6 de junio de 2017

DOMINGO CORPUS CHRISTI

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18 DE JUNIO DE 2017

            Estamos celebrando una de las solemnidades más impresionantes en la vida del cristiano: Cristo presente en el Santísimo Sacramento del Altar, para que nos atrevamos a tratarlo, para que sea nuestro sustento, con el fin de que nos hagamos una sola cosa con Él. La Solemnidad del Corpus Christi.
            Es la presencia real por antonomasia de Jesucristo, Dios y hombre, entero e íntegro. La Iglesia nunca ha dudado lo más mínimo cuando ha afirmado que por la consagración del pan y del vino se realiza toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Todos los hombres y mujeres, a lo largo del historia de la Iglesia, nos han enseñado con su palabra y con sus obras que no podemos ver en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el mismo Cristo nos ha dicho con toda claridad que son su Cuerpo y su Sangre. Que la fe nos lo asegura así, aunque los sentidos nos pueda sugerir todo lo contrario.
            Ante este gran misterio que estamos celebrando, el gran misterio de la Eucaristía, ante todo, debemos de celebrarlo extraordinariamente bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro del a vida cristiana y que cada comunidad, cada parroquia, cada sacerdote, cada uno de nosotros, haga lo posible por celebrarla lo más decorosamente posible. Ya sabemos que las críticas nos van a llover torrencialmente. Pero si lo hacemos en la vida humana, ¡cuánto más con Jesucristo! Con nuestra actitud y cuidados, tenemos que fomentar en todo acto eucarístico, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los movimientos y todo el modo de comportarse. Así expresamos la mejor manera de expresar con mucho respeto la presencia de Cristo en el sagrario, que ha de ser como un polo de atracción. Porque así demostraremos que somos almas enamoradas de Cristo Sacramentado.
            Cristo llegó a decir que sin Él, ninguno de nosotros llegaríamos a hacer algo. Cuando afirmó esto no quiso condenar a la ineficacia cualquier cosas que hiciéramos, ni nos obligó a buscar de manera afanosa y llenos de dificultades su Persona. No. Se ha quedado entre nosotros con una disponibilidad total. Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santa Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva que viene a nosotros y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios.
            Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perpetuamente en la casa del cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo las especies del pan y del vino.
            Es impresionante, nuevamente, oír lo que el pueblo israelita llegó a decir: "No hay ni ha habido nunca una nación que tenga a sus dioses tan cerca de sí como nuestro Dios lo está de nosotros". El Hijo único de Dios, que se hizo hombre, todo lo que tomó de nosotros lo puso al servicio de nuestra salvación.
            No existe verdaderamente nada más útil para nuestra salvación que este sacramento en que se purifica los pecados, aumentan las virtudes y se encuentra la abundancia de todos los dones espirituales. Se ofrece en la Iglesia en provecho de todos, vivos y muertos, porque fue instituido para la salvación de todos los hombres. Nadie es capaz de expresar como conviene el sabor de este sacramento cuya dulzura espiritual se gusta en la misma fuente.
            "El que come vivirá por mí". Así Cristo es el manjar de los grandes: Creceremos y nos alimentaremos, sin que por eso Cristo se rebaje a lo nuestro; sino que cada uno nos vamos transformando en Cristo. No es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que, gracias a Él, acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a Él; nos atrae hacia sí.
            Podemos terminar con las mismas palabras del Apóstol San Pablo: "Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable".


QUE ASÍ SEA