7 de junio de 2016

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

SALIR EN LA FOTO


12 de Junio, 2016


        Una de las frases que más estamos escuchando últimamente, tanto en el mundo de los acuerdos políticos, como en el mundo tan frívolo de los famosos es: “Salir en la foto”. El querer salir en la foto con una persona, últimamente no es tanto porque se le tenga una estima necesariamente, ni porque uno quiera aprender algo o para enmendar las cosas mejorables en la propia vida… Últimamente, “salir en la foto” junto a otra persona es porque se quiere aparentar o fomentar el “postureo”. Lo mismo sucede, y esto es más habitual, cuando se invita a una persona a comer, en ese signo de amistad común en todas las culturas, también en la nuestra.
         El Evangelio de este domingo nos narra un episodio de una fariseo que rogaba a Jesús que fuera a su casa porque le quería invitar a comer, pero en el fondo sólo se invitó a sí mismo, para salir en la foto. Y así fue. Pero, en medio de aquel ambiente un tanto frívolo, se coló una mujer conocida en la ciudad por sus muchos pecados, por ser una pecadora pública. Y discretamente comenzó a llorar a los pies de Jesús, a besárselos y enjugarlos con los cabellos, a perfumarlos con el frasco de perfume que había traído consigo.
         Un acontecimiento que no pasó desapercibido a los ojos del fariseo que lo había invitado, que viendo aquella escena, se puso a murmurar contra el maestro. O, dicho de otro modo, invitó a Jesús a comer como quien invita a una persona famosa, acaso para pavonearse de haber sido anfitrión del afamado maestro que estaba en la boca de todos.
         Si nos paramos un poco, nos damos cuenta que es tremendo eso de esperar a Dios en los caminos que Él no frecuenta o empeñarse en enmendarle la plana cuando le vemos llegar por donde ni nos imaginamos. En esta entrañable escena, lo más importante no era la desilusión defraudada del fariseo, sino la enseñanza de Jesús ante el comportamiento de aquella pecadora mujer. Ella hizo lo que le faltó al fariseo en la más elemental cortesía oriental: acoger lavando los pies, secarlos y perfumarlos.
         Ella no lo hizo como gesto de educación refinada, pues no estaba en su casa ni era ella quien había invitado a Jesús, sino como gesto de conversión, como petición de perdón y como espera de misericordia. Ciertamente que el Señor respondería con creces: no banalizaría el pecado de la mujer, pero valoraría infinitamente más el perdón que con aquel gesto ella suplicaba. El fariseo sólo vio en ella el error, mientras que Jesús acertó ver sobre todo el amor: a quien mucho ama, mucho se le perdona.
         El fariseo y aquella mujer habían pecado, cada cual a su modo. El primero no lo reconoció mientras que ella supo pedir perdón, que es una forma de amor. La vida es como un banquete. En él podemos estar murmurando inútilmente los errores ajenos como el fariseo, o ser perdonados amorosamente como la mujer. Además de evitar los errores hemos de aprender a amar, creyendo que más grande que nuestra torpeza es la misericordia del Señor. Podemos estar con Jesús utilizando su presencia para poner en valor la nuestra, o podemos acogernos a su gracia para dejarnos perdonar y poder volver a empezar de nuestro desde la invitación de su misericordia.


QUE ASÍ SEA