MOTE
11 DE DICIEMBRE DE 2011
Todos nosotros hemos pasado por muchos momentos en que no nos ha apetecido que nos hablen de alegría, o que nos alegren la vida; porque, dadas las circunstancias, esa alegría nos ha parecido un sueño iluso e inalcanzable, e incluso, sonreír en esos momentos nos ha sonado a una provocación insoportable.
De hecho, cuando pasamos por circunstancias negativas y tristes, como le suelen pasar a personas que viven amargadas por cualquier motivo, se lleva muy mal aquello que pueda representar una auténtica alegría, esa alegría que nos puede asomar a la esperanza.
Pues este domingo, III del tiempo de Adviento, tiene un mote, un apodo; es el domingo de “gaudete”, el domingo de “alegraos”. Desde hace unas semanas, venimos repitiendo exactamente igual que lo que vamos a decir este domingo: que el camino del Adviento nos debe conducir a un cambio en nuestras vidas cristianas, a un allanar los caminos abajando los orgullos y las soberbias altivas, enderezando los entuertos, desmantelando las mentiras y las trampas, desarmando los conflictos, los enfrentamientos y las amistades… Para que el Señor vuelva a entrar de lleno en nuestro quehacer diario.
Pero el tiempo de Adviento que estamos viviendo no es un tiempo triste, de gran penitencia y renuncia, en el que ponemos la atención en nuestro esfuerzo, como si el Señor viniera “forzado” por nuestra generosidad o impresionado por nuestra conversión. El Señor se va a fijar en la preparación, esfuerzo y colaboración que hemos hecho en este tiempo. Su venida es gracia, es un don y un regalo para todos nosotros.
Por todo esto, esta Misa que estamos celebrando, se llena de signos y palabras que nos vienen a recordar que la alegría cristiana se llama también esperanza, porque la esperanza cristiana produce la alegría.
El profeta del AT, que viene acompañando en este camino como uno de los protagonistas, entreviendo el día de la llegada del Mesías, exclamaba: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”. Este es el anuncio de verdadera alegría: nuestra tierra no es maldita, nuestros corazones no están secos, porque algo va a suceder que llenará de luz, verdad e inocencia.
Esa buena noticia era aquel que todos esperaban, y que el Bautista anunció como Luz. Vuelve a salir el tema del Adviento como preparación real para una venida real de Jesucristo a nuestras vidas. Porque sólo quien toma conciencia de sus oscu-ridades, puede de verdad esperar a alguien que le traiga la luz. La alegría de saber que un mundo nuevo empieza cada vez que hacemos hueco en nosotros y entre nosotros, al Reino de Dios que Jesús nos trajo. Esta es la buena noticia: vendar los corazones desgarrados, rehabilitar a los cautivos y libertar a los prisioneros (sean cuales sean los desgarrones, las cautividades y las prisiones). Dios viene. El año de gracia es proclamado. Se nos invita a brindar con la alegría honda y duradera, la que nace de la esperanza del don de una Persona que es nuestra Buena Noticia. Así lo celebramos, humildemente ciertos de esta razón de esperanza que con la alegría cristiana se nos ha dado.
QUE ASÍ SEA
