21 de enero de 2017

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


29 DE ENERO DE 2017

         Si quisiéramos buscar alguna página en la Biblia, que nos llamara tanto la atención que la única actitud fuera de guardar silencio y meditarla en profundidad, sin lugar a dudas es la que acabamos de escuchar. Las Bienaventuranzas. Son las mejores declaraciones hechas por Jesús en vida terrena, y ante las que tenemos que meditar en nuestro interior, permitiendo que estas palabras declaradas por Cristo resuenen en nuestro interior y despierten lo que Jesús quiere decirnos.
         Dos mil años antes, la voz de Dios resonó con fuerza en lo alto de un monte y Moisés como único testigo, cuando les fueron entregados los mandamientos. Es la misma voz, dos mil años después la que se hace oír con toda la autoridad y plenitud en un monte. La misma fuerza que hoy le damos desde este altar a todos los que celebramos la Eucaristía.
         Es la carta magna, la constitución del cristianismo y de la Iglesia. El espíritu que aparece en cada uno de los enunciados traza la figura y el perfil que debemos tener todos los cristianos. Jesús hace una alabanza a la sobriedad, la dulzura, la solidaridad, la sencillez de corazón, el dolor soportado con entereza, el hambre de justicia, la paz…, asegurando también que no le faltarán las críticas y la oposición, a veces hasta crueles, a quienes hagan suyas esta enseñanza. Pero con todo, la recompensa será muy grande en el cielo.
         Pero, ¿qué nos dicen estas bienaventuranzas? En resumen, que los bienes del espíritu están muy por encima de los bienes materiales; que sanos y enfermos, ricos y pobres, poderosos y débiles, los que mandan y los que obedecen…, ¡todos! ¡Todos son invitados, por encima de las circunstancias secundarias que más o menos nos pueden embellecer, a la dicha eterna que Jesús nos promete.
         Es difícil ponerse delante del Señor con un puñado de justificaciones para resistirnos a este aplomo y seguridad que expone en su programa de vida. No vemos por ningún lado que sus palabras estén contaminadas de inseguridad o de duda, porque Jesús no está exponiendo una opinión, para que nosotros expongamos las nuestras, sino el testimonio de vida del Hijo de Dios. Y ante esto no hay justificación que valga. Tienen toda la autoridad de Dios y así lo percibió el pueblo.
         También nosotros, cuando oímos las enseñanzas del magisterio de la Iglesia, o leemos un buen libro de espiritualidad, o escuchamos un buen sermón nos sentimos atraídos por la autoridad y la altura de miras que tienen las propuestas de Dios en su Iglesia hoy. Sin embargo, todo esto se nos antoja “poco práctico” en una sociedad en la que la riqueza, el éxito, el poder, el bienestar, es lo realmente importante.
         Pero hemos de reconocer que a pesar de nuestro aire satisfecho no somos felices ni nos sentimos seguros. Sigue habiendo demasiadas diferencias, sufrimientos, violencia… todavía hay grandes diferencias entre los hombres y discriminaciones sangrantes por motivos sin importancia; hombre que dominan a otros hombres, depredadores y no colaboradores en la tarea de organizar esta sociedad. No existe sólo el sol. Hay también nieblas, noches cerradas, temporales y vientos devastadores. El mismo sol que calienta a unos puede ser sofocante y duro para otros. La muerte es una realidad.
         Y, sin embargo, tenemos derecho a soñar con un mundo donde la libertad, la paz…, no sean palabras que se usan en los discursos pero que, en la práctica, no significan nada. Las Bienaventuranzas van más allá de ese anhelo. No debemos dudarlo.
         Pidamos al Señor que nos aumente la fe y nos ayude a vivir según este programa.

QUE ASÍ SEA