19 de junio de 2017

LA FORJA DE LA ORACIÓN

CARÁCTER FORJADO EN LA ORACIÓN


Debajo de un aspecto apacible y bondadoso, se hallaba un sacerdote con coraje. No era mera apariencia, ni una táctica para llevar a cabo una misión encomendada; era su forma de ser natural. Bueno en todo su aspecto, forjado en el coraje de la oración.

Don Guillermo Huertas Palma, sacerdote llamado por Dios a sus 55 aniversario de ordenación sacerdotal, para seguir siendo sacerdote para siempre, eternamente celebrando la Eucaristía en el cielo, en el mejor Altar que Dios nos ha preparado para los sacerdotes.

Lo conocí con catorce o quince años, ayudé infinidades de veces en sus misas, me perdonó los pecados con una precisa recomendación a mejorar para ser mejor cristiano, hasta me elevó mi autoestima en mi nula cualidad de canto dejándome participar en el coro parroquial. Siempre me impresionó su piedad, devoción y sencillas homilías. Le veía siempre en un segundo plano, pero con energía para saber enseñar desde el ejemplo. Con esta imagen en mi mente, con esta estampa serena en mi corazón, me hizo sentir siempre comprendido y son esas personas que te ganan el corazón. Más tarde me di cuenta, cuando ya era sacerdote, que su carácter interior, se fue forjando en la oración en un cuarto escondido, en un rincón de una capilla, con un sencillo rosario en las manos. No perdió nunca la oración.

Paciencia y coraje. Ese coraje apostólico que nace de la oración personal y litúrgica. Esa oración que lleva a pelear con Dios intercediendo a favor de sus feligreses de Baena y de todas las parroquias por donde pasó, de su gente. Un coraje apostólico que le urgía a que ninguna alma fuera arrebatada por el pecado. Fijo a su hora en el confesionario. Ese coraje apostólico que tuvo que ver con su relación familiar con Dios y con la Santísima Virgen de Guadalupe, cuya bandera le ha seguido hasta su féretro, cubriendo esos pies inquietos que le conducía por la oración y le llevaba a todos los rincones de los corazones de su gente. Coraje apostólico que le llevaba a molestar a Dios, como aquel amigo inoportuno que fue de noche cerrada a pedir un poco de sustento para unos invitados inesperados. Cuando estaba sano de cuerpo, intercedía por todos los que se acercaban a él para rogarle sus oraciones ante el altar, donde negociaba con Dios por los demás; cuando la salud se resquebrajó, encomendaba sus dolores y fatigas para seguir negociando con Dios por la salvación y la conversión de su gente. Ese coraje apostólico que le llevaba a ser un “caradura”, un no tener vergüenza para pedirle a Dios por los que se aman.


Infinidades de cualidades se podían decir. Me limito a entronizar con estas palabras, para que sea la Santísima Virgen quien siga escribiendo este artículo hablando bien de Don Guillermo delante del Trono Celestial. Ahora pido a la Santísima Virgen de Guadalupe que sea Ella quien siga recogiendo tantas y tantas jaculatorias que fueron directas a su Inmaculado Corazón. Fue un sacerdote con un corazón hecho y forjado en la oración para interceder por todos. Siempre lo traté de usted, por respeto y cariño. Hoy, como mi intercesor en el cielo, “te digo: Guillermo sigue intercediendo por los que quisiste en la tierra y háblale bien a la Santísima Virgen de Guadalupe de mi y de los míos. Sacerdote para siempre. Descansa en paz como siervo fiel que solo ha hecho lo mandado por Dios. Gracias.