24 de junio de 2016

XV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

HAGAMOS LO MISMO

10 de Julio, 2016

         Muchos son los que han calificado este pasaje del Evangelio, como "desvergonzado", porque parece que Dios pierde la vergüenza y la compostura oficial, para mostrarnos por dentro su corazón.
         En este pasaje vemos una conversación de maestro de la Ley de Israel, al Maestro de Galilea. Aquel letrado, versado en las Escrituras se acerca hasta Jesús, no con la intención de que ese otro Maestro le enseñara algo nuevo, sino -quizás sin quererlo-, para dejar al descubierto su más absoluta ignorancia: "Maestro, ¿quién es mi prójimo?". Pues donde las dan, las toman. Entonces, Jesús se aprovechó de aquella pregunta para contar y contarnos la conmovedora parábola del buen samaritano.
         Se trata de un hombre anónimo, malherido, medio muerto en medio del camino, por culpa de haber sufrido el asalto de unos bandidos. Cerca de allí, quizás un cruce de caminos, van pasando diferentes personajes, que van poniendo de manifiesto la calidad de su amor, la caridad de su corazón, sus interioridades, sus pensamientos. En este ejemplo de Jesús, se puso bien a la clara hasta qué punto las normas, las leyes, las reglas... "pueden matar", o al menos no hacer nada bien. Estamos acostumbrados cuando hay que ir a un lugar para el cumplimiento, que sólo son apariencias y evasiones. Su propio nombre lo indica: cumplo y miento.
         Pero, cuando ya había poca esperanza, aparece por aquel escenario un último personaje. No puede ser otro, que el menos esperado, un samaritano, no muy bien aceptado por los judíos. Podía pasar siendo otro personaje; ¡pero un samaritano!... Aquello iba sonando a provocación. Un samaritano que no entiende de leyes, ni de diferencias de clases, ni de protocolos... Fue un samaritano que se encontró con un pobre hombre maltratado y..., no sabe más. No se plantea nada más. Alguien que seguramente jamás se había planteado qué había que hacer para heredar la vida eterna, pero que sería el único de los actores que había entendido la ley, en su sentido más auténtico.
         Y se van sucediendo las acciones: Se llegó hasta donde estaba aquel hombre, lo observó, sintió lástima, se acercó, le vendó las heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada, lo cuidó, pagó los gastos... Gestos y actitudes semejantes a los que tuvo el padre en la parábola del hijo pródigo, que cuando estaba el hijo menor todavía lejos, le vio su padre, se conmovió, corrió hacia él, se echó a su cuello, le besó efusivamente e hizo una fiesta en su honor.
         Aquel samaritano fue para su hermano prójimo, lo que el padre de la parábola para su hijo pródigo. Nosotros, que ya conocemos por revelación y por predicación por parte de la Iglesia, de la misericordia que se nos ha manifestado en Jesucristo, podemos correr el riesgo de no entender nada de nuestra religión católica, si en algún momento nos hemos preguntado legítimamente sobre qué hacer para heredar el cielo; si lo debemos de hacer siendo indiferentes ante los asuntos de la tierra, si le echamos la culpa a Dios por permitir el dolor, el hambre y el sufrimiento en tantos hijos suyos pobres, enfermos, marginados, necesitados...
         Y Jesucristo, desvergonzadamente, en este pasaje del Evangelio viene a decirnos que ser cristiano es tener la entraña de Dios, es decir, vivir con misericordia. Ser prójimo, en sentido cristiano, es practicar la misericordia con cada próximo, sea quien sea. Y Jesús, añade en este pasaje del Evangelio, y hoy nos añade a cada uno de nosotros, sin falsas humildades: "¡Anda, haz tú lo mismo!".


Que así sea