23 de abril de 2018

V DOMINGO TIEMPO PASCUAL

29 DE ABRIL DE 2018
          Últimamente se está poniendo de moda facetas humanas que se realizan cursos y tareas a distancia, “on line”, se llaman: En la universidad, en el campo laboral, en las relaciones por internet… Y, lo que, es más, esta moda está ya plenamente instalada en la religión católica. Nos venimos imaginando a Cristo siempre fuera y lejos de nosotros.
Cristo Jesús viene hoy a hablarnos de la vinculación que existe entre Él y cada uno de nosotros, los cristianos. Cuando Jesús vuelva al Padre, dejará a los suyos el relevo de su propia carrera, la herencia de la misma misión que el Padre le confió a Él. Así, nosotros podremos llevar adelante semejante encargo si permanecemos unidos, es decir si acortamos las distancias y asistimos a lo que también se llaman “clases presenciales”.
En siete ocasiones nos habla Jesús de “permanecer en Él” y otras tantas veces de “dar fruto”. Permanecer en Cristo significa vivir en gracia, tener una relación personal y una intimidad amorosa con Cristo, de una manera consciente, profunda y continua. Ya lo publicó San Juan Pablo II, cuando definió la comunión cristiana como “sentir que el otro me pertenece”. Pertenecer es lo que resume la vida y la actividad de todo cristiano. Todo lo contrario, a los cursos a distancia. De la unión con Cristo depende el crecimiento cristiano y el fruto que se pueda dar.
Todo no viene de la vid(Cristo)”. Y el mandato de Cristo es muy sencillo: “Permaneced en mí”. De aquí que la vida cristiana no tenga nada de compleja y difícil, sino bien sencilla, porque se trata tan sólo de estar unidos a Cristo y de perseverar fielmente unidos a Él.
Y todo ello para dar fruto. No se trata simplemente de estar ocupados, de ser diligentes trabajadores, sino de estar y ser en una viña que no es nuestra sino del Señor, y actuando no en nombre propio sino en el Nombre de Dios. Este es el sentido que tiene ese gesto de enorme sencillez con el que empezamos casi todas las cosas en la iglesia: “En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo…”
Nos encontramos ante la prueba de fuego para discernir todo cuanto hacemos. Importa que sea mucho y que esté bien hecho, pero esto no basta. La condición indispensable para hacer un bien fecundo es estar unidos a Cristo. Sólo quien hace las obras, quien dice las cosas en nombre de Jesús y unido a la Iglesia, puede dar fruto. Lo demás es ruido e incluso daño. Cada acción hecha al margen de Cristo está condenada a la esterilidad; no solamente se pierde, sino que no da ningún fruto. Hemos de tener miedo a hacer cosas sin dar fruto, a malgastar la vida y a perder el tiempo.
El mejor fruto es el amor de caridad, la manifestación externa de la fe en Jesús. Para ello hemos de dejarnos que nos poden, que hagamos caer el ramaje inútil, que estorba y aceptar los instrumentos de Dios, como las humillaciones, los sufrimientos, los fracasos, las dificultades… para que se caigan las muchas apariencias que nos adornan.
Nuestro fruto no depende de las cualidades humanas, sino de la unión con Cristo. Todos los frutos están en proporción con la santidad. Pero, ¡qué hermoso y qué fecundo cuando nuestra palabra es eco de la Voz del Señor y cuando nuestras manos custodian el discreto hacer de Dios!

QUE ASÍ SEA

17 de abril de 2018

IV DOMINGO DE PASCUA

22 DE ABRIL DE 2018

         Muchas y variadas eran las maneras cómo se imaginaba el pueblo de Israel a Dios. Se van sucediendo una tras otra las imágenes en el Antiguo Testamento para ver estas ideas sobre Dios. Nos lo han pintado como padre, madre, amigo, esposo, jefe de los ejércitos… Pero ese pueblo que durante tanto tiempo sabía de andanzas nómadas y migratorias, tenía en su tradición como pueblo de Dios, la afirmación de que Dios es “como un pastor
         El pueblo de Israel fue profundizando religiosamente sobre su relación con Dios desde la experiencia cercana del pastor y las ovejas, a lo que estaban muy acostumbrados. Esta reflexión no era siempre amablemente poética e idílica… Ante esta situación de abandono del rebaño y de aprovechamiento de unos malos pastores, el Señor anunciará por medio de su profeta que enviará un verdadero pastor, que será Él mismo. Y vendrá descrito con unas actitudes marcadas por la ternura y la misericordia, que será las que Jesús hace de sí mismo como nuevo Buen Pastor.
         En las habituales polémicas que Jesús mantenía con los fariseos, por su hipocresía, el Señor no para de quitarles la careta para mostrarles su pecado de traición al pueblo que se les había confiado: Además de la hipocresía, la arrogancia, el oportunismo, la injusticia, el afán de poder, la influencia… Son esas permanentes aristas cortantes que Jesús no se cansará de señalar en esos interlocutores.
         Pero para presentarse como Buen Pastor, va a emplear la imagen de los verdaderos pastores que se narraban en Israel. Aquellos pastores que tenían pocas ovejas, las suficientes para sobrevivir sus familias. Las conocían por su nombre y, a su nivel, formaban parte del conjunto de la familia. Por ello eran queridas, cuidadas, protegidas… Un pastor nunca abandonaba a sus ovejas, ni éstas eran extrañas para él. En tramos difíciles y oscuros, las ovejas se sentían serenadas cuando la voz del pastor y los pequeños golpes de su cayado sobre sus lomos, les permitían entrever que no estaban solas, sino acompañadas por su pastor, aunque la niebla o la noche no dejasen ver su figura.
         Así es Dios: Un pastor que nos conoce, nos conduce y ama hasta dar su vida. Conocer la voz de este Pastor es dar la vida por aquello que se escucha y por aquel que lo pronuncia. Él es el Pastor de nuestra felicidad, el que nos conduce por los caminos de justicia en los que esa felicidad es posible. Hay otras voces de sirena, voces de pretendidos pastores que pastorean su propio provecho, su personal promoción, su mantenimiento en poderes que corrompen y amordazan. Seguir a Jesús, saberse ovejas de su redil, es vivir en paz y en luz, serenamente y sin oscuridad.

QUE ASÍ SEA

9 de abril de 2018

III DOMINGO DE PASCUA

15 DE ABRIL DE 2018

         Habla de Cristo sólo cuando te pregunten por Él; ¡Pero, vive de tal modo que te pregunten por Él!Estamos acostumbrados a que nos pinten los fantasmas con sábanas blancas. En el fondo, los artistas del cine, revisten la nada poniendo encima una sábana, habitualmente blanca. El Resucitado se presenta en medio del grupo de los apóstoles y discípulos con un saludo muy conocido: “Paz a vosotros”. Era una paz concreta y adecuada, justo la que necesitaban aquellos hombres tan “llenos de miedo por la sorpresa que creían ver a un fantasma”.
         La Resurrección no fue algo que se creyó pacíficamente por el primer grupo de creyentes. Si no, Jesús no tendría que hacer el esfuerzo por convencerles de tantas maneras, de que Él no era un fantasma. Era difícil creer que al que vieron agonizar y morir colgado en una cruz, aquél mismo, estaba ahora delante de ellos. La Resurrección siempre ha sido el punto más discutido de todas las verdades del cristianismo, desde entonces hasta ahora.
         Parece como si Jesús estuviera respondiendo a las dudas y objeciones contra la Resurrección de tantas personas a través de los siglos. Era mucho lo que estaba en juego para su mensaje y su misión. No era una cuestión de deshacer sustos o satisfacer curiosidades, sino que la Resurrección evidenciaba que la muerte, como último enemigo del hombre, no tenía ya la última palabra, no era ya la mordaza fatal de la vida.
         Es verdad que quedaban las señales de unas manos y unos pies marcados por un proceso de injusticia y alta traición, por besos traicioneros y lágrimas cobardes, por el abandono más cruel de los hombres y el abandono misterioso del mismísimo Padre Dios. Al final de aquella primera semana santa de la historia, cuando Jesús, solo y abandonado, entregue su vida por aquellos que la machacaban de mil modos, cuando confíe su suerte en las manos paternales de su Padre Dios que le envió, cuando inclinando la cabeza muera, y cuando sus discípulos se dispersen asustados, o se escapen fugitivos, o se encierren llenos de pánico…, al final, todo no ha terminado. Quedan las señales de la muerte, de todas las muertes, pero narradas por el que siempre está Vivo, por el Resucitado glorioso.
         Esto es lo que Jesús trata de explicarles con su aparición el domingo de Resurrección: Que no es el final, sino el comienzo, porque empieza el tiempo nuevo, la hora de la Iglesia. Es ahora cuando nos toca a nosotros prolongar aquellos que entonces comenzó. Y por eso vuelvo a repetir la frase primera: Habla de Cristo sólo cuando te pregunten por Él; ¡Pero, vive de tal modo que te pregunten por Él!
         Quizás también nosotros tengamos señales de muerte, esas marcas que dejan siempre el egoísmo, el rencor y la envidia, la indiferencia y la tristeza, las acciones del mal y las omisiones del bien. Pero Cristo ha resucitado en nosotros y podemos mostrar todas esas señales como Él mostró las suyas: la muerte ha sido vencida y el mal no tiene la última palabra. De todo esto nosotros somos testigos, o al menos, estamos llamados a serlo.

QUE ASÍ SEA

2 de abril de 2018

II DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

8 DE ABRIL DE 2018
            Si un viernes santo tenemos la impresión de que se amontonaban los acontecimientos, mayor y mejor fue a partir de la madrugada del día primero de la semana. Fugas, idas y venidas. Tristezas en los ojos, muchas lágrimas, agobio en los corazones, sentimientos de congoja. Algunas mujeres volvieron del sepulcro diciendo cosas que a los discípulos les parecían muy extrañas: que si la piedra estaba quitada, que si el sepulcro vacío, que si una aparición de ángeles, que si el hortelano… Bloqueados por su propia perplejidad, tampoco recordaban lo que Jesús les había dicho sobre su desenlace. Ahora, al caer la tarde de aquel ajetreado domingo, estaban todos encerrados a cal y canto, llenos de pánico.
            Jesús se presenta en medio de ellos para anunciarles la paz, como la realización del crucificado; para mostrarle los signos de su muerte, como su propio documento nacional de identidad, donde no se había borrado la historia terrena de sus padecimientos. Era salir de una horrible pesadilla y ver con sus ojos el milagro de las promesas de su Maestro cumplidas.
            Pero no estaban todos. Cuando llegó Tomás, el que faltaba, rápidamente le dijeron la gran noticia, lo increíble, lo inaudito: “Hemos visto al Señor”. Semejante anuncio era insuficiente para una Tomás que también “había visto” morir al Señor. No era fácil borrar de su recuerdo ese pánico que había hecho esconderse a casi todos sus compañeros.
            La misericordia de Dios hacia todas las durezas de los hombres, está representada en la respuesta que Tomás recibe por parte de Jesús. Cuando al volver allí ocho días después, le dice que toque lo que le parecía una cosa imposible. Es el perfecto tipo de agnóstico, tan corriente hoy en día, que no niega nada de lo que está oyendo, que no cierra sus oídos para que antes que nada quiere ver, palpar para poder creer. Y este agnosticismo Jesús lo llamará sencillamente incredulidad.
            Hoy nosotros, los cristianos, que creemos en la Resurrección de Jesús, ¿cómo podemos mostrar a la Humanidad aquello que los discípulos trataron de anunciar a su compañero Tomás? No somos los propagandistas teóricos de un cambio metafísico y filosófico del mundo, sino los testigos de que aquello que aconteció en Jesús, también nos ha sucedido a nosotros: el odio, la oscuridad, la violencia, el miedo, el rencor, la muerte…, es decir, el pecado, no tienen ya la última palabra.
            Cristo ha resucitado y en Él han sido muertas todas nuestras muertes. De esto somos testigos. Esta es nuestra alegría. Y por eso, a pesar de todas las cicatrices de un mundo caduco, insolidario, violento, que mancha la dignidad del hombre y no da gloria a Dios, nosotros decimos: “Hemos visto al Señor”. Ojalá nuestros amigos se llenen de alegría como aquellos discípulos, al ver en nuestra pequeñez las señales de la victoria pascual, y como Tomás digan también: “Señor mío y Dios mío”. Todos somos custodios de las señales que ayudan a creer a los demás.

QUE ASÍ SEA

12 de marzo de 2018

SOLEMNIDAD DE DE SAN JOSÉ ESPOSO DE MARÍA

19 DE MARZO DE 2018

         Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante”, leemos en la Sagrada Escritura. Es lo mismo que decir que mientras reposan los sentidos externos, el fondo del alma se puede traspasar. José es ese hombre cuyo corazón está suficientemente abierto como para recibir lo que dios le comunica. Así es como Dios nos habla y se nos muestra cercano.
         Pero estamos invadidos con las inquietudes, los deseos…, estamos repletos de imágenes y sonidos…, vamos cargados de cachivaches… De tal forma que la suave voz de Dios cercano no puede hacerse oír. Ahora que dominamos con los muchos adelantos tecnológicos, que disponemos de las cosas a la medida de nuestros deseos…, hemos encogido la sensibilidad; estamos más endurecidos, dominados por las cosas y asuntos del mundo. Y lo que ahora tenemos nos sirven más que como instrumentos para introducir más cosas aún. Sólo nos vemos a nosotros y no somos capaces de oír a Dios.
         Como efecto contrario, hoy nos fijamos en San José, en donde se une el recogimiento y la prontitud. Aquel varón justo que nos invita a retirarnos del bullicio, a recuperar el recogimiento, a replegar la mirada hacia el interior y hacia el cielo, para que Dios pueda tocarnos y hablarnos.
         José está pronto para cumplir la voluntad de Dios. Es la manera que tiene de entrar en contacto con el centro de la vida de María. Su esposa que había dicho “hágase en mí según tu palabra…” y la aceptación de su esposo a los planes de Dios. Años más tarde, Jesús llegó a decirle a Pedro, después de la resurrección: “Te llevarán a adonde tú no quieras ir”. José lo hizo regla de oro de su vida: porque se halla preparado para dejarse conducir, aunque la dirección no sea la que él quiere. Y comienzan a producirse los cambios de planes. Cuando se le anuncia la maternidad de María, él estaba convencido de llevar una vida discreta, sencilla, apacible… Y se siente incorporado a la aventura de Dios entre los hombres. El nacimiento de Jesús no será en Nazaret, ni tan siquiera en Belén, donde los suyos no lo recibieron, sino a la afueras del pueblo, en un establo. Tuvo que huir a Egipto corriendo la misma suerte que los de sin casas y sin patria. Y cuando vuelve del exilio, ha de alejarse más al norte. Y con doce años el Niño se pierde en el templo. Y por último, morirá sin haber visto manifestarse la misión de Jesús. En su silencio quedarán sepultados todos sus padecimientos y esperanzas.
         José no fue aquel hombre que buscó en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Es el varón justo que se niega a sí mismo, que se deja llevar a donde no quería ir. No ha hecho de su vida cosa propia, sino cosa que dar. Ha renunciado a sus deseos para entregarse a Dios.
         De todo esto, se concluye que su vida es del que está siempre en camino, en un constante peregrinar. Creemos que apartarnos de cumplir nuestros deberes en la tierra, nos hace extraños en el mundo. Pensamos que nuestra vocación es crear un paraíso en la tierra y dedicarle todo nuestro corazón y los esfuerzos de nuestras manos. Pero lo único que hacemos es pisotear la tierra.
         José nos enseña la prontitud, la obediencia, la abnegación…, el dejarse llevar por Dios. Pedimos que ahora haya más personas con el ánimo abierto a la voluntad de Dios, preparadas para escuchar sus llamamientos y marchar a su lado hacia donde Él quiera llevarlas.
QUE ASÍ SEA

V DOMINGO DE CUARESMA


18 DE MARZO DE 2018

         No era nada de extrañar que cuando se celebraba la fiesta más importante en Jerusalén, la fiesta de la Pascua, se acercaran a la famosa ciudad fundada por David, gente de todos sitios, incluso de aquellos lugares más allá del río Jordán e incluso personas que no eran estrictamente judío, que no profesaban la fe judía, pero que tenían una actitud abierta y reconocían a Dios altísimo.
         Un grupo de esos simpatizantes gentiles no judíos, se encuentran con Felipe y le hacen una petición que recoge la secreta demanda de toda la humanidad: “Queremos ver a Jesús”. No sabían bien quién era Él; acaso habían oído cosas y sentían curiosidad. Habían acudido a Jerusalén a ver el famoso templo de Salomón y se encontraron con Jesús. A su manera iban a celebrar la Pascua judía, y se encontraron con la Pascua del Señor. El hecho es que aquellos hombres, que sin ser judíos acuden a Jerusalén, están abiertos a la respuesta adecuada a las preguntas de su corazón: ¿y si esa respuesta era ese tal Jesús?
         Felipe, el apóstol, ya había sido “embajador” de Jesús un tiempo antes. Al comienzo de la vida pública de Jesús, una vez que Felipe se hubo encontrado con el Maestro de Nazaret, no pudo por menos que comunicarlo. Se puede leer en el Evangelio que “se encuentra Jesús con Felipe y le dice: sígueme… Felipe se encuentra con Natanael (después Bartolomé) y le dice: ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado… ven y verás”.
         El Evangelio cambia de tono para intercalar un diálogo de Jesús premonitorio de su propia Pascua. Él habla de la “hora”. En el Evangelio, la hora no es una precisión temporal, no tiene que ver con la del reloj. La hora dice la llegada del momento oportuno, salvífico, como si fuese a entrar en la escena el desenlace final con el que el drama llega a su momento más álgido. Jesús habla de su hora recurriendo a la metáfora del grano de trigo, que explica plásticamente la paradoja de la vida cristiana: Caer en tierra, morir, y cuando aparentemente todo está perdido y arruinado, surge allí la vida, con una fecundidad y fuerza inesperadas e inmerecidas. Es como un anticipo del propio destino de Jesús: el mucho fruto, el ganar la vida para siempre, tiene un insólito precio como es morir en tierra y dar la vida.
         Estamos ya en el quinto domingo de cuaresma. Nosotros, después de este camino andado, nos reconocemos en la pregunta de los gentiles: “queremos ver a Jesús”, atraídos por Él, seducidos por su extremado amor. Estamos en la antesala de todo ese drama de amor que recordaremos en la inminente Semana Santa. Y no sólo nosotros, sino también tantos hombres y mujeres de nuestro mundo, desde sus búsquedas y preguntas quieren ver a Jesús.
         ¿Seremos como Felipe, que desde la experiencia del encuentro con el Señor podemos decirles: Venid, ved, yo os conduzco a Él?
QUE ASÍ SEA