22 de febrero de 2017

VIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


26 DE FEBRERO DE 2017


           “Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”. Si recorremos la historia de la Iglesia y la influencia que han tenido estas palabras de Cristo en la humanidad, nos sorprenderíamos por la cantidad de hombres y mujeres que han hecho realidad en sus vidas estas palabras. Y no sólo hace muchos siglos y en personas a miles de kilómetros de aquí. ¡No! Entre los nuestros, los cercanos. A muchos de ellos los consideramos como paisanos y contemporáneos.
            Desde aquellos que en el siglo V se retiraron a monasterios para vivir una vida de retiro y desprendimiento. San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, la Madre Teresa de Calcuta… Un siglo de oro el siglo XX, con Papas Santos y venerables –Pío X, Juan XXIII, Juan Pablo II, Pablo VI-. Gestos impresionantes como Benedicto XVI y su decisión de renuncia para vivir entregado por entero a la oración por la Iglesia. Padres y madres totalmente entregados a su misión. Catequistas con denodada entrega a la formación cristiana. Religiosos y religiosas. Sacerdotes…
            Se cumplen las palabras del Evangelio de hoy: “Buscad el Reino de Dios y su justicia; todo lo demás se os dará por añadidura”. Busquemos al Señor y, sin pretenderlo, haremos grandes cosas aquí en la tierra. En cambio, si lo que buscamos es hacer grandes cosas en la tierra, nos quedaremos sin lo uno ni lo otro. Esta paradoja evangélica es muy verdadera, y la historia de los cristianos en la Iglesia así lo demuestra.
            En este sentido, sería bueno que intentáramos recuperar una idea que para los primeros cristianos era importantísima, pero que nosotros, quizá, tenemos un poco olvidada. Nosotros estamos familiarizados con la idea de que la Iglesia, al igual que la humanidad, son sacramento de Cristo. En cierto modo es así, ya que se trata de una afirmación justa y verdadera. Sin embargo, lo que decían los primeros cristianos es que es Cristo quien es sacramento de la Iglesia y de la humanidad. Es decir, según el cristianismo primitivo, en el cuerpo de Jesús está concentrada sacramentalmente toda la Iglesia y, más aún, la humanidad entera.
            Por eso, según esta manera de pensar, cuando me uno al Señor y mayor es mi entrega, mayor es mi común unión con todos los cristianos de todos los tiempos y con todos los hombres de buena voluntad. Ellos pensaban que si uno de verdad se une a Jesús, antes o después, necesariamente se unirá también a los demás.
            Es imposible que quien está en comunión con el Señor quede aislado, porque el cuerpo de Jesús por su propia naturaleza está misteriosamente abierto a todos. Así podemos pensar que la vida de tantos santos y santas a lo largo de la historia de la Iglesia ilustran muy bien esta verdad que hoy estamos considerando. Creo que sería bueno que nos esforzáramos por recuperar e integrarla, porque haría que nuestra vida fuera más sencilla y también más fecunda.


QUE ASÍ SEA