26 de febrero de 2016

III DOMINGO DE CUARESMA

Era la noticia de portada en los periódicos del día, (Herodes había mandado matar a unos galileos que no se sometían a las leyes del imperio) y se había convertido en la noticia estelar en todos los rincones, hasta que llegó a Jesús y el Maestro dio con la interpretación exacta: El verdadero riesgo de malograr la vida no está en un accidente desgraciado o en una revuelta represiva, sino en no convertirse, en vivir con la mirada y el corazón distraídos, descentrados.

         El ir por la vida de agitador revolucionario no supone un motivo de diferencia ejemplar; de ir de pacífico transeúnte y que se te caiga un andamio encima tampoco te hace que seas buena gente. Jesús no elogia ni al guerrillero ni al pacífico transeúnte, sino a quien ha vuelto su corazón hacia Dios. Lo que realmente cuenta para Jesús no es lo que se hace o se deja de hacer, sino en nombre de quién o con cuál porqué.

         Ante la desproporción que existe entre la vida a la que somos llamados y la realidad nuestra de cada día, a través de la parábola que nos cuenta Jesús, nos viene a decir que hay que convertirse. Que convertirse es aceptar ese cuidado, esa espera y esa atención. Que convertirse es dejarse llevar por Otro, hablar en su Nombre, continuar su Buena Noticia, dar la vida por, con y como Cristo. La conversión no es tanto protagonizar nuestras acciones heroicas, cuanto dejarse mirar, dejarse conducir, y asistir al milagro de que en la convivencia misericordiosa con Él, nuestra viña perdida, puede ser salvada, y dar el fruto debido. Esta es la esperanza que nos anuncia Cristo y que en su Iglesia encuentra su lugar verdadero.

         Hoy se crean muchas “alarmas sociales”, tanto entre nosotros como en Dios, cuando se trata de temas sobre la corrupción o la ineficacia. Bien sabemos que podemos aceptar el desprecio, el sufrimiento, la muerte de personas jóvenes y mayores, pero admitir que somos unos inútiles, ¡no! Dar fruto, servir a los demás, servir a Dios es, junto a una satisfacción humana, un mandato del mismo Dios.

         El ser comodón que todos llevamos dentro va, poco a poco, cancelando compromisos adquiridos, limitando el servicio y las tareas que se nos encomiendan… Pero sigue existiendo quien nos dice que la mejor ganancia es el servir. Que no hay mejor servicio que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás.

         ¡Cuántas ocasiones, al cabo del día, se nos presenta para servir a Dios y a los demás! Hasta incluso nos damos cuenta que no basta con que nos lamentemos ante ciertas desgracias, sino que debemos preguntarnos qué podemos hacer para remediarlas. Hay una recompensa muy grande, un tesoro inaudito en el cielo, para los que contribuyen a aliviar las cargas con los demás, y hacerles más llevadera la vida con nuestros pequeños servicios.

         Estamos a mediados de la Cuaresma, Dios está derramando gracias abundantes, pero quizás que están cayendo en vano, están siendo rechazadas y acabarán siendo estériles. La pregunta de este domingo es: ¿Encontrará Cristo frutos de conversión en mí esta Cuaresma? Es una gran esperanza oír en el Evangelio: “Déjala todavía este año”. Este año puede ser una última oportunidad. Puede no haber ya para nosotros más oportunidad de gracia. Por tanto, la conversión es urgente, de ahora mismo. Retrasarla para otro año, para otra ocasión, es cerrarse a Cristo, de darle largas.

         Las amenazas del Evangelio provienen de la misericordia. Advertirle a uno de un peligro es la forma mejor de misericordia. Cristo no sólo nos recuerda los bienes que nos va a traer la conversión, sino que nos abre los ojos ante los males que nos sobrevendrán si no nos convertimos. El amor apasionado que siente por nosotros le lleva a sacarnos del engaño.


QUE ASÍ SEA