16 de marzo de 2016

DOMINGO DE RAMOS

INFLEXIÓN
DOMINGO DE RAMOS
20 de Marzo 2016


        En este Domingo de Ramos nos volvemos a asomar a la ya conocida historia de la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén. Era el tercer año consecutivo que el grupo de Jesús lo hacía desde la norteña provincia de Galilea. Son muchas las cosas que han sucedido hasta este momento a las puertas de la ciudad de David, meta de un viaje especial por parte del Mesías.
         Atrás quedan muchas predicaciones cargadas de vida y de ilusión. Parábolas dichas para anunciar la sencillez de la sabiduría de Dios. Signos de todo tipo que se iban hilvanando en la vida diaria: enfermos curados, muertos que volvían de nuevo a la vida, hambrientos saciados en todas sus hambres, gentes que buscaba la Verdad, la Bondad, la Belleza para las que nacieron sus ojos, pecadores arrepentidos y perdonados, momentos de oración íntima de Jesús con el Padre… Y todo sin más precio que el amor.
         Y al final, la entrada en Jerusalén. No entrará en un hermoso caballo de militar, pero tampoco pasar a escondidas por una puerta trasera, como un vulgar delincuente. Entra a pleno día, montado en un borriquillo ante el asombro entusiasta de niños y gente sencilla. Entre himnos y cánticos; entre vivas y palmas… Entra Dios en la ciudad santa, entra Dios de nuevo en nuestras vidas.
         Domingo de Ramos, según el dicho popular, día de estreno, “si no se caerán las manos”. Podemos correr el riesgo de habernos presentado aquí hoy, al comienzo de la Semana Santa, sin estrenar nada, me refiero al campo sobrenatural, como si fuera un año más, sin esperar mucho, o tal vez nada, sino simplemente la escenificación de unos días santos en nuestra Semana Santa de Alcaudete. Estamos más preocupados por el tiempo que pueda hacer esta Semana Santa, que nuestra situación interior.
         Sí, parece que estamos ante una repetición cansina de los ritos y escenarios que se vuelven a dar cita una y otra vez. Este es al menos el riesgo que siempre tenemos los cristianos cuando vamos una y otra vez celebrando las fiestas del calendario cristiano. Es cierto que habrá ciertos ambientes litúrgicos y de piedad popular que serán los mismos: los oficios, el lavatorio de los pies, el Monumento, las procesiones, la Vigilia Pascual, los bautizos del domingo de resurrección… El paisaje va a ser el mismo, al que una vez más nos disponemos a asomarnos.
         Pero hay una inflexión de novedad: la que cada uno de nosotros es. Lo que contemplamos desde nuestra casa, o desde nuestro rincón rutinario en la calle, puede ser lo mismo, pero no así quienes lo contemplamos. Un año no pasa jamás en balde en la vida de una persona, y esta sería la actitud más inteligente y piadosa desde la que deberíamos prepararnos para asistir a estas fechas centrales de nuestra fe.
         ¡Cuántas cosas nos han sucedido, cuántas personas han aparecido o desaparecido en nuestra vida, cuántas luces o sombras pueden estar condicionando para bien o para mal nuestros pasos en el hoy concreto de nuestra existencia!. No somos los mismos de hace un año, os lo puedo asegurar.
         Vivamos con fe y asombro lo que en estos días santos se nos quiere de nuevo decir: Que Dios es nuestro vecino, que está muy cerca, que nos quiere y que le importamos una barbaridad. Un Dios hecho hombre que se aprendió nuestros nombres y lo grabó a fuego en el interior de su corazón. La liturgia que tenemos preparada en la parroquia, y luego la fe que saca a nuestras calles las cofradías, nos ayudarán a profundizar en la fe, para agradecerla al buen Dios, para testimoniarla con confianza sencilla y sincera. Ojalá tengamos ojos para ver, para reconocer y, sobre todo, para celebrar piadosamente esta Semana Santa.


QUE ASÍ SEA