16 de marzo de 2016

VIGILIA PASCUAL

PASARON LOS NUBARRONES
VIGILIA PASCUAL
26 de Marzo 2016


        Ya han pasado los nubarrones, que en la liturgia de estos días hemos vivido. En la tarde noche del Jueves y del Viernes, hoy, también noche cerrada, tenemos una novedad: Una luz desproporcionada como un cirio pascual que se achica ante la majestuosidad inmensa de un templo como el nuestro, o ante la impetuosidad de un mundo a oscuras y apagado. Pero una luz que ha tenido a bien hermanarse con las pequeñas velas que tenéis en vuestras manos y que han ido aportando claridad en lo que pintaba tan negro al principio.
         Así de esta manera, nos hemos ido adentrando hasta el altar del Señor, siguiendo una estrella con forma de candela que nos ha encendido la resurrección del Señor. Así hemos reconocido el gesto prometido por Jesús: que al tercer día Él resucitaría.
         El hilo conductor en todas las lecturas que hemos escuchado, es la historia narrada tranquilamente de la fidelidad de Dios que nos creó, que no se escandalizó ante nuestro desprecio por el pecado; es la narración del hogar entrañable del corazón de Dios que palpita en su Iglesia.
         También esta Noche Santa tenemos otro relato de amor, y un amor compartido, pues al bendecir el agua, va a recibir el Sacramento del Bautismo, estos niños, para que ellos, al igual que nosotros podamos caminar por la vereda cristiana, cada uno en su propia vocación.
         Hoy la liturgia terminará con la invitación que nos hace la Iglesia a sentarnos en torno a la mesa de los hijos, para ser nutridos con el Cuerpo de Cristo resucitado. No comulgaremos la nostalgia de un buen nombre matado en la cruz de la incomprensión y los pecados de los hombres, sino que comulgaremos a quien le vieron vivo en los senderos de la fuga como en Emaús, o en el llamado roto de los olvidos. Cristo ha vuelto, ha resucitado, no se marchará jamás, sino que nos ha prometido quedarse entre nosotros como Presencia y Compañía para que lleguemos todos y cada cual a nuestro destino.
         Esta es la alegría humilde de la pascua cristiana: ser capaces de entrever en nuestra penumbra una luz infinitamente mayor que todas nuestras oscuridades juntas. Y aunque la muerte en todas sus formas nos sigue amenazando y chantajeando, la certeza de la victoria de Cristo es la que nos permite creer en esa Bondad divina que luce como el más radiante sol capaz de ayudar y acompañar lo concreto de nuestra vida.


QUE ASÍ SEA