Alados, es una persona que merece la máxima credibilidad por haber sido un hombre de bien, un ejemplar y virtuosísimo sacerdote y conocedor directo de lo que narra. El profesor D. Anacleto Nieto Romero, en el informe histórico, para el proceso de canonización de Mons. Basulto y compañeros, nos dirá: “Conocí personalmente a este sacerdote y conversé mucho en mi niñez y juventud con él de estos hechos y acontecimientos” (...) y que era un sacerdote sabio y prudente y hombre prolífero en dejar recuerdos escritos de aquellos días y de aquella prisión, y que tuvo la suerte de morir como otros innumerables de tal destino”
Asimismo, afirma que D. José Antonio del Río Alados, fue “uno de sus amigos y compañeros (de don Francisco Solís), amigo y compañero en aquella cárcel (en la Catedral de Jaén, convertida en prisión por las autoridades republicanas, en agosto de 1936). Yo soy testigo, -seguirá diciendo el profesor Nieto Romero-, de que don José Antonio del Río Alados guardaba en su mente, incluso en su débil salud, el recuerdo de aquellos desgraciados momentos y el describe con rigor y viveza acontecimientos y hasta las palabras y consejos de D. Francisco Solís”
[71]
Finalmente, el profesor Nieto Romero, como conclusión de su informe histórico, escribe: “Después de haber investigado, leído y reseñado entre los escritos y recuerdos de personas que lo conocieron, esta Comisión estima que D. Francisco Solís Pedrajas dio su vida entregado en cuerpo y alma a su labor pastoral como apóstol de Cristo. Hizo el bien en todos los lugares en los que ejerció su sagrado ministerio. Y que finalmente entregó su vida, asesinado, por un sola razón: ‘Dar testimonio de su fe y morir por ella”[72]
[1] Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Apuntes biográficos sobre el Rvdo. D. Francisco Solís Pedrajas. Jaén. Unión Tipográfica. 1993. Pág. 6
[2] Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Pág. 7
[3] Jiménez Cobo, Martín: Informe escrito sobre Mancha Real en la República. Pág. 66
[4] Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Ob. Cit. Pág. 7
[5] Jiménez Cobo, Martín: Mancha Real. Historia y Tradición. Gráficas Castro Montiel. Mancha Real. 1983. Pág. 38
[6] Jiménez Cobo, Martín: Mancha Real. Historia y Tradición. Pág. 42
[7] Ibídem. Pág. 39
[8] Ibídem. Pág. 43
[9] Ibídem. Págs. 51-58
[10] Cfr. Jiménez Cobo, Martín: Mancha Real. Historia y Tradición. Ob. Cit. Pp. 104-108
[11] Cfr. Artillo González, J: Historia de Jaén. Artes Gráficas. Sociedad Provincial Jaén. 1982. Pág. 474
[12] Testimonio del Coadjutor de Mancha Real, don Pedro López, en el informe sobre Mancha Real en tiempo de la República, por don Martín Jiménez Cobo, pág. 65
[13] Cfr. Jiménez Cobo, Martín: Informe... Ob. Cit Pág. 65
[14] Cfr. B.O.O. nº 13 – 18 de junio 1898, p.182 y B.O.O. nº 13 – 15 de junio de 1899. Pág. 198
[15] Cfr. B.O.O. nº 19 de 15-X-1900. Pág. 314
[16] Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Ob. Cit. Pág. 10
[17] Cfr. B.O.O. nº 25 del 1-XII-1906. Pág. 386
[18] Cavallé Cobo, Francisco: Ob. Cit. Pág. 11
[19] Ibídem
[20] Cfr. Libro 19 de Bautismos de la Parroquia de Santisteban del Puerto, folio 189. Cfr. Carta de D. Guillermo Álamo a D. Francisco Cavallé Cobo, del 23-IX-1991.
[21] Cfr. B.O.O. nº 17 del 30-VIII-1913, pág. 346
[22] Cfr. B.O.O. nº 3 del 18-II-1914
[23] Solís Pedrajas, Francisco: Sermón en la iglesia parroquial de Mancha Real el día 9-X-1915. Madrid. Imprenta Ramona Velasco. 1915
[24] Ibídem.
[25] Informe de Dª Francisca Nebrera Casas
[26] Informe de D. Bartolomé Pérez del Moral
[27] Cfr. Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Ob. Cit. Pág. 17
[28] Informe de D. Bartolomé Pérez del Moral
[29] Ibídem
[30] Informe de Dª Francisca Nebrera Casas
[31] Informe del Rvdo. P. Lorenzo Ortiz Sanchiz, S.J.
[32] Informe de D. Bartolomé Pérez del Moral.
[33] Cfr. Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Pág. 19
[34] Además de los ya citados, han dado su testimonio sobre D. Francisco Solís, Sor Mª Teresa de Jesús Jiménez Cruz, de seglar Victoria, Agustina Recoleta de Lucena (Córdoba), que se confesaba con D. Francisco Solís y Juan Muñoz-Cobo Fresco, así como la Rvda. Madre Mercedes de Jesús Peón Louzan, Religiosa de la Sagrada Familia, en las Rozas (Madrid) y D. Magín Cavallé Rodón
[35] Río Alados, José A. del: De la obra inédita “De Capellán a Canónigo” Parte 1ª en revista Paisaje. Vol VI-junio-1950 a octubre de 1952. Págs. 284-285
[36] Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Pág. 24
[37] Ibídem
[38] Pío XI: Carta al Excmo. Cardenal Segura, 6-XI-1929, sobre la Acción Católica en España.
[39] Pío XI: Carta al Cardenal Gasparri, 24-I-1927
[40] B.O.O. nº 4 del 19-IV-1934. Pág. 68
[41] B.O.O. Ibídem
[42] Ibídem.
[43] Ibídem.
[44] Cfr. Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Pág. 19
[45] Cfr. Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Págs. 19-20
[46] Aranda Calvo, Antonio: En el informativo diocesano “Iglesia en Jaén” Nº 139 del 21-VII-1996
[47] Cfr. Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Págs. 5-6
[48] Ibídem. Pág. 31
[49] Río Alados, José A. del: De la obra inédita “De Capellán a Canónigo”. Parte 1ª en Revista Paisaje, nº VI. Junio 1950 a octubre de 1952. Págs. 282-283
[50] Ibídem. Pág. 284
[51] Cfr. Cárcel Ortiz, V.: La persecución religiosa. Ob. Cit. Pág. 190; Cuenca Toribio, J.M.: La guerra civil de 1936. Ob. Cit. Págs: 29-55; Historia de España. Alfaguara. Artola, Miguel, Direct. Vol VII. Tamames, R. Pág. 224
[52] Cfr. Martín Rubio, A.D.: Paz, piedad, perdón y verdad. Pág. 185
[53] Cfr. Cobo Romero, F.: La guerra civil y la represión franquista. Pág. 73
[54] Cfr. Cárcel Ortiz, V.: Ob. Cit. Págs. 13-22
[55] Montijano Chica, Juan: Flores del Martirio. Págs. 15.16
[56] Cfr. Montero Moreno, Antonio: historia de la persecución religiosa en España. Pág. 392. Martín Rubio, A.D.: Paz, piedad... Pág. 188. Cañones Cañones, J.: Cartas antes de morir. Págs. 49-65. Montijano Chica, Juan: Flores de martirio. Págs. 46 y ss y 105 ss
[57] Río Alados, José Antonio del: “De capellán a canónigo”. Parte 3ª. Pág. 284
[58] Cfr. Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Pág. 21
[59] Río Alados, José Antonio del: Pág. 543
[60] Ibídem
[61] Cfr. Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Pág. 22
[62] Ibídem. Pág. 25
[63] Río Alados, José Antonio del: “Del capellán a canónigo”. Parte 1ª Pág. 285
[64] Ibídem.
[65] Ibídem, pág. 287
[66] Ibídem, pág. 287
[67] Río Alados, José Antonio: Ob. Cit. Página 286-297
[68] Cavallé Cobo, Francisco: Hombre de Dios. Págs. 27-28
[69] Informe de Dª. Francisca Nebrera Casa.
[70] Río Alados, José Antonio Del: “De Capellán a Canónigo”. Parte 1ª en revista “Paisaje”. Vol. VI Ob. Cita. Pág. 287
[71] Nieto Romero, Anacleto: Informe histórico para el Proceso de Canonización de Mons. Basulto y compañeros.
[72] Ibídem. Pág. 198