16 de marzo de 2017

III DOMINGO TIEMPO CUARESMA



19 DE MARZO DE 2017

            Un pasaje largo del Evangelio, donde Jesús se encuentra con una mujer samaritana en el pozo que Jacob dio a sus hijos para abrevar al ganado. Ya el escuchar el Evangelio es una homilía en sí misma. Pero podemos descubrir, brevemente, algún punto de reflexión. Y este punto puede seguir siendo la oración.
            La oración es el punto de soporte fundamental para la vida cristiana. Sin oración no somos nada, porque no nos relacionamos con nadie. La oración es para la vida cristiana, lo que últimamente es para los hombres las redes sociales y la palabra. Sabemos utilizar las redes sociales de Internet, manejamos el móvil de última generación, pero nos seguimos preguntando cómo rezar. Pues la respuesta es bien fácil: La oración personal, el trata íntimo con Dios es hacer lo que hizo la samaritana. Ni más ni menos. Es hablar con Jesucristo con sinceridad, con naturalidad. Leemos el libro de instrucciones de ese móvil que tenemos en las manos, pero seguimos preguntando de qué voy hablar con Jesús. La respuesta nos la da la misma samaritana: De lo que llevamos dentro: Ilusiones, esperanzas, preocupaciones, inquietudes, tristezas, alegrías…
            Sí es verdad que aquella mujer, sorprendida porque un judío se dirigiera a ella, comenzó la conversación de una manera frívola, sin ninguna profundidad ni seriedad. Muy superficial. Pero Jesús, que ya conocía su pasado, su historia y el fondo de su corazón, se encarga de ir profundizando hasta llegar a la raíz del alma atormentada de aquella mujer. Esto nos enseña que no hemos de preocuparnos porque lo que le digamos al Señor nos parezca muy poco profundo o superficial. Porque Jesús ya se encargará que la conversación se haga más trascendente e interesante.
            El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el espíritu santo que se nos ha dado”, hemos oído de San Pablo. Desde el momento de nuestro Bautismo, el Espíritu Santo entró en nosotros. Y desde ese instante Él ha sido y es nuestro timón que guía nuestra vida. Él pone en nuestros corazones las inspiraciones, las insinuaciones, las mociones necesarias para el trato con Dios. Es esta una invitación a que miremos en el fondo de nuestra alma para encontrar allí esa ayuda y la orientación del Espíritu Santo para nuestra vida.
            Estar en gracia de Dios, se parece a una llama de fuego, delicada que se va apagando poco a poco si no se alimenta. Este alimento se recibe con la oración personal frecuente, cuando no a diario. De tal manera que cuando no se reza, se va olvidando la presencia del Espíritu Santo en nuestro interior. Sin embargo, cuando se hace oración, el soplo del Espíritu Santo llega hasta dentro y se vuelve a prender el fuego del Espíritu.
            Y, por último, lo hemos escuchado de Jesucristo: “El que beba del agua que yo le daré…” En esto consiste la oración, en beber del agua. Son los momentos en que brota en nosotros el agua del manantial. La vida se vuelve clara, viva, luminosa, sencilla. Cuando construimos el entorno de la oración, nos resulta muy fácil encontrar a Dios en todo lo que hacemos, porque su presencia es más intensa. Dios cambia nuestra vida, cuando cada uno de nosotros nos hacer personas que perseveramos en la oración.

QUE ASÍ SEA