25 de enero de 2012

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

LA VOZ

29 DE ENERO DE 2012

Ya lo advertíamos la semana pasada: volvemos a encontrarnos con un nuevo capítulo de una serie en donde el protagonista es el amor. Hoy domingo, nos encontramos ante un pasaje del Evangelio donde se nos habla de una forma de predicar totalmente distinta. Era ese modo de valorar un sermón de Jesús en todas sus formas: Una predicación llena de gestos y palabras que dejaban entrar en los corazones de los oyentes torrentes de esperanza.
En este corto pasaje del Evangelio vemos a Cristo que, fiel a su misión de llevar y de ser la Voz del Padre, se acercó a su territorio familiar de Cafarnaúm, entró en el templo de los judíos y comenzó a enseñar.
“Se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaban como los letrados, sino con autoridad”. Algo habría en aquel maestro que enseguida los oyentes advierten una clara diferencia. Y la primera pregunta que se hacen salta enseguida: Si este Maestro enseña de esta manera, ¿cómo enseñaban los letrados? Si le damos la vuelta al argumento, responderíamos que sin autoridad. Y esto tan sencillo, es lo que diferenciaba lo que estaban acostumbrados a lo que ahora estaban escuchando.
Por eso, ahora nosotros, en nuestra comunidad parroquial, hemos de recuperar el sentido de la palabra autoridad, sin caer en el error del autoritarismo. Si miramos a nuestro alrededor (religiosas, catequistas, Adoración Nocturna, Cofradías, los sacerdotes, los coros…) estamos constantemente predicando con autoridad y sin autoritarismo. Porque cuando lo hacemos de esta última manera, no deja de ser una predicación que te deja igual, frío, que no ilumina ni enciende, que no cura ni levanta, que no mueve ni conmueve, mientras que lo que estamos escuchando, aunque no terminemos de asombrarnos, nos invita a un auténtico crecimiento. Cuando escuchamos todos estos mensajes en el seno de nuestra comunidad parroquial, crece y madura lo mejor que hay en nosotros.
No es difícil imaginar que el entusiasmo de la gente por esa Persona que escuchándola crecían, se convirtiese en seguimiento dejando tantas cosas, dejándolo todo, como éramos testigos el domingo pasado. Y desde aquí se puede entender que todo esto provocase preocupación, envidia y persecución en los letrados que aburrían y en los adivinos que engatusaban: unos y otros iban perdiendo clientela a pasos agigantados, mientras que Jesús se convertía en un enemigo de aquéllos al que había que quitar de en medio.
Hasta los demonios quedaban desplazados con el paso de Jesús por medio de su pueblo. El diablo es el que separa desintegrando, el que esclaviza con sutileza, el que secuestra en la mentira.
Por todo ello, ante este pasaje del Evangelio hemos de retener dos anotaciones claras para no olvidar. La primera es que, en medio de nuestra sociedad de ofertas para todos los gustos, es preciso saber encontrar la Palabra de Jesús y crecer en y con ella, adhiriéndonos a aquellos santos, Papas, obispos, sacerdotes, religiosas, padres y madres catequistas…, que nos la da con fidelidad.
Y la segunda, que no debemos asustarnos si los escribas de ahora y los diablos de siempre, disfrazados de medios de comunicación o de amigos próximos, se enfadan con la Palabra de Jesucristo, con la de sus pastores y sus discípulos, y amenazan, acorralan, revuelcan y pretenden de mil modo censurarla. No es mala señal. El Reino está siempre comenzando, y la autoridad de Jesús siempre actúa contracorriente ante los enemigos de Dios y de sus hijos los hombres.

QUE ASÍ SEA