24 de junio de 2016

XIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

PORTADORES DE PAZ


3 de Julio, 2016

         Domingo tras domingo, con la lectura continuada del Evangelio de San Lucas, vamos recorriendo ese camino de subida a Jerusalén, pasa a paso. Jesús, como enviado del Padre, había venido para traer a los hombres un modo nuevo de vivir y, lo que es mejor, de convivir entre ellos y ante Dios, que luego todo este ambiente se frustró por culpa del pecado original. A partir de entonces la vida se fue convirtiendo en compleja, difícil, hostil, muy lejana cada vez más del proyecto amoroso de Dios que nos la ofreció como un camino armonioso e inocente.
         El pecado afeó toda la creación de Dios, pero no pudo arrancar del corazón humano el inmenso deseo de habitar un mundo de belleza y hacer una historia bondadosa. Pero las noticias que saltaban diariamente venían a decir que era imposible realizar ese camino, porque en el fondo de su corazón seguía latiendo ese gran deseo de ser feliz.
         Jesús vino para responder a ese drama humano, rompiendo el fatalismo de todos sus callejones sin salida. La venida de Jesús es la llegada del Reino de Dios, el comienzo de la posibilidad para los hombres, de ser verdadera y apasionadamente humanos, el inicio de esa otra historia en la que coinciden los camino de Dios y los de cada uno de nosotros. Pero, el Señor no ha querido realizarlo todo, ni llevarlo a cabo solo. Por eso, consciente de que es mucho el trabajo y pocos los obreros, invitará a pedir al dueño de la mies que envíe más manos, más corazones, que vayan preparando la creciente llegada de ese Reino.
         El Señor envía a sus discípulos a los caminos del mundo, a nuestro hogares, para hacernos llegar el gran mensaje, el gran acontecimiento: el Reino de Dios ha llegado, ya se aproxima, está muy cerca. Y con Él se terminan todas nuestras pesadillas para dar comienzo ese sueño hermoso que Dios nos confió como tarea, y que como ansia infinita puso latente en el latido de nuestro corazón inquieto y, algunas veces, herido.
         Como a aquellos discípulos también a nosotros nos envía para anunciar el mismo Reino de Dios, de modo que aquello que sucedió entonces siga sucediendo. No anunciamos una paz de supermercado, una paz que se negocia y pacta como herramienta política, sino una paz que es una Vida, y un Nombre, y un Rostro concreto: Dios con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Porque no anunciamos una paz nuestra ni la que el mundo nos pueda dar, sino la que Dios nos regala y nos confía, la paz que nace de la verdad, de la justicia, de la libertad, del amor. Portadores de la paz del Reino de Dios, es lo que el Señor ha querido confiarnos como una herencia inmensa y una tarea llena de desafío e ilusión.


QUE ASÍ SEA