16 de marzo de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

PAUSE
DOMINGO DE RESURRECCIÓN
27 de Marzo 2016


        Queridos hermanos, feliz pascua de resurrección.
         El tiempo no tiene botón de pausa. Y la pascua ha llegado una vez más. El desenlace sufriente de Jesús en su entrega a la muerte por nuestra salvación, no concluye en un sepulcro maldito donde fue sepultado el más santo. La sombra del Calvario no fue el tanatorio que sumió en el silencio y en la soledad más terrible a quien trayéndonos la Vida quedaría preso de la muerte.
         Hemos seguido al Señor en estos trances últimos de su vida terrenal. Desde Ramos hasta el Gólgota, pasando por el Jueves, Viernes y Sábado Santo. Por dentro y por fuera, hemos acompañado con lo mejor de nosotros mismos la escenificación litúrgica y la religiosidad popular que han llenado nuestras parroquias y nuestras calles.
         Hoy, en el día de la pascua reconocemos que la pasión de Cristo que empezó en el Huerto no termina con la muerte. No es el llanto desesperado ni un beso de traición lo que acaba con la historia de salvación que el Señor nos contó con su vida, sino con lágrimas agradecidas y un beso tan lleno de inocente amor.
         Anoche no tuvimos que maldecir la oscuridad, sino que sencillamente pusimos en el candelero de la libertad y del afecto, la llama con la que el Señor resucitado nos daba calor y luz. Y poco a poco la oscuridad se vio denunciada hasta que la vida tomaba de nuevo rostro, devolviéndonos su encanto.
         Hicimos lo que hacemos hoy, y lo que haremos durante toda la octava de pascua: cantar el aleluya, porque el Señor resucitó. El paso, la pascua de una muerte a la vida. Un paso que no termina en este domingo, sino que empieza, porque nunca terminó. Habría que decir que frente a quienes conciben la semana santa simplemente como unos días de descanso, nosotros no debemos regresar de lo que hemos visto y oído, sino permanecer ahí como testigos gozosos de la vida y la luz resucitada, en medio de nuestro mundo que sigue con apagones.
         El protagonista de hoy es un sepulcro y los personajes que se mueven en torno a él: van, vienen, vuelven, miran, se detienen, pasan… Aquel sepulcro no era una tumba cualquiera. Para unos, -sacerdotes, letrados…- era el final de la pesadilla. Para otros, -Pilato…- era el final de un susto que le puso contra las cuerdas haciendo peligrar su trono político. Para otros, -Discípulos…- era su pena, su escándalo y su frustración. Recordando tantas palabras de su Maestro, aún mirarían aquel lugar con una débil esperanza.
         Pero llegó María Magdalena, llorando y al verlo de aquella manera, pensaría lo más natural: que alguien había robado el cadáver. Y comunicado a los Apóstoles, corrieron para ver. El discípulo a quien Jesús quería, vio y creyó. Y comenzaron a entender la Escritura, a reconocer como verdad lo que ya les había sido otras veces anunciado: Que Jesús resucitaría. No hay espacio ya para el temor, porque cualquier dolor y vacío, cualquier luto y tristeza, aunque haya que enjugarlos con lágrimas, no podrán arañar nuestra esperanza, luz y vida… Porque Cristo ha resucitado, y en Él, como en el primero de todos los que después hemos seguido, se ha cumplido la promesa del Padre Dios, un sueño de bondad y belleza, de amor y felicidad, de alegría y bienaventuranza. El sueño que Él nos ofrece como alternativa a todas nuestras pesadillas.
         Con el gozo de María la madre del Señor, alegrémonos nosotros también. Con todos los santos que se alegran en el cielo por la misma razón que nosotros brindamos hoy en la tierra. Cristo ha resucitado. Aleluya. Feliz Pascua a todos.


QUE ASÍ SEA