16 de marzo de 2016

HOMILÍA SAN JOSÉ

GIGANTES
SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA
19 de Marzo de 2016

  
       Lo más importante que podemos ver en una persona y definirla realmente, es en su relación con Dios. Por eso, la figura de San José, el esposo de la Virgen María, que hoy celebramos y contemplamos, se hace más grande en cuanto que lo vemos en su relación con Jesús. Cristo, que siendo el Hijo de Dios, a quien el cielo y la tierra le están sujetos, quiso estar bajo la autoridad de un hombre justo y bueno, como es San José. La grandeza de esta obediencia por parte de Jesús, honra a San José más que todos los elogios que la piedad cristiana puede dedicarle.

         Fue Dios, nuestro Señor, quien puso y dispuso en las manos de un hombre llamado José, de la línea familiar del Rey David, artesano en una aldea perdida y con mala fama al norte, en la provincia del Galilea, llamada Nazaret, lo que más quería, lo que más amaba: A su Hijo Jesucristo; a su Madre, Hija y Esposa, María.

         San Bernardino llegó a predicar esta decisión, diciendo que si todos nosotros, dentro de la Iglesia, somos deudores de la Virgen María, en cuanto que por su medio hemos recibido a Cristo, después de María es a su esposo San José a quien debemos un agradecimiento y una veneración singular. José viene a ser como ese broche de oro de la historia de la salvación que se puede ver en la antigua historia del pueblo de Israel; un broche en el que nos hace ver los frutos de las promesas hechas a los patriarcas y a los profetas. Sólo él poseyó, de una manera corporal, lo que para ellos había sido mera promesa.

         Por eso, la mejor oración que como familia eclesial podemos hacer es la que nos presenta la Iglesia hoy: "Oh, feliz varón, bienaventurado José, a quien le fue concedido no sólo ver y oír al Dios a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo. Ruega por nosotros, bienaventurado José".

         Uno de las características más llamativas de San José es, sin duda, el silencioso discurrir de su existencia terrena. Es realmente impresionante y ejemplar, la vida sencilla, modesta y laboriosa de un hombre que ha recibido de Dios luces tan extraordinarias, testigo de excepción junto con María en la Encarnación del Hijo de Dios, y en cierto modo protagonista, y no siente la necesidad de encaminar sus pasos por un sendero llamativo que atraiga la atención de sus contemporáneos.

         Para San José, los trabajos, las responsabilidades, los riesgos, los afanes de la singular y pequeña familia sagrada. Para él el servicio, el trabajo, el sacrificio en la penumbra de cuadro evangélico en el cual contemplarlo y, ahora que nosotros lo sabemos todo, llamarlo dichoso, bienaventurado.

         Siempre lo hemos definido como el maestro de vida interior, trabajador, empeñado en su tarea, servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús. Con San José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Cuanto más tratemos a San José, más pronto nos encontraremos con Cristo. Si queremos llenarnos de paz en medio de este mundo, hemos de tratar a José, y así nos encontraremos con la Madre, María.

         El recurso a San José debería ser confiado y frecuente como lo ha sido y lo es en las almas que le profesan una gran devoción. Los Papas, no ha cesado de aconsejarlo a los padres de familia, a los trabajadores, a los emigrantes, a los exiliados, a los adoradores de Dios en el silencio de los templos y de los monasterios y conventos, a los afligidos, a los agonizantes, a los que confiesan su fe y luchan por los derechos de Dios, a todo el pueblo católico, que acudan confiados a San José.

         Es seguro, que quien recibió de Dios la misión de custodiar la frágil y amenazada infancia de Jesús, continuará protegiendo el también frágil y amenazado Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia y cada uno de los miembros del mismo que somos cada uno de nosotros.


QUE ASÍ SEA