30 de mayo de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS


4 DE JUNIO DE 2017
           
            A los cincuenta días de la Resurrección de Cristo, estando reunidos en el cenáculo los Apóstoles, un primer grupo de discípulos y la Virgen María, fueron ungidos por el Espíritu Santo; igual que nos unge a nosotros el día de nuestro bautismo. Desde ese día, el Espíritu Santo habita en lo más profundo de nuestro corazón; desde allí, con sus inspiraciones, insinuaciones y mociones, dirige y guía nuestra vida. Esta acción del Espíritu es suave y dulce, pero al mismo tiempo es también sumamente exigente, porque constantemente nos impulsa a ir más allá de nosotros mismos.
            Con frecuencia, el Espíritu Santo pide de nosotros comportamientos que no concuerdan con nuestra forma de ser. Fue lo que sucedió, por ejemplo, al profeta Jeremías: Era una persona introvertida, incluso tímida; en cambio, el Espíritu de Dios le ordenó que se presentara ante el rey y ante todo el pueblo y pronunciara palabras durísimas. Jeremías venció la resistencia interior que sentía y, a pesar de todo, obedeció al mandato divino.
            Otras veces lo que nos pide el Espíritu Santo choca con nuestro ambiente, con lo que la gente de nuestro alrededor espera de nosotros. Fue, por ejemplo, lo que le pasó a San Pedro. En su ambiente muchos pensaban que sólo los judíos podían formar parte de la Iglesia; el propio San Pedro participaba de esa convicción. Sin embargo, algunos empezaron a decir que los paganos podían ser miembros de la Iglesia, también a ellos se les podía bautizar.
            Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, comprendió que quienes proponían esta novedad tenían razón: Aquello chocaba con lo que siempre había pensado y también con la opinión general; sin embargo, Pedro fue dócil al Espíritu Santo que le hablaba desde su corazón y empezó a bautizar a personas no judías. Como era de esperar, aquello le ocasionó tensiones y enfrentamientos.
            Hemos escuchado en la primera lectura cómo el día de Pentecostés se unieron partos, medos, elamitas; otros que vivían en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; otros eran romanos, otros judíos, otros árabes. ¿Cómo fue posible la unión entre personas tan diversas? Si hubieran hecho lo que concordaba en su forma de ser, nunca se hubieran unido, porque seguro que eran de caracteres muy diferentes; si hubieran actuado según lo que de ellos se esperaba en su ambiente propio, tampoco se hubieran unido jamás, porque procedían de culturas muy distintas. Pero aquellos primeros cristianos no obraron según su forma de ser o según el ambiente y la cultura propios, sino según el Espíritu Santo: Por eso fueron uno.
            Ojalá el Espíritu Santo haga que estemos tan unidos como lo estaban aquellos primeros hermanos nuestros. Se lo pedimos al Señor por intercesión de María, la Madre de Jesús.



QUE ASÍ SEA