16 de enero de 2017

III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


22 DE ENERO DE 2017

            “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Fue la frase, de labios de Jesús, que escucharon cuatro jóvenes galileos allá por los años 30 d.C. Recibieron estas palabras llenos de entusiasmo. Nada más oírlas, se convirtieron, renunciaron a todo –alguno, como Pedro, también a su familia-, y a partir de ese momento se fueron tras Jesús para ser sus discípulos.
            Lo que hicieron fue algo grande. Pero para entrar en el Reino de Dios tenían que volver a convertirse. Durante su vida pública Jesús repitió más de una vez a sus discípulos: “Si no os convertís, no entraréis en el Reino de Dios”. El Reino de Dios puede entenderse como que Dios reina. ¿Reinaba Dios en el corazón y en la vida de los apóstoles? ¿Reinaba Dios en el corazón de los que, en el momento de la cruz, le abandonaron? Pues sí y no. Pedro era un joven lleno de entusiasmo y generosidad, y sin duda amaba a Jesús de corazón. Pero con frecuencia no era Jesús, sino el propio Simón Pedro, quien reinaba en su vida. A menudo el apóstol era inestable, inmaduro y también algo fanfarrón.
            Así era el Pedro del evangelio. ¡Qué distinto es el de los Hechos de los Apóstoles, años después! Es el mismo Pedro, fuerte y generoso. Pero ahora es más maduro y también más fiel. Ahora el único que reinaba en su vida es Jesús. El Simón del Evangelio se ha convertido y es un hombre nuevo.
            Por el contrario, Juan era sensible, fino y muy piadoso. Su corazón estaba lleno de amor. Era el mejor amigo del Señor. Pero era también agresivo. Podemos traer a la memoria aquella ocasión en que los habitantes de una aldea de Samaria no acogieron a Jesús y les prohibieron entrar. Al ver aquello, dijo Juan y su hermano Santiago: “Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los destruya?”. Y también aquel joven era ambicioso: él y su hermano querían sentarse en el Reino el uno a la derecha y el otro a la izquierda de Jesús.
            En cambio, el Juan adulto, el que escribió el cuarto Evangelio y las cartas, es también distinto. Sigue siendo fino, delicado y lleno de amor. Pero ahora no hay en su corazón ni rastro de ambición ni de violencia. Ahora es Jesús quien reina del todo en su vida y en su corazón.
            Creo que cada uno de nosotros también tenemos un poco de aquellos cuatro galileos que escucharon por primera vez al Maestro de Galilea. Nosotros también hemos escuchado la llamada de Jesús y hemos respondido a ella. Hemos renunciado a mucho, nos hemos convertido y nos hemos decidido a seguir a Jesús en serio. Si no fuera así, no estaríamos participando en esta Eucaristía. Eso es algo grande y sin duda le llena de alegría a nuestro Señor. Pero, al mismo tiempo, Jesús es muy exigente y nos dice hoy: “El Reino de Dios está cerca. ¡Volved a convertiros!”.
            Los apóstoles no son un modelo lejano e inalcanzable. Son muy humanos, alguien con quien nos resulta fácil identificarnos. Igual que ellos, queremos a Jesús de verdad. Pero también como ellos, somos débiles. El camino de los apóstoles es también el nuestro. Que el Señor nos otorgue la gracia de una nueva conversión, igual a Pedro y a Juan, a Santiago y a Andrés.


QUE ASÍ SEA