13 de abril de 2016

IV DOMINGO DE PASCUA

DE ENTONCES AHORA

17 de Abril 2013

         En estos tiempos de altas y nuevas tecnologías como nos rodean, nos resulta difícil y extraña la figura central que nos presenta el Evangelio de este domingo. Ciertamente, que no estamos acostumbrados, a no ser que nos demos una vuelta por la sierra, a ver la escena de un pastor que cuida de sus ovejas.

         Y, sin embargo, ese lenguaje extraño para muchos de nosotros, resultaba bastante normal y natural para los que en aquellos momentos escuchaban directamente a Jesús; estaban muy acostumbrados ya que no mucho tiempo atrás habían sido un pueblo nómada, que recorrían grandes extensiones de terreno para encontrar pastos para su rebaño.

         Pero la parábola que hemos escuchado era casi la crónica autobiográfica de Jesús en su relación con las gentes de su propia tierra: no ser extraño y extrañarse, dar vida y darse en la vida, hasta dejarse la piel antes que nadie pueda arrebatarlas.

         En esa relación vecinal con Jesús, rápidamente se llegó a comprender el “secreto”. Este secreto consistía en que Jesús no era huérfano: tenía un Padre, en cuyas manos Jesús cuidaba sus ovejas, y de allí nadie podrá arrebatarlas. Jesús, el Padre y nosotros. El Pastor, el redil, las ovejas. Como en la escena del Evangelio y como en la vida de cada día. Esta es la escena que Jesús describe en la parábola, que viene a ser una descripción biográfica de su propia vida y de su entrega amorosa a los que el Padre le quiso confiar. De hecho, es uno de los apuntes más claros sobre el sentimiento de Jesús; cuando sintió lástima al ver a toda una muchedumbre que parecía como ovejas que no tenían pastor, y a continuación se puso a enseñarles.

         Aquel Buen Pastor no se quedó fijo hace dos mil años, como una fotografía a la cual mirar de vez en cuando. Cristo, el Buen Pastor, ha prometido su presencia y cercanía hasta el final de los tiempos. Seremos “ovejas” de tan Buen Pastor si también nosotros oímos su voz, palpamos su vida entregada, y las manos del Padre de las que nadie nos podrá arrebatar.

         En la medida en que permanezcamos en ese Buen Pastor, crece nuestro corazón y se ve rodeado de una paz que no engaña, y de una esperanza que nunca traiciona. Tenemos necesidad de pastores que nos recuerden las actitudes del Buen Pastor, y debemos pedir al Señor que nos bendiga con muchos y santos sacerdotes según el corazón de Dios.

         Pero cada uno, desde la llamada de Dios que haya recibido, debe testimoniar lo que supone la compañía de tal Buen Pastor: dejarse pastorear es dejarse conducir hacia el destino feliz para el que fuimos creados, para que aquello que Él nos prometió se siga cumpliendo, y esto llene de alegría a nuestro corazón, de esa alegría de la Pascua, que como las ovejas de Jesús de las manos del Padre, nadie nos podrá arrebatar.


QUE ASÍ SEA