31 de julio de 2016

GRACIAS, POLONIA

He vuelto a Polonia, después de seis años por medio de 13TV, para la JMJ de Cracovia y en esta ocasión he sido más consciente de las gracias recibidas.

Con mis ganas me he quedado. No he podido ir a Polonia para la JMJ en la casa de San Juan Pablo II, al que le debo tantos favores y caminos abiertos en mi vida sacerdotal. Y todo por falta de previsión.
Pero la providencia divina ha sido favorable y ha permitido que pudiera seguir las retransmisiones en directo; ha hecho posible que lo más importante no coincidiera con mis obligaciones pastorales. Me he asomado a la pantalla de la televisión y he sido un peregrino de primera fila, junto al Papa Francisco. Y me ha entusiasmado todo lo que he visto y oído.
Me he empapado de todas y cada una de las palabras del Papa, pudiendo tomar apuntes en la tablet para después poderlas llevar a la oración, sin esperar a su publicación en Internet. Quería oírlas directamente del Papa, como si de una meditación dirigida se tratara. Dardos directos a los jóvenes, a los sacerdotes…, a mí me estaba hablando.
Me senté en un banco de Auschwitz para rezar con el Papa por tanta crueldad como la que se vivió en aquel campo de concentración, entrando también solo, junto a él, por aquella puerta de hierro fatídica, con su lema iluso y mortal de necesidad. Rezaba por millón y medio de personas exterminadas por el odio de los hombres. Fui con el Papa, pasa a paso por aquellos barracones, rezando en la oscuridad de la celda de San Maximiliano Kolbe, entrando por la vías del ferrocarril que conducían a la muerte, ante las cámaras de gas… Y todo en silencio como el Papa. Las mismas palabras en el libro de oro en Auschwitz "¡Señor, ten piedad de tu pueblo! ¡Señor, perdón por tanta crueldad!"-, también son mías, escritas con mi puño y letra.
Recé en cada una de las estaciones del vía crucis, alternando los pasos de la pasión del Señor con las obras de misericordia. Me acordaba de aquella otra vivida en Madrid en 2011 con Benedicto XVI. Hice mías todas y cada una de las palabras del Papa a los jóvenes. Oré intensamente con más de dos millones de Jóvenes en el Parque de la Misericordia en la Vigilia y “concelebré” en la misa de clausura. Me emocioné con los panameños al oír el anuncio de la próxima JMJ 2019, a la que casi estoy seguro que no asistiré.
Y doy las gracias a Polonia, a los voluntarios, a los que han trabajado todo este tiempo para organizar una de las mejores JMJ que he podido vivir, aunque sea en la distancia. Me quedo con detalles pequeños. Los intensos silencios de cientos de miles de jóvenes en un mismo recinto convertido en Basílica Mayor, rezando con el Papa. Gestos de ponerse de rodillas a la hora de comulgar -¡todos en la boca!- y a la hora de dar gracias en medio de una muchedumbre como si se hubiesen quedado solos con Cristo. Esas caras sonrientes y radiantes que se sorprendían al verse en las pantallas gigantes cuando les estaban enfocando. Doy las gracias por una liturgia piadosa y perfectamente cuidada, para el Papa Francisco que su línea es más pastoralista y no se detiene mucho en estas cuestiones, según dicen sus más cercanos. Sacerdotes bien identificados, religiosas con sus hábitos, cirios y velas sobre el altar, crucifijo en el centro del altar, presentación de ofrendas…, y muy pocos “pantaloncitos cortos”, haciendo el ridículo…

Gracias, Polonia -¡semper fidelis!-. ¡Cuánto hemos de aprender de vosotros! ¡Cuánto nos habéis enseñado! ¡¡¡Gracias!!!