12 de enero de 2017

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO



15 DE ENERO DE 2017

            Un domingo más vuelve al centro del Evangelio proclamado Juan Bautista. Su trabajo fue el de presentar públicamente a Jesús como el Salvador del mundo. La misión que le fue encomendada fue la de preparar el camino a Jesús. No se cansaba de decirle a los judíos, a todos, fueran del sector que fueran, que se debían de preparar a la llegada del Hijo de Dios. Y de una manera concreta: Haciendo penitencia, estudiando los signos visibles de la presencia de Dios entre los hombres, confesar los pecados…
            Nosotros no somos menos y también nos damos cuenta que Dios siempre nos está pidiendo algo. Lo tenemos muy claro. Pero también tenemos muy claro que “eso” que nos manda Dios no coincide con nuestros gustos, con lo que nos apetece, con nuestra forma de ser, con el carácter que nos hemos ido forjando… Que esos planes, por llamarlos de alguna manera, no coinciden con los planes que ya nos hemos hecho, con los proyectos que ya hasta habíamos puesto por escrito… Que esos planes no son los planes que los demás ya han dicho que tenemos que hacer.
            En un primer momento, vamos y desobedecemos al Señor, no sin antes sentir un cierto remordimiento dentro de nosotros; sabemos que no tenemos la conciencia tranquila. En un segundo momento, buscamos esos argumentos que vienen a darnos la razón, diciéndonos que hemos obrado correctamente… Pero todo es inútil, porque hasta hoy, a la conciencia nadie la ha podido silenciar. Por muchas razones que nos demos a nosotros mismos, por dentro seguimos intranquilos, molestos, inquietos; sentimos hasta malestar y dolor de estómago. Cuando se presentan estos casos, tenemos que preguntarnos: ¿Qué puedo hacer para recuperar la paz y la sencillez de corazón?
            A lo largo de la historia, el hombre ha hecho grandes progresos. Pero hay algo que no me pueden dar, aunque se junten todos los hombres del mundo y es el perdón de mis pecados. Nadie puede devolverme la paz interior cuando la perdí tras cometer algún pecado.
            Para tener el perdón de los pecados sólo existe un camino y es el que nos señala hoy el presentador oficial de Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan Bautista nos enseña que el único que puede perdonar los pecados es Dios, es Jesús. Que para que se nos perdonen los pecados, tenemos que reconocer y confesar nuestros pecados. Y eso es lo que sucede exactamente, paso a paso en el sacramento de la Confesión. De tal manera, que la confesión es el resumen de todo el mensaje y la misión que trajo a este mundo Juan, el Bautista.
            Cuando nos acercamos a confesar, es Jesús quien devuelve a nuestro corazón la inocencia, la sencillez, el sosiego, la lucidez. Sabemos que cada uno de los seis sacramentos restantes tienen sus determinadas características. Pero lo que más caracteriza al sacramento de la confesión por encima de los demás es la gran paz que deja después de recibirlo debidamente.
            Seguro que todos hemos tenido en más de una ocasión esta experiencia. Cuando hemos hecho una buena confesión, hemos sentido una paz única, inconfundible. Pues bien, esa paz sólo la puede comunicar Jesús, nadie más.
            Vamos a darle gracias a Juan el Bautista, porque a través de él, le Señor nos ha enseñado el camino para recuperar la paz y la integridad que perdemos por el pecado. Y procuremos que esta enseñanza de San Juan sea cada vez más conocida, para que tantas y tantas personas puedan recuperar la paz interior que tanto desean.


QUE ASÍ SEA