7 de diciembre de 2011

INMACULADA CONCEPCIÓN

JUEGOS DE LAS DIFERENCIAS

8 DE DICIEMBRE DE 2011

Con toda la intención del mundo, la Iglesia coloca en pleno tiempo de Adviento esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La mujer de Nazaret, concebida por sus padres, nació sin pecado original. Era la que iba a ser digna morada de Jesús. Con Ella, el rostro, la palabra y la voz de Dios, Jesucristo, entra en la historia de la humanidad.
María es nuestro modelo, en este Adviento, de cómo debemos prepararnos para el encuentro con el Señor que viene, que ya se acerca, porque María es el inefable amor y limpieza de alma con que esperó el nacimiento de su Hijo Jesucristo, el Hijo de Dios.
Dios creó al hombre por amor y le hizo la mejor de las casas, como es este mundo, para que fuera feliz. Pero el pecado, la acción deliberada del hombre en contra de las leyes que regula su vida, entró en el mundo, y con el pecado, la muerte. El pecado no sólo corrompe al hombre y lo aleja de Dios, sino que lo convierte en alguien socialmente peligroso. Y lo estamos viendo todos los días, en las noticias y telediarios: Guerras, atentados terroristas, torturas, violencia doméstica, corrupción, libertinaje, deportaciones, condiciones laborales degradantes… En los últimos tiempos, siempre ha sido la Iglesia la que ha levantado su grito contra todas estas situaciones infamantes que degradan la civilización humana.
Sin embargo, Dios no abandona al hombre por ese camino oscuro. Promete y lleva a cabo el nacimiento de una Mujer, que nacerá sin esta mancha de pecado y que mantendrá una enemistad perpetua y para siempre con el autor del mal a quien, como dice la Escritura, finalmente le aplastará la cabeza. Y este hecho y esta realidad es lo que celebra hoy la Iglesia.
Este gran misterio, que afecta a nuestra salvación, en sus comienzos, lo vamos a rezar en el prefacio de la Misa: “Purísima debía ser la que diera a luz al Salvador que quita los pecados del mundo”. Desde siempre, en la misma Tradición de la Iglesia, sin interrupción alguna, se ha entendido las palabras del Ángel –“Salve, llena de gracia, el Señor está contigo”-, para hablarnos de su concepción inmaculada, la nueva Eva, por la que recuperamos la vida que nos trae Jesucristo.
A nuestra Madre, la Virgen María, nos la encontramos siempre al inicio del acontecimiento salvífico que Dios llevó a cabo con los hombres, como en el mismo corazón. Todo empezó con su “sí” a Dios, como detonante necesario para poner en marcha la gran obra de la Redención obrada por Jesucristo.
Vamos a considerar la actitud de la Virgen María, en su plena obediencia a los planes de Dios, a sus designios y que nos anuncian un nuevo nacimiento, una nueva época, con aquella desobediencia de los primeros hombres en el paraíso. Si lo enfrentamos, podemos advertir la diferencia que media entre la entrega fiel a los planes de Dios y el enfermizo deseo de “ir a la nuestra”, de poner por delante nuestros planes y de enfadarnos cuando no salen para adelante.
María, en la Solemnidad de hoy, nos enseña que decir “sí” a Dios es unirse a los grandes proyectos que Dios, nuestro Señor tiene sobre la humanidad. Es lo que recordaba un santo actual: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, -no lo olvides-, dependen muchas cosas grandes”.
María es la nueva Eva, recuerdo de lo que era la mujer "al principio" y promesa de lo que será: hija de la Resurrección. En María se ha realizado plenamente el proyecto de Dios sobre la humanidad. Ella fue concebida sin mancha para que Jesucristo tuviera una digna morada. ¡Purifiquémonos con una buena Confesión ahora que se acerca la Navidad¡ ¡Solicitemos su ayuda para cumplir el querer de Dios! ¡Ella puede hacer por nosotros más que nadie!
QUE ASÍ SEA