8 de mayo de 2017

V DOMINGO TIEMPO DE PASCUA


14 DE MAYO DE 2017
           
        Hemos escuchado la petición sincera de Felipe al Señor: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Este apóstol sólo pone de manifiesto el deseo más profundo que existe en el hombre, el de ver a Dios. Y este deseo responde a la finalidad por la que todos nosotros fuimos creados. Sólo descansaremos y seremos de verdad felices cuando veamos al Padre cara a cara, cuando gocemos de lo que se conoce como visión beatífica, es decir, la visión que hace felices y que sólo tienen los santos del cielo.
            Pero, como siempre tropezamos con la misma dificultad: ¿Es posible que el hombre puede llegar a ver a Dios? Todos sabemos que nosotros somos unas criaturas pobres y frágiles. Hasta el menos de los ángeles es muy superior a cualquier hombre, por muy superior e importante que sea; e incluso, el más excelente de todos los ángeles y arcángeles, comparado con Dios, no es nada. Y, por eso, dado el infinito abismo que existe entre nosotros y nuestro Dios, ¿cómo vamos a poder los hombres ver el rostro de Dios?
            Si estudiamos algunos textos de la Biblia, nos sorprendería encontrarnos con alguna que otra contradicción. Hay pasajes en los que se afirma que algunos hombres vieron a Dios: por ejemplo, el libro del Éxodo dice que los ancianos subieron con Moisés al monte Sinaí y vieron a Dios; de Moisés se afirma incluso que hablaba con el Señor cara a cara. Pero, en cambio, el propio Moisés le dice a Dios en otro lugar: “Déjame ver tu gloria”, a lo cual le contesta el Señor: “Mi rostro no puedes verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida”. Y en el prólogo del Evangelio de san Juan se dice: “A Dios nadie lo ha visto jamás”.
            ¿Cómo podemos solucionar esta tensión entre poder ver a Dios y nadie puede ver el rostro de Dios? La clave está en Jesús. Él es uno de nosotros: Los hombres que convivían con Él le podían ver, oír y tocar; nosotros podemos incluso comerle. Al mismo tiempo Jesús es Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno del Padre, que existe desde antes de la creación del mundo.
            Es verdad que entre Dios y nosotros existe una distancia infinita; ahora bien, el amor que Dios nos tiene es mayor aún que esa distancia y fruto de ese amor  es Jesucristo. El Padre nos lo ha enviado para que a través de Él, a través de Jesús, podamos llegar hasta Dios. Jesús es como un puente que une las dos orillas; como es hombre, se apoya en la orilla humana; y como es el Verbo, llega hasta la orilla divina.
            Es así como se resuelve la contradicción que parece darse en la Biblia: en sí Dios es invisible, inaccesible, tal y como enseñan los textos citados; pero por su gran amor a nosotros, se nos ha hecho visible y accesible en Jesús.
            De modo que, aunque nuestra vida pueda parecer sumamente complicada, en realidad de lo único de que se trata es de procurar unirnos cada vez más a Jesús. Hasta que llegue un día en que estemos tan metidos en Él, que todo lo suyo sea nuestro y podamos ver al Padre.
            Que la Virgen María, que ya ha llegado a la meta, nos ayude a recorrer este camino que el Padre nos regala.


QUE ASÍ SEA

2 de mayo de 2017

IV PASCUA DOMINGO BUEN PASTOR


7 DE MAYO DE 2017
           
            En tiempos de Jesús había muchas personas que querían ser fieles a Dios. Deseaban conocer su voluntad y cumplirla sinceramente en su vida. Pero se tropezaban con una dificultad: Que no había buenos maestros que les ayudaran a conocer el camino correcto. Cada “maestrillo tenía su librillo” y, además, muy interesado. 
            Aquellas personas tenían el corazón que les guiaba. Sabían que Dios habitaba en lo más profundo de su interior. Allí oían sus palabras. Estaban convencidos que desde allí les guiaba y los orientaba. Por eso es tan importante que estemos atentos a los movimientos que se producen en lo hondo de nuestro corazón, porque a través de ellos el Señor nos quiere ayudar y orientar en el camino de nuestra existencia.
            Ahora bien, esta voz del corazón por sí sola no basta. Necesita de alguien que la oriente, ilumine y haga crecer. Sin esa ayuda, se vuelve poco a poco ambigua, vacilante. Se ve envuelta de dudas. No sabe bien a dónde dirigirse. Por eso le hace falta alguien que le haga de maestro. Una persona que le sirva de ejemplo y le ayude a mantenerse en el camino de la verdad.
            En las palabras del Señor que hemos escuchado en el Evangelio se percibe ese dolor. La apenaba el que muchos no hubieran podido encontrar un maestro que les guiara y orientara por los caminos de Dios. Y hoy puede ocurrir algo parecido. Hoy hay también personas que sinceramente desean marchar por la senda de la verdad. Pero les sucede como a estos otros de los que habla el evangelio, que no encuentran a nadie que les haga de maestro. Y eso sigue doliendo al corazón misericordioso del Señor.
            Celebramos hoy el Domingo del Buen Pastor, que suele ser también el día de la oración por las vocaciones. En esta jornada solemos pedir a Dios que envíe pastores a su pueblo. En la carta a los Efesios San Pablo ofrece una hermosa definición de lo que es un sacerdote: Un servidor de la gracia. Está al servicio de la presencia de Dios en el interior de los hombres. La misión del sacerdote consiste en ayudarnos a que la gracia, la presencia de Dios en nuestro interior se vuelva más viva, más clara y más luminosa.
            El sacerdote es una figura paradójica. Se le encomienda una misión que es incapaz de realizar. Su tarea consiste en llegar al fondo del corazón de los hombres. Pero eso es imposible. El corazón del hombre es infinito, porque en él habita Dios, y el sacerdote es sólo un hombre. Por eso sólo hay una cosa que el sacerdote pueda hacer y es poner a los hombres en contacto con Jesús. Jesús sí que puede llegar hasta el fondo del corazón de cada hombre, porque el Señor, que es hombre como nosotros, es también Dios. Por eso sólo así puede el sacerdote cumplir su misión, ayudando a los hombres a quienes sirve a ponerse en contacto con Jesús.
            Pidamos a Dios que nos envíe pastores que sean servidores de la gracia. Que nos pongan en contacto con Jesús, que es el único pastor de nuestras almas y de nuestros corazones. Lo pedimos por intercesión de la Virgen María y de San José, nuestro Padre y Señor.


QUE ASÍ SEA

27 de abril de 2017

III DOMINGO DE PASCUA


30 DE ABRIL DE 2017
           
            Seguimos manteniendo el mismo titular en la cabecera de toda homilía: “Jesús ha resucitado”. Y añadimos que Jesús está vivo realmente, físicamente, materialmente. Sin embargo, no resulta tan fácil percibir su presencia. A menudo nos sucede como a los protagonistas del evangelio de este domingo, a los dos discípulos naturales de Emaús. Le tenían al lado, pero no se daban cuenta de que era Él.
            Es un momento oportuno para hacer algunas preguntas: ¿Qué debemos hacer para aprender a descubrir la presencia del Señor, para saber dónde se encuentra? Para poder responder a esta como a otras preguntas, el Evangelio de hoy nos da algunas indicaciones.
            “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Este puede ser la primera indicación. Nos encontramos junto a una persona. Sus palabras y su presencia nos encienden el corazón. Nos ayuda a entender cosas que antes nos dejaban sorprendidos. Nos da fuerzas para seguir adelante. Pues si sentimos esto, si experimentamos lo mismo que los discípulos de Emaús, eso es un indicio de que aquí está Jesús.
            Hay también una segunda indicación que nos ofrece el evangelio de hoy. El texto termina con las siguientes palabras: “Ellos contaron lo que les había pasado y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Esto recuerda el Evangelio de la semana pasada, el de la incredulidad de Tomás. Escuchábamos entonces la frasee siguiente: “Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús”. Pienso que ése fue su fallo. Tomás se apartó del resto de los apóstoles y prefirió ir por libre. Probablemente estaba cansado de sus compañeros, con sus cobardías y sus miedos. Por lo que sea, se apartó de ellos.
            Pero cuando uno se aleja de la Iglesia, pierde sensibilidad para detectar la presencia del Señor. Jesús está en medio de nosotros, pero para descubrirle hay que tener el oído fino. Cuando nos apartamos de la comunidad y vamos por libre, nos sucede cómo a Tomás. Nos volvemos duros de oído. Nos cuesta muchísimo descubrir la presencia del Señor en nuestra vida cotidiana.
            Por eso es tan importante la participación en la Eucaristía de los domingos. El que alguien no vaya a misa no significa que no tenga fe. Todos conocemos a personas que no frecuentan la Eucaristía y que sin embargo creen. Pero la experiencia enseña que, por lo general, cuando uno deja de participar en la eucaristía dominical, le sucede cómo a Tomás. Por así decirlo, se va volviendo duro de oído. Va perdiendo sensibilidad para descubrir la presencia de Jesús en su vida.
            “Lo reconocieron al partir el pan”. Que cada vez amemos más la santa misa y que la hagamos amar. Es en ella donde aprendemos a reconocer a Jesús. Se lo pedimos al Señor por intercesión de la Virgen María y de San José, nuestro Padre y Señor.

QUE ASÍ SEA

17 de abril de 2017

II DOMINGO DE PASCUA

23 DE ABRIL DE 2017
           
    “Perseveraban todos en las instrucciones de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración”. Es una fotografía instantánea de la vida de la primitiva comunidad cristiana. Cuando uno lee este resumen, sabe al momento cómo hemos de vivir hoy los cristianos: Meditamos sobre la doctrina de la fe hasta que la hacemos propia en la vida; nos encontramos con Cristo en la Eucaristía dominical y diaria; conversamos en la intimidad, cara a cara, con Dios en la oración.
            Si en la vida de un cristiano, o de una parroquia faltara estos elementos esenciales, nos veríamos y veríamos a los demás sabiendo muchas cosas, con una reflexión muy erudita y teórica, pero sin nada de vitalidad; estaríamos siempre ocupados en actividades más o menos intensas, pero sin que nos conduzcan a alguna parte; y, sobre todo, con devociones y prácticas piadosas que sirvan más para rellenar un informe que para llenar una vida. Muchas cosas, pero no habrá compenetración con Cristo, una participación real y vivida en la obra divina de la salvación.
            Cuando miramos a gente de nuestra parroquia, podemos caer en el peligro de pensar que, efectivamente, hay cristianos de primera división y cristianos de segunda clase. Incluso, nosotros mismos nos situamos entre estos últimos, porque sólo nos exigimos una versión rebajada y relajada de lo que nos dice el Evangelio cada domingo. Y nos olvidamos que todos hemos recibido el mismo Bautismo. En la Iglesia, el Espíritu Santo suscita diversos caminos, diversos carismas, formas distintas de vivir la vida cristiana; pero el mismo Espíritu que distribuye los dones divinos, nos transmite una misma fe, una misma esperanza y una misma caridad.
            En este segundo domingo de Pascua, celebramos el Domingo de la Misericordia del Señor, devoción transmitida y extendida por el que desde hoy es llamado San Juan Pablo II, Magno –añado yo-. Cristo se presentó en aquella habitación oscura y cerrada a cal y canto, donde estaban los apóstoles para enseñar las heridas gloriosa de la misericordia del Señor, de Dios Padre que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único”. Una fiesta que viene a remediar y a curar, como el antídoto ante el veneno,  a un mundo y a una sociedad que sigue estando dominada por el egoísmo y por el miedo. Una sociedad que tiene necesidad de acogerse a la divina misericordia, a repetir una y mil veces: “Jesús, confío en ti”.
            En este segundo domingo de Pascua, donde se nos presenta dos nuevos modelos a seguir, hijos de nuestro tiempo –San Juan XXIII y San Juan Pablo II-, viene Dios Padre a decirnos que cada uno de nosotros hemos sido llamados a ser sus “cristos”, marcados con el sello del Espíritu Santo. Todo lo que se ha realizado en nosotros es imagen de lo que se realizó en Cristo, ya que somos su imagen.
            Cristo fue crucificado, sepultado y resucitado. Por el Bautismo hemos sido admitidos a participar simbólicamente en su cruz, sepultura y resurrección. Hemos sido ungido con el crisma de la salvación en la frente, el día de nuestro bautismo, para ser liberados de la vergüenza del primer Adán y poder contemplar con el rostro descubierto, como en un espejo, la gloria de Cristo.
            Todo lo que hemos contemplado en las lecturas fue dispuesto por Dios: Las dudas de Tomás, su confesión de fe… Creyó con todo lo que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosas que escapa a nuestra mirada. Hoy es el domingo, día de la fe. Es el día por excelencia, que en la Misa Dominical confesamos y proclamamos junto los artículos de fe, el Credo. Así ponemos de manifiesto el carácter bautismal y pascual. Es el día en que renovamos nuestra adhesión a Cristo y al Evangelio. Es el día en que acogemos la Palabra y recibimos el Cuerpo del Señor.


QUE ASÍ SEA