14 de octubre de 2017

DOMINGO DEL DOMUND 2017


22 DE OCTUBRE DE 2017

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Es una llamada por parte de Dios a cada uno de nosotros para que seamos ciudadanos ejemplares. Nos quiere decir Dios que hemos de obedecer a los gobernantes, cumplir las leyes que sean justas, pagar los impuestos, rezar por nuestros gobernantes, ejercer el derecho al voto ante una convocatoria de elecciones… Dios no se opone, como un partido político en la oposición, a la legítima autoridad y su autonomía en los asuntos temporales, pero también nos deja dicho con toda claridad que Él tiene sus derechos, que sus hijos tenemos una dimensión religiosa que no puede ser sofocada ni reducida a espacios oscuros y cerrados… “¡y a Dios lo que es de Dios!”.
Aunque así lo pretendan algunos sectores de la sociedad, no existe una lectura laica y profana de la historia, sino que la fe tiene sus derechos y criterios interpretativos. Jesús habla de las competencias de Dios (lo mismo que defiende las del Estado). La Iglesia debe vivir con autenticidad los valores de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Hoy día corren tiempos en que en la sociedad se ha creado un enorme vacío moral y religioso. Parece que todos hemos sido lanzados al mundo de la economía y de lo material, a asegurar el bienestar y la comodidad por encima de todo, a pasarlo bien que son dos días. Dios, que debería invadir nuestra vida, se ha convertido en un punto lejano al que miramos de tarde en tarde y cuando algo nos aprieta. Creemos que podemos ser cristianos si practicamos algunas normas religiosas y después comportarnos como los demás en los asuntos temporales. Una sociedad sin valores, o que no los respeta, arrinconando a dios y a sus valores, está abocada a una creciente agresividad, corrupción y a la mentira.
Ante todos los adelantos y progresos de la sociedad, se está pidiendo por todas partes que se promulgue un código ético y de comportamiento que dé respuesta a cuestiones biológicas, genéticas, ecológicas, políticas, de comunicación, económicas…, que impidan el que, una libertad sin norte, convierta los progresos científicos y técnicos en instrumentos de esclavitud, de barbarie.
“A Dios lo que es de Dios” ¿Cuándo le damos a Dios lo suyo? Cuando le amamos como Él quiere y merece ser amado; cuando vivimos la eucaristía como banquete al que somos invitados por ser sus hijos; cuando cumplimos los mandamientos, a pesar de oír que es la manera que tiene Dios de quitarnos la libertad y de hacernos infelices; cuando creemos y esperamos sinceramente en Él; cuando no abandonamos la oración; cuando acudimos al confesionario arrepentidos con prontitud y con frecuencia; cuando trabajamos y nos comportamos con rectitud, honradamente, apoyados en su ayuda que nunca falta.
Un modelo que nos hace todo esto más cercano es María, nuestra Madre.

QUE ASÍ SEA

9 de octubre de 2017

XXVIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


14 DE OCTUBRE DE 2017
También el maná formaba parte de esa preparación: durante su peregrinación por el desierto los judíos comían una especie de pan que llovía del cielo; este pan les daba fuerzas para su peregrinación y gracias a él pudieron superar las penalidades del camino.
Tras su encarnación, el Señor prosiguió con su preparación, que llevó a cabo tanto de obra como de palabra. De la preparación llevada a cabo de obra formaba parte, por ejemplo, el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Los discípulos y los seguidores de Jesús estaban cansados y hambrientos; el Señor tomó un poco de pan y pescado, lo multiplicó y se lo dio a sus seguidores para que se recuperaran y pudieran seguir caminando con él. Mediante ese milagro, el Señor estaba ilustrando el sentido de la Eucaristía que nos iba a regalar; en ella somos alimentados por Jesús mismo, nos recuperamos del cansancio y del desgaste de la vida y obtenemos fuerzas para nuestra peregrinación.
Junto a la preparación llevada a cabo de obra, hubo también otra llevada a cabo de palabra. De ella forma parte la parábola del Evangelio de hoy, que nos habla de un banquete dispuesto por un rey (el Padre) que celebraba la boda de su hijo (Jesús). Esta parábola termina con unas palabras duras: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”. El Señor nos llama a todos a la Eucaristía, pero no siempre acogemos adecuadamente ese don. Una respuesta ejemplar fue la de los cristianos de Túnez, ciudad en la que hubo en tiempo del emperador romano Diocleciano una dura persecución. Los cristianos podían rezar privadamente a Jesús, pero no podían reunirse para orar juntos.
Muchos cristianos no hicieron caso y se reunieron para celebrar la Eucaristía. Los soldados los detuvieron y los llevaron al gobernador. Se nos han conservado las actas del juicio. Dice así el interrogatorio a que sometió el procónsul a uno de ellos: “¿En tu casa se han tenido reuniones de culto contra los preceptos del emperador? Emérito contestó: Sí, en mi casa hemos celebrado la Eucaristía. ¿Por qué les permitiste entrar? Porque son mis hermanos y no podía impedírselo. Pues tu deber era impedírselo. No me era posible, porque nosotros sin la Eucaristía somos incapaces de vivir”. A continuación fue ejecutado.
Que el don maravilloso de la Eucaristía sepamos responder como estos hermanos nuestros.

QUE ASÍ SEA

5 de octubre de 2017

XXVII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


8 DE OCTUBRE DE 2017

Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Y el Dios de la paz estará con vosotros”.
En este breve texto que hemos escuchado de la carta a los Filipenses, San Pablo habla de la paz del corazón. La paz interior es fundamental en la vida cristiana: Cuando nuestro corazón está sosegado, entonces somos capaces de conocer la voluntad de Dios, lo que el Señor va pidiendo de nosotros en cada momento; en cambio, cuando por dentro estamos turbados, revueltos, nos resulta muchísimo más difícil.
Imaginemos un lago sobre el que brilla el sol: Si la superficie de ese lago es serena y tranquila, el sol se reflejará casi perfectamente en sus aguas, y tanto más perfectamente cuando más quietas esté; si, por el contrario, la superficie del lago está agitada, removida, la imagen del sol no podrá reflejarse en ella.
Por eso, una de las cosas que busca siempre el enemigo del hombre es robarnos la paz. Sabe que si lo logra, nos va a costar mucho más conocer la voluntad de Dios. Y lo que él quiere, a toda costa, es apartarnos de ella.
Por eso, en nuestra vida cristiana debemos buscar y favorecer todo aquello que vemos que nos da paz interior; y al revés, debemos huir de cuanto nos turba y desasosiega.
Dentro de los diversos medios para lograr paz hay uno privilegiado: La confesión. Pienso que es una experiencia que todos hemos hecho alguna vez; seguro que en más de una ocasión, después de la confesión hemos sentido en nuestro corazón un gran alivio y una paz profunda. Por eso es bueno confesarse frecuentemente, aunque uno no haya hecho nada grave; la confesión frecuente nos ayuda a mantener y acrecentar esta paz.
Cuando vamos a confesarnos, si queremos, también podemos contarle al sacerdote cosas que, aunque no son estrictamente pecados, nos tienen intranquilos. Pueden ser pensamientos, situaciones, sentimientos que percibimos dentro de nosotros mismos y que, como digo, no son pecados, pero de hecho nos producen angustia y desazón. Muchísimas veces sucederá que un pensamiento nos está carcomiendo y que después de habernos abierto y de haberlo comunicado, automáticamente pierde toda su fuerza y nos deja en paz. Como digo, es algo muy frecuente. En la confesión hay una regla de oro: El que en la confesión pone mucho, saca mucho; y quien pone poco, saca poco.
Esforcémonos por tener cada vez más paz en nuestro corazón. No siempre es fácil: A veces tendremos que renunciar a cosas que nos agradan; otras veces tendremos que hacer cosas que nos cuestan. Pero vale la pena, porque la paz interior es algo que no tiene precio. Se la pedimos al Señor por intercesión de la Reina de la Paz.

QUE ASÍ SEA