24 de junio de 2016

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

SANTIAGO Y SUS TRUENOS


25 de Julio de 2016

         Por un momento nos vuelve a sorprender esta página del Evangelio, referida a la Solemnidad de Santiago Apóstol. Volvemos a contemplar el mismo camino de los últimos domingos, subiendo a Jerusalén, rodeado de un grupo grande de discípulos. Entre ellos, ya habían sido elegidos los Doce Apóstoles, con la promesa de la misión de predicar en el Evangelio en su Nombre. Jesús tomará a este pequeño grupo de amigos más cercano, más íntimos para decirles el porqué están yendo camino de Jerusalén. Y lo que les viene a decir es lo que particularmente a Él le espera en esa meta de llegada: su prendimiento, un juicio condenatorio, cargar con el cruz y morir en ella.

         En ese momento, dos de los que habían sido llamados a ser apóstoles, discípulos más próximos, los hijos de Zebedeo, aprovecharán a su propia madre para trasladarle al Señor sus intenciones: “Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Era como pedirle dos carteras ministeriales en el gobierno del Reino de Dios, o como pedirle una recomendación eficaz allí en la vida eterna, con puesto y nómina incluidos.

         Con la paciencia de Dios, Jesús va y les dice dulcemente: “No sabéis lo que pedís”. Y aprovechará el momento para hablarles del poder. Porque podrían creer los discípulos que había que organizarse como se organizan los sistemas de poder económico o político. Jesús quiere deshacer el equívoco y hablar que cómo el poderío que Él trae y que Él vive, no es el de la fuerza prepotente, sino el del servicio discreto y preciso. Servir, como quien da la vida en vez de aprovecharse para obtener beneficios, esta es la clave de la entrega del Señor. Algo que entonces y siempre, necesitamos todos aprender.

         Santiago se vino hasta España, que entonces era la última y más lejana provincia del Imperio Romano, para contar a nuestras gentes lo que él había encontrado en su vida. Forma parte de ese grupo de Apóstoles más íntimos del Señor, y contará con el inmenso privilegio de haber visto a Jesús en su momento más luminosos y en el más oscuro de su vida. Santiago estará en el monte Tabor, cuando Jesús revestido de luz anticipe la gloria de la belleza de Dios. Santiago también estará en el huerto de los Olivos, cuando el Señor se bata en la agonía cruda del suplicio que se le avecina. De todo esto es testigo Santiago, discípulo de Jesús: de cómo Dios ha querido abrazarnos en lo más hermoso de la luz y ha querido, igualmente, ser nuestro en las horas más bajas de su entrega.

         Su sepulcro en Compostela ha sido visitado por innumerables peregrinos, romeros de la vida, que hasta allí se encaminan como buscadores de los senderos de Dios. En dos ocasiones, desde la parroquia, hemos hecho el camino portugués; en dos ocasiones, también como parroquia hemos peregrinado hasta el Apóstol. Y en esa andadura hemos ido despacio, como concediéndonos un tiempo para pensar, para orar, para pedir y para ofrecer, para comprender en el propio andar cómo Dios mismo se ha hecho para nosotros no sólo el Camino, sino también el Caminante a nuestro lado.


QUE ASÍ SEA