LETRAS A LOS TARAREOS
8 DE ENERO DE 2012
Vivimos ya los últimos momentos de estas fiestas entrañables de la Navidad. Ahí están los recuerdos de los domingos anteriores y todo el ambiente familiar y festivo que hemos vivido. Y vivimos las vísperas más inmediatas de lo que ahora viene: el ritmo laboral que tantos de nosotros vamos a reiniciar en los próximos días.
Pero como clausura final de este tiempo especial de Navidad, la liturgia nos regala la fiesta del Bautismo del Señor, que tanto nos puede enseñar para ese ritmo normal que tenemos por delante. Jesús con su Bautismo, inicia su misión salvadora públicamente. Atrás deja unos años de anonimato y vida oculta en Nazaret y alrededores, para meterse de lleno en la misión salvadora para la cual fue enviado por el Padre Dios. Con el Bautismo de Jesús, Dios se mete en esa historia de la que jamás dejó de estar presente, para estar de un modo más palpable y audible.
En estos días atrás hemos recordado con humildad y sencillez que Jesús es la Palabra que el Padre Dios acampó en nuestra tierra, pero Palabra que ha asumido hasta el final la condición humano, y por lo tanto, ha querido aprender a hablar nuestros lenguajes. Esta Palabra de nuestro Dios no tiene un sentido de revancha, como si Él se hubiera enojado ante nuestra cabezonería o nuestra incomprensión de tantos mensajes y tantos mensajeros como nos ha ido enviando desde que decidimos desoír la primera palabra que nos dirigió al comienzo de la creación. No, no hay en Dios ningún sentido de revancha, no es Jesús una Palabra “enfadada” del Padre Dios. Jesús vuelve a ser una Palabra llena de misericordia entrañable.
Ahora vuelve aquella escena que recuerda la primera voz de Dios: el Espíritu de Dios que aletea como una paloma sobre nuestra tierra y nuestra historia. Es una Palabra que nos devuelve la felicidad perdida o pendiente de estreno. Jesús es una Palabra en la que podemos reconocer el lenguaje de nuestro corazón, porque Él pondrá la mejor “letra” a tantos tarareos que nos gastamos con esfuerzo desmedido e ineficaz. Él se ha hecho hombre para enseñarnos a ser humanos. Él ha aprendido a decirse en nuestras lenguas para que nosotros comencemos a balbucir la suya, la que se habla en el hogar de la Trinidad al que estamos destinados felizmente todos nosotros.
Después de estas Navidades, volvemos a nuestro ritmo normal de cada día, como Jesús reemprendió su presencia entre nosotros de un modo nuevo tras su Bautismo. Se nos invita a mirarle, a escucharle, porque en Él está nuestro espejo y nuestro mejor eco. La alegría que está donde siempre estuvo y que no depende de consignas de grupo ni de guión de festejos, el gusto por la vida que llena de pasión cada cosa que se hace. Para esto ha venido Jesús, para esto ha comenzado su ministerio. En Él, la creación vuelve a ser pura, creíble, apasionante. Dios nos da su Palabra más amada y preferida…, y nuestras voces encuentran finalmente el sentido de su hablar si logramos escucharla y entrar en su santa conservación.
QUE ASÍ SEA
