30 de marzo de 2016

II DOMINGO DE PASCUA

TESTIGOS DE LA FE
3 de Abril 2016


         Al día de hoy, en el campo de la fe, sigue habiendo ejemplos para todos los gustos en esta gran familia de los hijos de Dios. Los hay con fe que nos ayudan a creer; los hay quien dicen ser creyentes sin serlo y que no nos ayudan a la hora de creer. El Evangelio de hoy nos ayuda con algunos ejemplos.
         Era la mañana de Pascua, donde los primeros discípulos estaban encerrados a cal y canto, llenos de miedo. Jesús se presenta en medio de ellos para enseñarles unas señales de muerte, de crucifixión y saludarnos como el Señor de la vida. Y los discípulos pasaron del miedo a la alegría, cuando vieron al Señor. Era como salir de una pesadilla y ver con sus ojos que todo lo que les había dicho Jesús los últimos tres años, se había hecho realidad, estaban cumplidas todas. Sintieron una paz inmensa en medio de todas las tormentas que se habían acumulado en pocas horas.
         Cuando llegó Tomás, el que faltaba, rápidamente le dieron la noticia: “hemos visto al Señor”. Pero eso era insuficiente. Para Tomás no era fácil borrar de su recuerdo ese pánico que hizo esconderse a sus compañeros. Por eso no tardó en lanzar su reto: Yo he visto cómo lo crucificaron, como murió, como lo pusieron en un sepulcro. Si ahora vosotros decís que ha estado aquí en persona, como no lo vea con mis propios ojos, como no lo palpe con estamos manos, no lo creeré.
         La Misericordia de Dios hacia todas las durezas de los hombres, está representada en la respuesta que Tomás recibe por parte de Jesús, cuando al volver allí ocho días después, le dice que toque lo que le parecía imposible. Es el ejemplo casi perfecto de muchos de los que hoy en día nos rodean, y nos acucian con sus dudas. Cuantos de nuestros amigos nos han dicho aquello de “no niego que esto haya sucedido, pero si no lo veo y no lo palpo…” A esto, Jesús lo llama sencillamente “incredulidad”. “Trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”.
         La hermosa respuesta de Tomás, es la que de siempre se ha recitado en silencio e interiormente después de la Consagración de la Eucaristía: “Señor mío, Dios mío”. Así damos fe a la Presencia real de Jesucristo, que los sentidos nos roban en la apariencia del pan y del vino.
         Hoy, quienes creemos en la Resurrección de Jesús, tenemos que prolongar aquél diálogo entre Jesús y sus discípulos: Anunciar la vida en los ambientes que la muerte nos presenta en todas sus formas.
         Somos los testigos de que aquello que aconteció en Jesús, también nos ha sucedido a nosotros: el odio, la oscuridad, la ira, el miedo, el rencor, la muerte…, es decir, el pecado, no tienen ya la última palabra. Cristo ha resucitado y en Él han sido muertas todas nuestras muertes. De esto somos testigos. A pesar de todas las cicatrices de un mundo caduco, insolidario, violento, que mancha la dignidad del hombre y no da gloria a Dios, nosotros decimos que “hemos visto al Señor”.
         Ojalá que nuestra generación se llene de alegría como aquellos discípulos, y como Tomás diga también: “Señor mío y Dios mío”. A esto somos llamados, y de esto también nosotros somos testigos.


QUE ASÍ SEA