3 de abril de 2017

VIERNES SANTO


14 DE ABRIL DE 2017

         Ayer nos quedamos con la miel en los labios, saboreando estas palabras de la Escritura: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los suyos”. Pero hoy celebramos de lleno la confirmación de estas palabras cuando nos acerquemos a venerar la cruz.
         Ante el Sagrario, parte de esta noche y de madrugada, hemos contemplado serenamente el empeño y, casi lo consiguen, por parte de los judíos que estuvieron ausentes el domingo de Ramos y en los momentos más íntimos de estos últimos días de Jesús, de eliminar a Jesús, de que la memoria del Nazareno fuera sólo una memoria maldita en el corazón de su pueblo.
         Y continúan los contrastes, sumamos uno nuevo que nos suena a muy actual. La malicia humana y el Amor de Dios.
         Dios ha entrado en la Ciudad Santa de Jerusalén para una entrega, para un sacrificio, para salvar al hombre del poder del pecado y de la muerte. Dios mismo, Personal y que interviene en la historia de cada uno de nosotros, ha pagado el precio con la sangre de su Hijo para rescatarnos del poder de Satanás, a nosotros y al mundo entero. Y lo ha hecho por medio del sufrimiento, del dolor inmenso que alcanza todas las fronteras del misterio.
         Hoy podemos ver, quizás con más claridad, la diferencia entre aquel árbol del paraíso, el de la ciencia del bien y del mal, a cuyos pies se produjo la gran desobediencia y por la que entró en el mundo el pecado, el dolor y la muerte, y el árbol de la Cruz. Cristo clavado en ella, María abrazada a sus pies. Allí se produjo la gran obediencia y mató a la muerte y nos abrió las puertas de la Vida Eterna.
         Bien lo sabemos todos. El amor es sufrido. Después de contemplar este gran misterio del Viernes Santo, ¿quién de nosotros se sentirá con derecho a quejarse cuando contemple estos atroces sufrimientos de Nuestro Señor, en nuestras propias vidas? ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, o hacer alguna acción heroica, mientras una cámara de vídeo graba aquella acción, para después ser vista por millares de espectadores, y que no saben, que no sabemos, sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!
         ¡Ante el misterio de la Cruz, hemos de decirle al Señor que seamos sufridos, que sepamos renunciar, aún con dolor, a las tentaciones del amor propio, de la sensualidad, del hedonismo, del disfrute si más, del consumir para estar a la moda!
         Y cuando advirtamos que nuestro comportamiento cristiano “choca” en el ambiente en que me desenvuelvo, no ponerme a la cola de la última opinión lanzada por el líder de turno.
         Tal vez no podamos solucionar ciertos contratiempos, pero sí podemos no torturarnos con ellos. Podemos buscar con serenidad una solución, no un motivo más de amargura y, sobre todo, podemos ver en ellos la Cruz que nos asocia a la obra redentora de Jesucristo.
         ¡Cuántas cosas que nos hacen sufrir se soportarían mejor si no dudáramos de que el Corazón del Señor sufre con el nuestro!


QUE ASÍ SEA