1 de junio de 2016

X DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

PROCESIONES DISTINTAS

5 de Junio, 2016

         Cuando Jesús estaba subiendo hacia Jerusalén, por aquel camino siempre de subida, pudo darse cuenta de la cantidad de curvas y recurvas con las que se iba a encontrar. En cada rincón del camino se iba a encontrar con una historia, en cada tramo, unas palabras de aliento o un gesto que ofrecer a muchos hombres y mujeres que esperaban un rayo de esperanza.

         No iba a caer ninguna lágrima al suelo sin que antes pasara por la mirada de Cristo; lo mismo que tampoco iba a caer en el olvido ninguna sonrisa de alguien. Que iba a llorar con los que sufrían, que iba a brindar de gozo con la alegría de los demás. Y así fue pasando por las plazas, las callejuelas estrechas, por los pueblos, las aldeas y los cortijos. Y en cada sitio una especie de justificación para poder decir palabras vivas que no engañan, o para mostrar con dulzura un signo que más bien sabía a milagro.

         La escena que este domingo nos relata el Evangelio nos abre a una realidad tan dura como cotidiana. Una pobre mujer, viuda, cuyo único hijo salía con cumplir con la costumbre judía de enterrar a los muertos. Una gran cantidad de amigos y conocidos le acompañaba. También Jesús, que se cruza con esa fatal comitiva, iba acompañado de sus discípulos y mucho gentío. Era como la comitiva de dos procesiones: Unos que siguen al Maestro de Nazaret entre el entusiasmo y la euforia de cuanto en Él van descubriendo; y, otros siguen a la viuda que era la madre de aquel difunto muy joven entre la tristeza más difícil de entender y consolar.

         Dos grupos numerosos que tienen ritmos distintos, pero que se encuentran cuando la mirada de Jesús alcanza los ojos llorosos de aquella mujer. “No llores”, le dijo sintiendo el dolor lastimero de semejante cortejo fúnebre. El camino al cementerio de pronto se detuvo, y parado el duelo actuará Cristo. Se quedarían en suspenso, como sorprendidos por semejante espectáculo, presos tal vez de la extrañeza y hasta del miedo, cuando vieron a Jesús tocar el féretro y comenzar a hablar con el muerto.

         El mandato de Jesús cayó como un rayo sobre aquel cuerpo sin vida ya, y como una orden creadora de la primera mañana, y aquel joven obedeció. Lo mismo que obedeció la luz, y el agua, y las estrellas lejas, y la luna y el sol… “Levántate”, le dijo al muchacho, y él se levantó. Todos quedaron sobrecogidos, nos dice el evangelista de aquel encuentro de caminos entre la esperanza sobrevenida y la temida desesperación.

         Hoy pueden ser otros los signos de la muerte, y tal vez sean también distintas las razones de nuestros llantos, pero también a nosotros se acerca Jesús de mil maneras. Conmovido por nuestras derivas que terminan en oscuridad y en duelo, nos invita a no llorar, a ponernos en pie y a caminar. El encuentro entre el Maestro de Nazaret y nosotros acontece en los vaivenes de nuestras encrucijadas, y también a nosotros se nos dice lo que a aquel joven: se pueden morir muchas cosas, pero la última palabra la tiene siempre la vida, y eso es lo  que se nos da como don inmerecido, como una gracia que acaricia nuestro dolor para volver a empezar nuevamente cada día.

QUE ASÍ SEA