21 de enero de 2017

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO CANDELARIA


2 DE FEBRERO DE 2017

        En el Antiguo Testamento, a diferencia de lo que sucede en el Nuevo Testamento, Dios no aparece de forma visible: no se le puede tocar, no se le puede ver… Pero al mismo tiempo, está sumamente presente: el protagonista de la historia de Israel no es ni Moisés, ni David, ni Isaías, sino el Señor.
            El Evangelio de este domingo, interrumpiendo los domingos del Tiempo Ordinario, nos narra el encuentro de los dos compañeros de camino. Dios y su Pueblo Israel han caminado el uno junto al otro durante más de dos mil años. Han pasado por mucho los dos juntos. Hoy, después de todo ese recorrido el uno al lado del otro, por fin se encuentran cara a cara, se ven el uno al otro físicamente.
            Ese encuentro ya había sido anunciado anteriormente por los profetas. La profecía predecía incluso que tendría lugar en el Templo de Jerusalén. En la primera lectura hemos escuchado estas palabras de Malaquías: “De pronto, entrará en el santuario del Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis”.
            Estas eran las palabras de la antigua profecía. Pero fijémonos de qué modo tan sencillo y poco llamativo se cumplen. Entran en el Templo un joven matrimonio con su hijo primogénito, como tantos otros matrimonios que iban con su hijo para cumplir con la ley. La pareja es de condición más bien humilde. Se acerca a ellos un anciano, toma en brazos al niño y luego bendice a los padres. Después viene una mujer ancianísima, que –pensaríamos- seguramente no tiene otra cosa mejor que hacer que pasarse todo el día en el Templo, y empieza a hablar del niño a un grupito que se ha formado en torno. La escena no tiene nada de grandioso, no resulta especialmente impresionante. En cambio, fijémonos en cómo la describe el profeta Malaquías: “Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: será como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de leví, y presentará al Señor la ofrenda como es debido”.
            Y ese grupito de personas que se ha formado en torno a la escena, y que aparentemente no son más que unos pocos curiosos, nos dice San Lucas que en realidad son “los que aguardaban la liberación de Jerusalén”, es decir, son el verdadero Israel.
            ¡Qué distintas son las cosas vistas con los ojos de Dios! A menudo nuestra existencia nos puede parecer gris, anodina. Pero si el Señor levantara el velo, si aunque sólo por un instante nos mostrara cómo es en realidad a sus ojos un día cualquiera de nuestra vida, nos quedaríamos asombrados y quizá también un poco asustados. Pues eso lo que le pedimos al Señor: que nos vaya revelando cómo es en realidad nuestra vida vista con sus ojos. Se lo pedimos a Jesús por intercesión de la Virgen María y de San José, que hoy comenzamos el ejercicio de los siete domingos.


QUE ASÍ SEA

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


5 DE FEBRERO DE 2017


           “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. Muchos de los que estáis aquí presentes os acordáis de cómo iniciamos la Vigilia Pascual el Sábado Santo por la noche: Se enciende el cirio pascual nuevo y cuando el sacerdote avanza por el pasillo central, cada uno va cogiendo la luz del cirio; se la va pasando a otros, y estos a otros hasta que, en muy poco tiempo, toda la iglesia, que estaba a oscuras, queda iluminada. Este rito representa muy bien el modo en que se transmite la luz de Cristo resucitado.
            Jesús vino al mundo para propagar su Evangelio por toda la tierra. Para lograrlo, no se puso a escribir un libro, ni a hacer otra cosa parecida. Cuando las personas queremos extender un mensaje o una idea, lo primero que pensamos en ponerlo por escrito, o bien en un libro o en algún twitter o en algún medio en las redes sociales, para después lanzarlo a los cuatro puntos cardinales.
            Jesús no hizo eso, no escribió nada. Él, que ha creado al hombre, conoce perfectamente su corazón y sabe que lo que de verdad conmueve a sus criaturas no son las palabras ni los argumentos fáciles. Por eso, para propagar su Evangelio hizo algo muy distinto: Envió testigos. Llamó a Pedro, Santiago, Juan y a los demás apóstoles para que fueran sus testigos por todo el mundo.
            La experiencia de encontrarse con un testigo de Jesús es muy especial. Es como si por fin se encontrara lo que durante mucho tiempo hemos buscado a oscuras, lo que teníamos dentro pero no nos venía las palabras a la boca. Es lo que sintió Timoteo cuando conoció a Pablo, o a San Policarpo cuando conoció a Juan. Es lo que hemos experimentado tantos y tantos de nosotros cuando hemos entrado en contacto con los que nos han predicado y nos han servido de testigos de la fe.
            Los que fueron evangelizados se convirtieron a su vez en evangelizadores. Lo que habían experimentado cuando conocieron a los discípulos, lo sentían ahora quienes entraban en contacto con ellos. Por ejemplo, es lo que sintió Ireneo cuando conoció a Policarpo, lo mismo que este cuando conoció al apóstol San Juan. Ireneo llegó a ser obispo de Lyon y debía su fe a Policarpo. En torno al año 200, siendo ya anciano, el Obispo escribió una carta a un amigo en la que le decía: “Yo me acuerdo más de los hechos de antes que de los recientes. Lo que se aprende de niño va creciendo con el alma y se va haciendo uno con ella. Tanto que puedo incluso decir el sitio en que el bienaventurado Policarpo dialogaba sentado, así como sus salidas y sus entradas, la índole de su vida y el aspecto de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus relaciones con Juan y con los demás que habían visto al Señor y cómo recordaba las palabras de unos y otros”.
            Podemos pensar que el significado del rito con el que empezamos la Vigilia Pascual, es esto mismo que acabamos de escuchar de los primeros cristianos. Representa el modo en que ha ido transmitiéndose la luz de Cristo hasta el día de hoy, de persona a persona, de testigo a testigo.
            Que también a través de nosotros siga transmitiéndose la llama de la luz de Cristo resucitado. Se lo pedimos por intercesión de la Virgen María, su Madre y nuestra Madre.



QUE ASÍ SEA

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


29 DE ENERO DE 2017

         Si quisiéramos buscar alguna página en la Biblia, que nos llamara tanto la atención que la única actitud fuera de guardar silencio y meditarla en profundidad, sin lugar a dudas es la que acabamos de escuchar. Las Bienaventuranzas. Son las mejores declaraciones hechas por Jesús en vida terrena, y ante las que tenemos que meditar en nuestro interior, permitiendo que estas palabras declaradas por Cristo resuenen en nuestro interior y despierten lo que Jesús quiere decirnos.
         Dos mil años antes, la voz de Dios resonó con fuerza en lo alto de un monte y Moisés como único testigo, cuando les fueron entregados los mandamientos. Es la misma voz, dos mil años después la que se hace oír con toda la autoridad y plenitud en un monte. La misma fuerza que hoy le damos desde este altar a todos los que celebramos la Eucaristía.
         Es la carta magna, la constitución del cristianismo y de la Iglesia. El espíritu que aparece en cada uno de los enunciados traza la figura y el perfil que debemos tener todos los cristianos. Jesús hace una alabanza a la sobriedad, la dulzura, la solidaridad, la sencillez de corazón, el dolor soportado con entereza, el hambre de justicia, la paz…, asegurando también que no le faltarán las críticas y la oposición, a veces hasta crueles, a quienes hagan suyas esta enseñanza. Pero con todo, la recompensa será muy grande en el cielo.
         Pero, ¿qué nos dicen estas bienaventuranzas? En resumen, que los bienes del espíritu están muy por encima de los bienes materiales; que sanos y enfermos, ricos y pobres, poderosos y débiles, los que mandan y los que obedecen…, ¡todos! ¡Todos son invitados, por encima de las circunstancias secundarias que más o menos nos pueden embellecer, a la dicha eterna que Jesús nos promete.
         Es difícil ponerse delante del Señor con un puñado de justificaciones para resistirnos a este aplomo y seguridad que expone en su programa de vida. No vemos por ningún lado que sus palabras estén contaminadas de inseguridad o de duda, porque Jesús no está exponiendo una opinión, para que nosotros expongamos las nuestras, sino el testimonio de vida del Hijo de Dios. Y ante esto no hay justificación que valga. Tienen toda la autoridad de Dios y así lo percibió el pueblo.
         También nosotros, cuando oímos las enseñanzas del magisterio de la Iglesia, o leemos un buen libro de espiritualidad, o escuchamos un buen sermón nos sentimos atraídos por la autoridad y la altura de miras que tienen las propuestas de Dios en su Iglesia hoy. Sin embargo, todo esto se nos antoja “poco práctico” en una sociedad en la que la riqueza, el éxito, el poder, el bienestar, es lo realmente importante.
         Pero hemos de reconocer que a pesar de nuestro aire satisfecho no somos felices ni nos sentimos seguros. Sigue habiendo demasiadas diferencias, sufrimientos, violencia… todavía hay grandes diferencias entre los hombres y discriminaciones sangrantes por motivos sin importancia; hombre que dominan a otros hombres, depredadores y no colaboradores en la tarea de organizar esta sociedad. No existe sólo el sol. Hay también nieblas, noches cerradas, temporales y vientos devastadores. El mismo sol que calienta a unos puede ser sofocante y duro para otros. La muerte es una realidad.
         Y, sin embargo, tenemos derecho a soñar con un mundo donde la libertad, la paz…, no sean palabras que se usan en los discursos pero que, en la práctica, no significan nada. Las Bienaventuranzas van más allá de ese anhelo. No debemos dudarlo.
         Pidamos al Señor que nos aumente la fe y nos ayude a vivir según este programa.

QUE ASÍ SEA

16 de enero de 2017

III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


22 DE ENERO DE 2017

            “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Fue la frase, de labios de Jesús, que escucharon cuatro jóvenes galileos allá por los años 30 d.C. Recibieron estas palabras llenos de entusiasmo. Nada más oírlas, se convirtieron, renunciaron a todo –alguno, como Pedro, también a su familia-, y a partir de ese momento se fueron tras Jesús para ser sus discípulos.
            Lo que hicieron fue algo grande. Pero para entrar en el Reino de Dios tenían que volver a convertirse. Durante su vida pública Jesús repitió más de una vez a sus discípulos: “Si no os convertís, no entraréis en el Reino de Dios”. El Reino de Dios puede entenderse como que Dios reina. ¿Reinaba Dios en el corazón y en la vida de los apóstoles? ¿Reinaba Dios en el corazón de los que, en el momento de la cruz, le abandonaron? Pues sí y no. Pedro era un joven lleno de entusiasmo y generosidad, y sin duda amaba a Jesús de corazón. Pero con frecuencia no era Jesús, sino el propio Simón Pedro, quien reinaba en su vida. A menudo el apóstol era inestable, inmaduro y también algo fanfarrón.
            Así era el Pedro del evangelio. ¡Qué distinto es el de los Hechos de los Apóstoles, años después! Es el mismo Pedro, fuerte y generoso. Pero ahora es más maduro y también más fiel. Ahora el único que reinaba en su vida es Jesús. El Simón del Evangelio se ha convertido y es un hombre nuevo.
            Por el contrario, Juan era sensible, fino y muy piadoso. Su corazón estaba lleno de amor. Era el mejor amigo del Señor. Pero era también agresivo. Podemos traer a la memoria aquella ocasión en que los habitantes de una aldea de Samaria no acogieron a Jesús y les prohibieron entrar. Al ver aquello, dijo Juan y su hermano Santiago: “Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los destruya?”. Y también aquel joven era ambicioso: él y su hermano querían sentarse en el Reino el uno a la derecha y el otro a la izquierda de Jesús.
            En cambio, el Juan adulto, el que escribió el cuarto Evangelio y las cartas, es también distinto. Sigue siendo fino, delicado y lleno de amor. Pero ahora no hay en su corazón ni rastro de ambición ni de violencia. Ahora es Jesús quien reina del todo en su vida y en su corazón.
            Creo que cada uno de nosotros también tenemos un poco de aquellos cuatro galileos que escucharon por primera vez al Maestro de Galilea. Nosotros también hemos escuchado la llamada de Jesús y hemos respondido a ella. Hemos renunciado a mucho, nos hemos convertido y nos hemos decidido a seguir a Jesús en serio. Si no fuera así, no estaríamos participando en esta Eucaristía. Eso es algo grande y sin duda le llena de alegría a nuestro Señor. Pero, al mismo tiempo, Jesús es muy exigente y nos dice hoy: “El Reino de Dios está cerca. ¡Volved a convertiros!”.
            Los apóstoles no son un modelo lejano e inalcanzable. Son muy humanos, alguien con quien nos resulta fácil identificarnos. Igual que ellos, queremos a Jesús de verdad. Pero también como ellos, somos débiles. El camino de los apóstoles es también el nuestro. Que el Señor nos otorgue la gracia de una nueva conversión, igual a Pedro y a Juan, a Santiago y a Andrés.


QUE ASÍ SEA

12 de enero de 2017

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO



15 DE ENERO DE 2017

            Un domingo más vuelve al centro del Evangelio proclamado Juan Bautista. Su trabajo fue el de presentar públicamente a Jesús como el Salvador del mundo. La misión que le fue encomendada fue la de preparar el camino a Jesús. No se cansaba de decirle a los judíos, a todos, fueran del sector que fueran, que se debían de preparar a la llegada del Hijo de Dios. Y de una manera concreta: Haciendo penitencia, estudiando los signos visibles de la presencia de Dios entre los hombres, confesar los pecados…
            Nosotros no somos menos y también nos damos cuenta que Dios siempre nos está pidiendo algo. Lo tenemos muy claro. Pero también tenemos muy claro que “eso” que nos manda Dios no coincide con nuestros gustos, con lo que nos apetece, con nuestra forma de ser, con el carácter que nos hemos ido forjando… Que esos planes, por llamarlos de alguna manera, no coinciden con los planes que ya nos hemos hecho, con los proyectos que ya hasta habíamos puesto por escrito… Que esos planes no son los planes que los demás ya han dicho que tenemos que hacer.
            En un primer momento, vamos y desobedecemos al Señor, no sin antes sentir un cierto remordimiento dentro de nosotros; sabemos que no tenemos la conciencia tranquila. En un segundo momento, buscamos esos argumentos que vienen a darnos la razón, diciéndonos que hemos obrado correctamente… Pero todo es inútil, porque hasta hoy, a la conciencia nadie la ha podido silenciar. Por muchas razones que nos demos a nosotros mismos, por dentro seguimos intranquilos, molestos, inquietos; sentimos hasta malestar y dolor de estómago. Cuando se presentan estos casos, tenemos que preguntarnos: ¿Qué puedo hacer para recuperar la paz y la sencillez de corazón?
            A lo largo de la historia, el hombre ha hecho grandes progresos. Pero hay algo que no me pueden dar, aunque se junten todos los hombres del mundo y es el perdón de mis pecados. Nadie puede devolverme la paz interior cuando la perdí tras cometer algún pecado.
            Para tener el perdón de los pecados sólo existe un camino y es el que nos señala hoy el presentador oficial de Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan Bautista nos enseña que el único que puede perdonar los pecados es Dios, es Jesús. Que para que se nos perdonen los pecados, tenemos que reconocer y confesar nuestros pecados. Y eso es lo que sucede exactamente, paso a paso en el sacramento de la Confesión. De tal manera, que la confesión es el resumen de todo el mensaje y la misión que trajo a este mundo Juan, el Bautista.
            Cuando nos acercamos a confesar, es Jesús quien devuelve a nuestro corazón la inocencia, la sencillez, el sosiego, la lucidez. Sabemos que cada uno de los seis sacramentos restantes tienen sus determinadas características. Pero lo que más caracteriza al sacramento de la confesión por encima de los demás es la gran paz que deja después de recibirlo debidamente.
            Seguro que todos hemos tenido en más de una ocasión esta experiencia. Cuando hemos hecho una buena confesión, hemos sentido una paz única, inconfundible. Pues bien, esa paz sólo la puede comunicar Jesús, nadie más.
            Vamos a darle gracias a Juan el Bautista, porque a través de él, le Señor nos ha enseñado el camino para recuperar la paz y la integridad que perdemos por el pecado. Y procuremos que esta enseñanza de San Juan sea cada vez más conocida, para que tantas y tantas personas puedan recuperar la paz interior que tanto desean.


QUE ASÍ SEA