3 de abril de 2017

DOMINGO DE RESURRECCIÓN


16 DE ABRIL DE 2017

            Después del camino recorrido desde el miércoles de ceniza, a través del Jueves y Viernes Santo, un mismo camino de conversión y escucha, ha llegado el momento de encontrarnos con el Resucitado. Cristo ha resucitado y nosotros nos encontramos con Él.
            Como quien sale de una pesadilla inacabable y pertinaz, como quien sale de un callejón oscuro y tenebroso, como quien termina su exilio alejado de aquellos a los que ama con locura, como quien termina con una pena, como quien cumple con sus días en una prisión.
            Siempre vemos que nuestros caminos son angostos y nuestros pasos pesados…, vemos como castigos divinos muchos de nuestros acontecimientos que los hacen inhumanos…, los tropiezos de cada día nos parecen insuperables y tenemos la tentación de quedarnos sentados y tirando la toalla al suelo… Pues todo esto, hoy, pierde su pesar porque Cristo ha resucitado, Jesús ha vencido.
            Ni la enfermedad, ni el dolor, ni la oscuridad, ni la tristeza, ni la persecución, ni la espada…, ni la mismísima muerte tendrán ya la última palabra.
            Cristo ha querido sufrir en sus propias carnes lo que nosotros estamos habituados a ver en nuestros familiares y amigos, como es la muerte…, pero para darnos como regalo más inesperado y más inmerecido lo que menos nuestro era: su propia resurrección. Ha cambiado lo que es corriente en nuestra vida, por lo que es normal en Dios, vivir, vivir para siempre.
            La puerta está abierta y el sendero limpio y despejado. Sólo basta que nuestra libertad se mueva y secunde su primordial iniciativa, la de Dios, la de su Amor.
            Sí. No me canso de repetirlo. Cristo ha resucitado y la luz ha vuelto a entrar en nuestro mundo víctima de las tinieblas de todos los viernes santos de la historia. La vida ha irrumpido en todos los rincones de muerte.
            Que nuestra libertad se mueva. Cristo nos invita, nos propone a que seamos testigos de su paso entre nosotros, de su Pascua. El paso definitivo de la muerte a la vida. Testigos de la resurrección de Cristo. Pero, ¿qué debemos testificar? Sencillamente: Que la luz vence a la sombra, que la paz acaba con la guerra, que el amor con el odio, que la generosidad con la crisis. Y todo esto, porque simplemente, Cristo ha resucitado. Todos los enemigos del hombre, incluyendo la muerte, no tienen ya en nuestra tierra la última palabra. Poco o nada tienen ya que decir mientras nosotros no le demos la palabra.
            Hoy, domingo de resurrección, al igual que aquel grupo de mujeres con coraje que se acercan hasta el sitio donde fue colocado el cuerpo maltrecho de Jesús, acudamos también nosotros a ese sepulcro personal, a ese que tantas veces hemos dado sepultura a nuestras esperanzas y a nuestras alegría, circunstancias donde no hemos vivido de fe, donde hemos dejado que entre el odio y la crítica, en lugar del amor…, a ese lugar que cada uno conoce y que siempre volvemos para comprobar si realmente se ha enterrado bien. Y allí veamos cómo Dios quiere resucitarnos, quiere quitar las losas que tapan la vida y la esperanza, para susurrar en nosotros y entre nosotros una palabra de vida, sin fin, verdadera.
            Vamos a llenarnos de Luz y de alegría, porque Cristo, el sentido de nuestra vida, ha resucitado.


QUE ASÍ SEA