17 de abril de 2017

II DOMINGO DE PASCUA

23 DE ABRIL DE 2017
           
    “Perseveraban todos en las instrucciones de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración”. Es una fotografía instantánea de la vida de la primitiva comunidad cristiana. Cuando uno lee este resumen, sabe al momento cómo hemos de vivir hoy los cristianos: Meditamos sobre la doctrina de la fe hasta que la hacemos propia en la vida; nos encontramos con Cristo en la Eucaristía dominical y diaria; conversamos en la intimidad, cara a cara, con Dios en la oración.
            Si en la vida de un cristiano, o de una parroquia faltara estos elementos esenciales, nos veríamos y veríamos a los demás sabiendo muchas cosas, con una reflexión muy erudita y teórica, pero sin nada de vitalidad; estaríamos siempre ocupados en actividades más o menos intensas, pero sin que nos conduzcan a alguna parte; y, sobre todo, con devociones y prácticas piadosas que sirvan más para rellenar un informe que para llenar una vida. Muchas cosas, pero no habrá compenetración con Cristo, una participación real y vivida en la obra divina de la salvación.
            Cuando miramos a gente de nuestra parroquia, podemos caer en el peligro de pensar que, efectivamente, hay cristianos de primera división y cristianos de segunda clase. Incluso, nosotros mismos nos situamos entre estos últimos, porque sólo nos exigimos una versión rebajada y relajada de lo que nos dice el Evangelio cada domingo. Y nos olvidamos que todos hemos recibido el mismo Bautismo. En la Iglesia, el Espíritu Santo suscita diversos caminos, diversos carismas, formas distintas de vivir la vida cristiana; pero el mismo Espíritu que distribuye los dones divinos, nos transmite una misma fe, una misma esperanza y una misma caridad.
            En este segundo domingo de Pascua, celebramos el Domingo de la Misericordia del Señor, devoción transmitida y extendida por el que desde hoy es llamado San Juan Pablo II, Magno –añado yo-. Cristo se presentó en aquella habitación oscura y cerrada a cal y canto, donde estaban los apóstoles para enseñar las heridas gloriosa de la misericordia del Señor, de Dios Padre que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único”. Una fiesta que viene a remediar y a curar, como el antídoto ante el veneno,  a un mundo y a una sociedad que sigue estando dominada por el egoísmo y por el miedo. Una sociedad que tiene necesidad de acogerse a la divina misericordia, a repetir una y mil veces: “Jesús, confío en ti”.
            En este segundo domingo de Pascua, donde se nos presenta dos nuevos modelos a seguir, hijos de nuestro tiempo –San Juan XXIII y San Juan Pablo II-, viene Dios Padre a decirnos que cada uno de nosotros hemos sido llamados a ser sus “cristos”, marcados con el sello del Espíritu Santo. Todo lo que se ha realizado en nosotros es imagen de lo que se realizó en Cristo, ya que somos su imagen.
            Cristo fue crucificado, sepultado y resucitado. Por el Bautismo hemos sido admitidos a participar simbólicamente en su cruz, sepultura y resurrección. Hemos sido ungido con el crisma de la salvación en la frente, el día de nuestro bautismo, para ser liberados de la vergüenza del primer Adán y poder contemplar con el rostro descubierto, como en un espejo, la gloria de Cristo.
            Todo lo que hemos contemplado en las lecturas fue dispuesto por Dios: Las dudas de Tomás, su confesión de fe… Creyó con todo lo que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosas que escapa a nuestra mirada. Hoy es el domingo, día de la fe. Es el día por excelencia, que en la Misa Dominical confesamos y proclamamos junto los artículos de fe, el Credo. Así ponemos de manifiesto el carácter bautismal y pascual. Es el día en que renovamos nuestra adhesión a Cristo y al Evangelio. Es el día en que acogemos la Palabra y recibimos el Cuerpo del Señor.


QUE ASÍ SEA