UNA TIENDA EN MEDIO DE LA CONTIENDA
25 DE DICIEMBRE DE 2011
Dos fechas importantes se cuentan en el año litúrgico. Una, en las primeras semanas de comenzar, que es la Pascua, la de Dios que nos nace como hombre; y, la segunda pascua, la de ese hombre que renace resucitado. En ambas pascuas se da el paso del Señor por nuestra historia particular: En la primera pascua, nace; en la segunda, renace para nuestra salvación. En este día de Navidad es lo que venimos a recordar.
En esta Navidad es el joven Juan Evangelista el que nos acerca a esta historia. El mismo discípulo amado, el que se recostó en el pecho del Maestro en aquella Última Cena del jueves santo, donde se conjugaron intimidades, recuerdos y traiciones. Aquel que no podrá olvidar nunca las palabras esenciales que escuchó de los labios del Maestro.
San Juan nos refiere al comienzo de su evangelio qué es lo que hizo el Hijo de Dios. Recordemos esas palabras estremecedoras: “La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros”. Una imagen que muy bien podría comprender aquél pueblo que sabía a lo largo de su historia lo que significa vivir a la intemperie y cobijarse en una tienda. La tienda era para el pastor, para el peregrino, para el viajante…, un lugar de reposo, de restablecimiento de las fuerzas degastadas.
Y de todo esto viene la consecuencia final: Dios ha querido plantar y construir su tienda en nuestra tierra y con nuestras intemperies, enviando a su propio Hijo como una tienda en la que poder entrar para cobijarnos de todas las contiendas y dificultades pensables de nuestra vida. De este modo tan inaudito Dios simplemente ha cambiado de dirección y de domicilio, ha hecho mudanza y se ha venido a nuestra casa, pueblo, tierra… Pese a todos los nobles esfuerzos y a los agotadores intentos de hacer un mundo nuevo, constatamos nuestra incapacidad de dibujar una tierra que sea para todos habitable, una tierra en la que las sombras, más bien tinieblas de guerras, mentiras, corruptelas, tristezas, injusticias, muertes…, no apaguen la luz por el que sueñan los ojos de nuestro corazón.
Dios se ha hecho tienda, se ha acampado, nos ha dirigido su Palabra, nos ha manifestado su Gloria, nos ha regalado su Luz. Creer en la Encarnación de Dios, celebrar su Natividad, es hacer posible desde nuestra realidad personal y comunitaria, que aquel acontecimiento sucedido hace dos mil años siga sucediendo, y nuestra vida cristiana pueda ser un grito o un susurro del milagro de Dios; que los exterminios que hacemos y hasta pagamos el impuesto correspondiente, con todos nuestros desmanes y pecados de acción y de omisión, no tienen la última palabra, porque ésta corresponde a la de Dios que ha querido acamparse.
¿Podrá entrever nuestros contemporáneos, que efectivamente Dios no está lejano en su cielo, que se ha acampado muy cerca de nosotros? ¿Qué gestos tendríamos que ofrecer para testimoniar esta verdad, para que a través de nuestro vivir cotidiano tejido de pequeños y grandes momentos, puedan las gentes experimentar en la historia cristiana que Dios es Amor, que es Ternura, que es Verdad, que es Luz, que es Paz? Sólo si nuestra vida sabe a esto, si sabe a lo que sabe Dios, si somos tierra abierta para que en nosotros y entre nosotros, Él siga plantando su Tienda en medio de nuestras contiendas.
QUE ASÍ SEA
