28 de marzo de 2017

V DOMINGO DE CUARESMA


2 DE ABRIL DE 2017

            Al hilo del Evangelio que acabamos de escuchar, os invito a que en estos minutos consideremos con toda serenidad un tema que con sólo oírlo ya nos da grima: “La resurrección de los muertos”. Es el mensaje central de la predicación de Cristo y uno de los temas que crearon mayor polémica. Entonces, más adelante y ahora: Es el motivo de enfrentamiento entre los cristianos y el mundo que nos rodea. Al mismo San Pablo, en el areópago de Atenas unos años después de la resurrección de Cristo y de su misma conversión, tuvo que oír esta frase: “Sobre esto ya te oiremos otra vez”.
            Errores y graves afirmaciones –siempre falsas- sobre lo que nos espera después de la muerte, se han ido sucediendo una tras otra. Siempre nos han acompañado. Por eso, hay quienes afirman que el cuerpo es el gran enemigo del alma; el cuerpo es el que provoca los pecados; es, por tanto, el gran impedimento para que el alma pueda gozar de una gran libertad. Han venido a decir que el cuerpo es el elemento sucio que contamina el alma.
            Sin embargo, los que formamos parte de la Iglesia, sabemos que cuando cometemos un pecado lo cometemos sin que haya división entre el cuerpo y el alma. Los que pecamos somos “nosotros”, no una parte de “nosotros”. Sería tan absurdo como decir que Cristo ha venido a salvar sólo una parte de “nosotros”, o bien el alma o bien el cuerpo. La afirmación sigue siendo la misma: “Ha venido a poner a nuestro alcance la salvación; ha venido a salvarnos”. De ahí, que también el cuerpo vivirá para siempre. Estas son las palabras de Cristo: “En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.
            Dos momentos distintos en la historia, donde vemos que el hombre se dispone a comer algo que le afectará de modo distinto. La primera vez fue en el paraíso, cuando nuestros primeros padres comieron del fruto que Dios les prohibió comer. Cuando hicieron lo contrario no sucedió nada, todo seguía igual. Pero junto con el fruto entró en ellos la muerte, de tal manera que años después murieron y a partir de entonces a todos nos llega ese momento. El segundo momento es cuando nos acercamos a comulgar el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Al principio, cuando comulgamos parece como si no pasara nada, nuestro cuerpo sigue igual; pero en realidad ha penetrado en nosotros una vida nueva, una vida sobrenatural y, cuando llegue el momento fijado por el Señor, esa vida que ahora está oculta se manifestará con todo su esplendor.
            No da igual mirar un cuerpo por los ojos de los hombres, que mirar el mismo cuerpo con los ojos de Dios. Ya lo pudimos considerar el domingo pasado: Una semilla que está aguardando el momento oportuno para florecer es lo que ha entrado en nuestro cuerpo.
            Y, por último, consideremos la presencia en nuestro pueblo del cementerio. No me refiero en ningún momento a los que son incinerados y esparcidas sus cenizas en cualquier sitio. Esto, os recuerdo, que la Iglesia no lo acepta, por que supone un desprecio a la creencia sobre la resurrección de los muertos, un repeler la esperanza en que un día vamos a resucitar también en cuerpo glorioso, como Jesucristo. El cementerio es un lugar santo, donde reposan los restos mortales de nuestros difuntos y donde, un día, reposarán los nuestros. Visto desde Dios, el cementerio es el lugar donde vemos a Dios y a sus ángeles guardando con muchísima delicadeza los cuerpos de nuestros difuntos, de todos los allí enterrados, porque no están muertos; están como dormidos, esperando hasta que Dios mismo los llame a su eternidad y los haga despertar.
            Renovemos nuestra esperanza en la resurrección futura, sabiendo que cada uno de nosotros hemos sido llamados a la vida eterna y esa será nuestra meta definitiva, que debemos de alcanzar.


QUE ASÍ SEA