27 de abril de 2016

VI DOMINGO DE PASCUA

VIVIR DISTRAÍDAMENTE

1 de Mayo 2013

         Nos disponemos a celebrar el último domingo de este tiempo pascual, antes de vivir los dos acontecimientos que marcan el final de este estupendo tiempo litúrgico: la Ascensión y Pentecostés. Pero no podemos dar por terminado este tiempo, sin antes poder saborear algunas despedidas de Jesús ante sus discípulos.

         Como acabamos de empezar este mes de mayo, mes de las flores y de la alegría, el Evangelio comienza con una expresión que nos acerca implícitamente a la fe de nuestra Señora, la Virgen María: Guardar la Palabra de Dios y dejar que Él nos ame haciendo morada en nosotros. María, nos gusta recordarlo y hacerlo vida, amó al Señor de la única manera que sabía: Guardando su Palabra y viviéndolas cada una de aquellas frases que pudo escuchar. Gracias a esto, todas las generaciones, incluida la nuestra, la llamamos bienaventurada. Porque el mismo Jesús también la llamó así.

         Y por eso también su corazón está constituido morada de Dios, donde encontrar su Presencia y donde escuchar su Voz. Esta fue la grandeza de María y la más alta maternidad. Amar a Dios es guardar así su Palabra, como hizo María, dejando que haga y diga en nosotros, incluso más allá de lo que nuestro corazón es capaz de comprender.

         En esta ocasión, Jesús se despide con una promesa fundamental: El Padre enviará en su nombre al Espíritu Santo, para que enseñe y recuerde todo cuando Él mismo ha ido mostrando y diciendo, y que no siempre ha sido comprendido, ni guardado.

         En esto consiste nuestra “vida espiritual” y de piedad en estos tiempos, que sepamos acoger al Espíritu Santo prometido por Jesús, para que en nosotros y a nosotros enseñe y recuerde tantas cosas que no acabamos de ver ni comprender en nuestra vida, tantas cosas que no hacemos en “memoria de Jesús” y por eso las vivimos distraídamente, en un olvido que nos deja el corazón tembloroso y acobardado también, como el que aquellos discípulos, dividido por dentro y enfrentado por fuera.

         Cuando, al principio, me he referido a la Virgen María con motivo del mes de mayo, no ha sido por casualidad o por mi idea de piedad. La Palabra cumplida de Dios se hizo carne en la Santa Virgen María. Ella fue y es modelo de espera y de esperanza cuando todos se fueron huyendo a sus lágrimas, a sus aldeas y pueblos, a sus quehaceres o a sus casas cerradas a cal y canto.

         Es como una “primera entrega de lo que Dios regalaría a aquellos hombres, cuando con María reciban en Pentecostés el cumplimiento de eso que ahora se les prometía. Y lo que a ellos se les prometió también fue para nosotros.

         No en vano el pueblo cristiano aprende a esperar este Espíritu Santo Consolador con María, y a guardar las Palabras de Dios como Ella en este tiempo de Mayo florido. En nuestra Señora encontramos ese precioso ejemplo de escucha y de vivencia de cuanto el Señor nos pide, nos dice o nos silencia. María es el modelo acabado y cumplido de cuando se nos pide a los cristianos.


QUE ASÍ SEA