13 de abril de 2016

III DOMINGO DE PASCUA

HUELLAS DE LA PASIÓN

10 de Abril 2016

         Seguimos presenciando, día tras días, los diversos relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos. El encuentro emotivo y lleno de lágrimas con María Magdalena. Aquél otro con los de Emaús, que se dieron a la fuga. El del domingo pasado, con los apóstoles y discípulos que andaban encerrados llenos de miedo.
         Hoy hemos sido testigos de la última aparición de Jesús, en una escena realmente entrañable. De nuevo aparecen los signos humildes del Evangelio: las redes para faenar en el mar; el trabajo derrotista e ineficaz, como tantas veces; la dureza del día donde Jesús no está presente, como antes de que Jesús se hubiera metido en sus vidas.
         Alguien extraño, a una hora temprana, desde la orilla, se atreve a provocar haciendo una pregunta allí donde más les dolía: Si tenían peces… Allí donde no existía más que cansancio y vacío. Habían aprendido que la verdad de las cosas no siempre coincide con lo que nuestros ojos logran ver y nuestras manos acariciar, y se fiaron de aquel desconocido personaje. El resultado fue inesperado, ese que sorprende porque ya no se le espera, porque se nos da cuando vamos de retirada y estamos de vuelta de muchas cosas en la vida…, de todas nuestras nadas e inutilidades…
         Para unos sería buena vista o acaso magia para otros; pero para aquel discípulo que tanto quería Jesús era el Señor. Allí, en la orilla, había unas brasas que recuerdan aquella otra fogata en torno a la cual días ante Pedro juró y perjuró no conocer a Jesús, negándole hasta tres veces. Ahora, junto al fuego, Jesús lavará con misericordia la debilidad de Pedro, transformando para siempre su barro frágil en piedra fiel.
         El verdadero milagro no es una red repleta de peces, que casi revientan. No. El milagro más grande es que la traición cobarde de Pedro días antes, se convierte en una confesión de amor. Hasta tres veces lo confesará. La traición deshumanizó a Pedro, le hizo ser como en el fondo no era, y le obligó a decir con los labios lo que su corazón no quería. El amor de Jesús, su gracia siempre pronta, le humanizará de nuevo, hasta reestrenar su verdadera vida. Sin ironía, sin indirectas, sin pago de cuentas atrasadas. Gratuitamente como la gracia misma.
         En nuestro ambiente, en la casa, en la calle, con los amigos…, hay muchas fogatas y muchos “foros” donde se traiciona a Dios y los demás, y haciéndole el juego, nos deshumanizamos, nos rompemos por dentro.
         Pero hay otras brasas, las que Jesús nos prepara desde la orilla, donde nos mira en nuestras oscuridades, y nos convoca en compañía nueva, haciéndonos unos hombres nuevos. Allí nos permite volver a empezar, en la alegría del milagro de su misericordia. Es la última pesca, la de nuestras torpezas y cansancios. Ahí siempre saca Jesús las redes repletas. Pero su buen hacer no queda en quitarnos lo que nos destruye y entristece, sino en darnos lo que nos alegra y nos construye. Feliz quien tenga ojos para reconocerle como Juan, y quien se deje renacer como Pedro.

QUE ASÍ SEA