7 de febrero de 2017

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE MANOS UNIDAS


12 DE FEBRERO DE 2017

            Hoy nos encontramos con frases políticamente incorrectas, por aquello de que nos suenan bastante extremistas: “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los cielos”. No sólo son palabras de Jesucristo. Años después, el Apóstol Santiago en su carta llega a escribir algo parecido: “Si uno observa toda la ley, pero falta en un solo precepto, es culpable de todo”. ¿Verdad que resulta demasiado extremista?
            Ambas frases vienen a decirnos que en nuestra relación con Dios no podemos andar con cálculos ni a medias tintas. Tenemos que entregarnos por completo, sin reservarnos nada, con todo el corazón, sin resquicios, sin guardar nada debajo de la alfombra. Toda nuestra persona, todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida, cuanto somos y tenemos… Todo lo debemos poner al servicio del Señor Jesús. Lo contrario sería servir al Señor con un corazón dividido. Así, podemos decir que servimos a Dios, pero que esta parte de mi vida me la reservo; no quiero que Dios entre en esta zona de mi vida y comience a revolver las cosas, a cambiarme la cosas y me desordene mi vida.
            En tiempos de Jesús había muchos contemporáneos suyos, sobre todo fariseos, que tenía el corazón dividido. Tenían más de seiscientos mandatos y estaban siempre ocupados en cumplirlos casi todos. Pero había unos pocos que, por sistema, no cumplían; se tomaban esa licencia. Y eso le dolía profundamente a Jesús. ¿Qué más le da al Señor que cumplamos 600 mandamientos si no le entregamos nuestro corazón?
            Pablo no era de esos. Es verdad que era un fariseo fanático, pero ciertamente no servía a Dios con un corazón dividido. Él mismo lo refiere en la carta a los de Roma: Como fariseo caía muchas veces, pero deseaba servir a Dios con todo su ser, con corazón entero. Por eso era una persona abierta a la gracia de Dios.
            Algo parecido lo podemos ver en Pedro, que servía a Dios con un corazón entero. Tampoco él era, ni mucho menos, perfecto. Cometió errores. Todos recordamos, que uno de ellos, gravísimo. Pero no se reservaba nada, todo lo que era y tenía lo ponía a disposición del Señor. También traemos a nuestra consideración aquella pobre viuda que echó dos moneditas en el templo y de la cual dijo Jesús que había dado más que nadie.
            Al Señor le da igual que demos dos monedas que dos mil: para Él eso no es nada, pues todo cuanto hay en el universo le pertenece. Él no gana nada por lo que yo le pueda dar. Tan sólo hay una cosa que Dios no puede tener si yo no se la entrego: mi corazón. Por eso se alegró tanto Jesús al ver a aquella viuda, porque no estaba dándole dos monedas, sino su corazón.
            Ojalá que también nosotros seamos así. La persona que sirve a Dios con el corazón entero comete muchas faltas, se equivoca, peca. Pero pone todo cuanto es a disposición de Dios: sus ojos, sus oídos, sus manos… No se reserva nada. Que con nuestros defectos y nuestros pecados, también nosotros, como Pablo, Pedro, como aquella pobre viuda, sirvamos a Dios con todo nuestro ser.

QUE ASÍ SEA