27 de abril de 2017

III DOMINGO DE PASCUA


30 DE ABRIL DE 2017
           
            Seguimos manteniendo el mismo titular en la cabecera de toda homilía: “Jesús ha resucitado”. Y añadimos que Jesús está vivo realmente, físicamente, materialmente. Sin embargo, no resulta tan fácil percibir su presencia. A menudo nos sucede como a los protagonistas del evangelio de este domingo, a los dos discípulos naturales de Emaús. Le tenían al lado, pero no se daban cuenta de que era Él.
            Es un momento oportuno para hacer algunas preguntas: ¿Qué debemos hacer para aprender a descubrir la presencia del Señor, para saber dónde se encuentra? Para poder responder a esta como a otras preguntas, el Evangelio de hoy nos da algunas indicaciones.
            “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Este puede ser la primera indicación. Nos encontramos junto a una persona. Sus palabras y su presencia nos encienden el corazón. Nos ayuda a entender cosas que antes nos dejaban sorprendidos. Nos da fuerzas para seguir adelante. Pues si sentimos esto, si experimentamos lo mismo que los discípulos de Emaús, eso es un indicio de que aquí está Jesús.
            Hay también una segunda indicación que nos ofrece el evangelio de hoy. El texto termina con las siguientes palabras: “Ellos contaron lo que les había pasado y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Esto recuerda el Evangelio de la semana pasada, el de la incredulidad de Tomás. Escuchábamos entonces la frasee siguiente: “Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús”. Pienso que ése fue su fallo. Tomás se apartó del resto de los apóstoles y prefirió ir por libre. Probablemente estaba cansado de sus compañeros, con sus cobardías y sus miedos. Por lo que sea, se apartó de ellos.
            Pero cuando uno se aleja de la Iglesia, pierde sensibilidad para detectar la presencia del Señor. Jesús está en medio de nosotros, pero para descubrirle hay que tener el oído fino. Cuando nos apartamos de la comunidad y vamos por libre, nos sucede cómo a Tomás. Nos volvemos duros de oído. Nos cuesta muchísimo descubrir la presencia del Señor en nuestra vida cotidiana.
            Por eso es tan importante la participación en la Eucaristía de los domingos. El que alguien no vaya a misa no significa que no tenga fe. Todos conocemos a personas que no frecuentan la Eucaristía y que sin embargo creen. Pero la experiencia enseña que, por lo general, cuando uno deja de participar en la eucaristía dominical, le sucede cómo a Tomás. Por así decirlo, se va volviendo duro de oído. Va perdiendo sensibilidad para descubrir la presencia de Jesús en su vida.
            “Lo reconocieron al partir el pan”. Que cada vez amemos más la santa misa y que la hagamos amar. Es en ella donde aprendemos a reconocer a Jesús. Se lo pedimos al Señor por intercesión de la Virgen María y de San José, nuestro Padre y Señor.

QUE ASÍ SEA