8 de septiembre de 2016

¡ESTÁ AHÍ!

Ha sido siempre la “piedra de tropiezo” en la doctrina católica la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. De comprender esta afirmación teológica depende muchas actitudes y comportamientos en la vida del cristiano.

Podemos fijar su comienzo en un punto indeterminado de la geografía de Palestina, en dirección sur, camino de Jerusalén. Jesús iba con una muchedumbre de discípulos, venidos de todas las comarcas y que formaban un amplio abanico social, económico y cultural. Les iba hablando de la Eucaristía, cuando llegó un momento en que protestaron por las duras palabras que estaban escuchando. Unos aguantaron y se quedaron, otros se fueron, la mayoría escandalizados. Desde ese momento, hasta nuestros días, pasando por los avatares abruptos de la historia de la Iglesia, ha sido y sigue siendo una piedra de tropiezo, hasta provocar divisiones y cismas. No siempre se ha entendido bien, más aún, no se ha terminado de creer en la presencia real de Jesucristo en el Sagrario y en la Eucaristía.
Dejando a un lado todos los tratados doctrinales-teológicos sobre este tema, me detendré en las consecuencias pastorales y, sobre todo, en las actitudes litúrgicas que se viven cuando flaquea o no se tiene presente esta afirmación.
Conozco y valoro el esfuerzo que la Congregación para el Culto Divino de la Santa Sede, está haciendo para que la liturgia vuelva a tener la importancia que la Iglesia desea para las celebraciones, recogiendo el sentir de todos los Papas, especialmente Benedicto XVI, que le han querido dar a la liturgia. Por eso, cuando no se tiene presente que Jesucristo está verdadera, real y substancialmente presente, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el Altar donde se celebra la Eucaristía, y sube demasiados puestos que la misa y los sacramentos se parecen más a una representación, se producen estos comportamientos que voy a exponer, como otros que rozan actitudes protestantes, copiadas por su aparente lindeza y porque la televisión las ha puesto de moda.
Todavía siento cómo penetró la manía de la comunión en la mano, gracias a la protesta de los luteranos, para demostrar que Jesús no estaba en la hostia, y comenzaron a comulgar de aquella forma para negar dicha presencia. Cuando se entra en un templo y visitamos las capillas con nuestras devociones particulares, poniendo una vela, depositando una ofrenda en dinero o en flores, santiguándose, rezando…, y pasamos por el Sagrario sin hacer nada de nada, ni con el cuerpo, ni con la mirada, ni con el corazón. Cada vez hay menos gente, a no ser que se haga una breve monición con el riesgo de que te critiquen de “regañón”, que no se ponen de rodillas en la consagración. Los que más se quedan de pie –hay templos que han eliminado los reclinatorios, al igual que los confesionarios-, otros que ven que algunos se agachan y ellos se sientan directamente, y unos pocos se ponen de rodillas. Los aplausos por cualquier motivo sin importancia. Los móviles abiertos y salidas rápidas a la calle para contestar a la llamada de alguien que quizás le pregunta por su estado de salud. Así como la permanencia en el templo después de terminar la misa, donde hay tal ambiente que es difícil distinguir el mismo templo con la plaza del pueblo. No deseo comentar la moda juvenil, los nuevos usos en las bodas, “copieteo” de las celebraciones americanas.
Y Jesucristo sigue estando en el Sagrario, que hace sagrado el templo, que nos espera desde hace dos mil años. Llegamos a hacer allí lo que no se nos ocurriría hacer en un cine de barrio. Niños nerviosos y correosos por los pasillos, sonadas de móviles, comentarios a gritos, saludos al conocido cuando se va o se vuelve de comulgar… Hay que hacer el esfuerzo de volver a la piedad de siempre, al ambiente de oración y recogimiento. Hemos de volver a repasar el catecismo para grabar la verdad de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, y alejarnos de todo comportamiento que diga más de una representación teatral que de una celebración sacramental.