6 de marzo de 2017

II DOMINGO TIEMPO DE CUARESMA


12 DE MARZO DE 2017

            A lo largo de la Cuaresma vamos repitiendo las mismas características: Ayuno, limosna y oración. Este domingo podemos considerar una de ellas, la oración. El Señor Jesús nos pide que en estos días cuidemos de una manera especial la oración.
            Lo primero que nos damos cuenta es que la oración no siempre es igual. En ocasiones nuestros ratos de oración resultan secas, ásperas, a contrapelo; nos topamos con muchas dificultades; nos sentimos solos y parece como si el Señor se hubiera marchado y olvidado de nosotros.
            Otras veces, en cambio, sucede todo lo contrario y nos parece que estamos siendo protagonistas en la cima del monte Tabor: Allí Jesús se hace muy visible, de forma muy viva, casi podemos notarlo a nuestra lado; la vida de oración en esos momentos se vuelve fácil, gozosa, que nos proporcionar grandes satisfacciones. Nos pasa como le pasó a Pedro: “¡Qué bien se está aquí!”.
            Pero tenemos que tener los ojos bien abiertos para darnos cuenta que si hay momentos en la vida cristiana que se parecen más al ambiente de la Transfiguración allá en lo alto del monte Tabor, es porque ha habido anteriormente temporadas de aridez y secas. Si Dios permite que haya momentos alegres, gozosos, serenos, ha sido gracias a que han estado precedidas por tiempos de mucho desierto.
            En esos períodos duros, difíciles, Dios, sin que nosotros nos demos cuenta, nos va disponiendo, nos va preparando el corazón. Es un poco como la relación que existe entre las dos grandes partes de la Biblia: el AT con el NT. Si alguna vez hemos leído o escuchado textos del AT nos hemos dado cuenta que son áridos, secos, duros; mientras que los textos del NT son más gozosos y más suaves. Pero bien sabemos que sin el AT no hubiera existido el NT; era una preparación necesaria. En el NT Dios se hace presente de forma patente, sensible; se le puede ver, oír y tocar. En el AT, en cambio, a Dios no se le ve. Sin embargo, qué duda cabe de que está sumamente presente; cuanto más lo leemos, más claramente vemos que su protagonista no es Moisés, ni Elías, sino Dios mismo, quien de forma invisible pero bien real, lo va conduciendo todo hacia la Encarnación.
            Realmente podemos pensar que también en nuestra vida de oración existen momentos de AT. Esas épocas áridas, más secas, en las que todo parece que se nos pone cuesta arriba, no son una pérdida de tiempo, igual que no lo fueron los siglos que precedieron a la Encarnación. Nos puede parecer que el Señor se ha ausentado, pero en realidad está sumamente presente, disponiéndonos y preparándonos para los dones que nos tiene reservados.
            Pedro, Santiago y Juan, para poder ver a Jesús transfigurado, tuvieron que escalar el monte. Para nosotros el monte es esa oración de aridez, severa, en la que parece que Dios se ha ausentado. Pues por la intercesión de estos tres predilectos del Señor y la de María, la reina de los Apóstoles, pidamos al Señor que haga de nosotros personas perseverantes en la oración.


QUE ASÍ SEA