21 de enero de 2017

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


5 DE FEBRERO DE 2017


           “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. Muchos de los que estáis aquí presentes os acordáis de cómo iniciamos la Vigilia Pascual el Sábado Santo por la noche: Se enciende el cirio pascual nuevo y cuando el sacerdote avanza por el pasillo central, cada uno va cogiendo la luz del cirio; se la va pasando a otros, y estos a otros hasta que, en muy poco tiempo, toda la iglesia, que estaba a oscuras, queda iluminada. Este rito representa muy bien el modo en que se transmite la luz de Cristo resucitado.
            Jesús vino al mundo para propagar su Evangelio por toda la tierra. Para lograrlo, no se puso a escribir un libro, ni a hacer otra cosa parecida. Cuando las personas queremos extender un mensaje o una idea, lo primero que pensamos en ponerlo por escrito, o bien en un libro o en algún twitter o en algún medio en las redes sociales, para después lanzarlo a los cuatro puntos cardinales.
            Jesús no hizo eso, no escribió nada. Él, que ha creado al hombre, conoce perfectamente su corazón y sabe que lo que de verdad conmueve a sus criaturas no son las palabras ni los argumentos fáciles. Por eso, para propagar su Evangelio hizo algo muy distinto: Envió testigos. Llamó a Pedro, Santiago, Juan y a los demás apóstoles para que fueran sus testigos por todo el mundo.
            La experiencia de encontrarse con un testigo de Jesús es muy especial. Es como si por fin se encontrara lo que durante mucho tiempo hemos buscado a oscuras, lo que teníamos dentro pero no nos venía las palabras a la boca. Es lo que sintió Timoteo cuando conoció a Pablo, o a San Policarpo cuando conoció a Juan. Es lo que hemos experimentado tantos y tantos de nosotros cuando hemos entrado en contacto con los que nos han predicado y nos han servido de testigos de la fe.
            Los que fueron evangelizados se convirtieron a su vez en evangelizadores. Lo que habían experimentado cuando conocieron a los discípulos, lo sentían ahora quienes entraban en contacto con ellos. Por ejemplo, es lo que sintió Ireneo cuando conoció a Policarpo, lo mismo que este cuando conoció al apóstol San Juan. Ireneo llegó a ser obispo de Lyon y debía su fe a Policarpo. En torno al año 200, siendo ya anciano, el Obispo escribió una carta a un amigo en la que le decía: “Yo me acuerdo más de los hechos de antes que de los recientes. Lo que se aprende de niño va creciendo con el alma y se va haciendo uno con ella. Tanto que puedo incluso decir el sitio en que el bienaventurado Policarpo dialogaba sentado, así como sus salidas y sus entradas, la índole de su vida y el aspecto de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus relaciones con Juan y con los demás que habían visto al Señor y cómo recordaba las palabras de unos y otros”.
            Podemos pensar que el significado del rito con el que empezamos la Vigilia Pascual, es esto mismo que acabamos de escuchar de los primeros cristianos. Representa el modo en que ha ido transmitiéndose la luz de Cristo hasta el día de hoy, de persona a persona, de testigo a testigo.
            Que también a través de nosotros siga transmitiéndose la llama de la luz de Cristo resucitado. Se lo pedimos por intercesión de la Virgen María, su Madre y nuestra Madre.



QUE ASÍ SEA