30 de diciembre de 2011

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

EL SANTUARIO DE DIOS

1 DE ENERO DE 2012

¡Feliz Año Nuevo! (¡Feliz entrada de Año!) Cualquier pasaje de los evangelios que escuchemos estos días, nos asoma a escenas que hemos visto en muchas ocasiones y que no dejan de conmovernos una y otra vez, aunque nos resulten tan familiares las interpretaciones que nos han dejado los artistas, los poetas, los místicos y los santos. Siempre de trata de un rincón perdido en aquellos mundos y en aquellos tiempos, que contenían en sí mismos la clave de la historia: el nacimiento de Jesús.
Todos sabemos que el primer portal de Belén que se mandó construir, fue por iniciativa de San Francisco de Asís, en un pueblecito de Italia llamado Breccio, cuando corría el año de nuestro Señor del 1223. Pero muchos años antes el evangelista San Lucas nos lo quiso dibujar, consiguiendo que nos asomáramos a lo que de hecho, históricamente, aconteció: una madre jovencita, un joven tutor, el pequeño entre pajas y pañales, y unos pastores que entre medio furtivos y medio asombrados, consiguieron colarse de rondón.
Lo que enmarca estas escenas tiernas e inimaginables, como el único modo con el que Dios nos quiso ofrecer la salvación, es el “sí” de una mujer, una doncella virgen, que se fio del mensajero que le traía el mensaje del mismo Altísimo y Buen Señor.
Ese mensaje no era otro que se la Madre de Dios. Esta fue la propuesta a la joven de Nazaret. Ser Madre del mayor milagro que Dios nos regaló inmerecidamente. Y todo esto porque se fió, se confió, de que todos sus imposibles no lo eran para el omnipotente Dios. Es el mayor título que corona la humildad de María: ser la Madre de Dios, y de aquí parten todas las demás gracias con las que el Señor la quiso bendecir. Para ser la Madre de Dios, la concibió Inmaculada. Para ser la Madre de Dios dejó intacta su Virginidad. Por ser la Madre de Dios fue Asunta a los cielos tras su dormición en la tierra.
Y, una vez más, volvemos nuestra mirada a ese evangelio donde aparecen los pastores como los primeros destinatarios e improvisados testigos de lo que en esa escena íntima y entrañable se estaba manifestando, y fueron ellos los que no dejaron de dar gracias con tal asombro y estupor, que la gente que les oía quedaba admirada.
Es la sencillez de una manifestación por parte de Dios en el marco de un nacimiento así de inaudito y milagroso, en una madre que se fía de Dios dejando sus imposibles en las manos divinas que son capaces de modelar los posibles, en un padre tutor joven que custodia con discreción algo que le desborda y asombra. Y esta sencillez se hace contagio con la de aquellos pastores que fueron rápidamente a contar la noticia.
María guardaba en su corazón todo aquello, y allí lo meditaba. Era una palabra hecha carne la que había que escuchar y hacer suya. Era también un silencio hecho carne lo que era preciso guardar. Porque Dios siempre se nos revela en cuanto nos dice y en cuanto nos calla. El corazón es ese santuario en donde custodiar la palabra y el silencio de Dios. Toda una escena en la que nosotros también estamos invitados a entrar, a asombrarnos, a testimoniar, a guardarla en el corazón.
QUE ASÍ SEA