27 de febrero de 2017

I DOMINGO DE CUARESMA


5 DE MARZO DE 2017

      La tentación es algo que todos, en un momento o en otro, todos padecemos frecuentemente, cuando no a diario. La tentación no deja de ser una experiencia dura y en ocasiones muy humillante, porque saca fuera de nosotros, ante los demás las debilidades que a todos nos cuesta reconocer y que nos avergüenza.
            De cómo afrontemos la tentación cada uno de estos momentos, depende, en buena medida, el rumbo de nuestra vida: si cedemos a ella, nuestra existencia poco a poco se va degradando y la conciencia pierde su finura, se va como haciendo cada vez más pesada; en cambio, si superamos la tentación, salimos de ella renovados, fortalecidos, rejuvenecidos.
            Y a todo esto, Dios no nos deja solos ante la tentación: para ayudarnos a hacerle frente, coloca en nuestro interior al Espíritu Santo, el cual ilumina nuestra mente y nos ayuda así a discernir cuál es la mejor forma de proceder; también enciende nuestro corazón y lo fortalece.
            Todos hemos experimentado más de una vez cómo el Espíritu Santo nos ha ayudado a vencer la tentación: La acción del Espíritu está llena de fuerza, pero al mismo tiempo es suave, porque no le va la violencia, no le gusta avasallar, sino que prefiere persuadirnos dulcemente y aconsejarnos con suavidad. Y eso puede hacerlo por lo bien que conoce nuestro corazón: de hecho, lo comprende mejor y más profundamente que nosotros mismos.
            El Espíritu Santo sabe muy bien qué es lo que sentimos los hombres, lo que experimentamos cuando somos tentados. Ahora bien, Él es Dios y por su propia naturaleza no puede ser tentado: Entonces, ¿cómo es capaz de entendernos así de bien, casi como si fuera uno de nosotros?, ¿dónde ha hecho esa experiencia? En el desierto, durante aquellos cuarenta días de los que nos ha hablado el Evangelio de hoy.
            Por supuesto, Él lo sabe todo y lo conoce todo perfectamente desde toda la eternidad. Ahora bien, una cosa es conocer algo intelectualmente, y otra distinta haberlo experimentado carnalmente. Hasta que se hizo hombre, Dios jamás había padecido la tentación. En el desierto la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, la experimentó y el Espíritu Santo, uno a Él desde la eternidad, le acompañó en esta circunstancia de un modo nuevo.
            A veces quizá nos hayamos hecho esta pregunta: ¿Cómo es que Jesús, siendo Hijo de Dios, consintió en ser tentado por el diablo? Yo creo que Jesús lo permitió porque quería que el Espíritu Santo participara de esa experiencia suya; era consciente de que, de esa manera, podría ayudarnos mucho más eficazmente a vencer la tentación.
            Como acabo de decir, seguro que muchas veces hemos experimentado que el Espíritu Santo nos ayuda, desde dentro de nosotros mismos, a vencer la tentación. Pues si puede hacerlo así de bien, tan eficazmente, es gracias a que Jesús pasó por la humillación de ser tentado por el diablo. Demos gracias a nuestro Señor porque por amor a nosotros se dejó tentar por Satanás.



QUE ASÍ SEA