14 de febrero de 2017

DOMINGO VII SEMANA TIEMPO ORDINARIO


19 DE FEBRERO DE 2017


           “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”.
            Sabemos por experiencia que la oración, en cualquier situación en la que nos encontremos, es eficaz; pero tiene una fuerza especial cuando hacemos uso de ella para acordarnos de los enemigos, de los que nos han hecho algún mal. Es la viva foto de Cristo en la Cruz. Poco antes de entregar su espíritu, de inclinar la cabeza y morir, pudo exclamar con voz fuerte: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Cuando Jesús muere, el centurión que dirigía la ejecución, llegó a decir: “Verdaderamente este hombre era el hijo de Dios”.
            Unos pocos meses después, según se puede leer en el libro de los Hechos de los Apóstoles, muchos judíos que habían participado en la ejecución de Jesús abrazaron la fe. Tanto la conversión de aquel militar romano como la de estos judíos eran fruto de aquella oración de nuestro Señor en la cruz poco antes de morir.
            Podemos pensar también en la conversión de Pablo, cuando iba camino de Damasco. En realidad, la historia de la misma empieza antes: el día del martirio de San Esteban. El primer mártir de la Iglesia, al igual que Jesús, antes de morir rezó por los que lo ejecutaban; la conversión del entonces llamado Saulo fue un fruto maravilloso de aquella petición del primer mártir. Pablo era consciente de ello y, por eso, Esteban fue siempre muy especial para él.
            Ninguna oración es tan difícil como aquella en la que pedimos por nuestros enemigos, ninguna nos resulta tan desagradable para nuestra naturaleza humana; sin embargo, ninguna otra tiene mayor eficacia ni nos asemeja más a Dios.
            La oración por los enemigos tiene también otro valor: constituye el mejor antídoto contra el resentimiento. Debemos huir del rencor como de la peste, porque puede hacernos muchísimo daño. Seguramente, nadie nos hará nunca pasar por lo que sufrieron Jesús o Esteban, pero sí habrá quien sea insolente, o meta cizaña contra nosotros, o nos humille en público. Cuando alguien se comporta así, espontáneamente brotan en nuestro corazón resentimiento y amargura. Jesús nos enseña que debemos sobreponernos y expulsar ese rencor.
            El resentimiento es algo tremendo, puede echar a perder los mejores corazones; por eso, tenemos que combatirlo con todas las fuerzas. Uno de los mejores modos de luchar contra él –si no el mejor- es la oración, es decir, la intercesión a favor de la persona que nos ha hecho daño. La experiencia enseña que esa oración hace que poco a poco el resentimiento vaya disolviéndose.
            Hemos de pedirle al Señor que el Espíritu Santo infunda en nosotros el mismo amor que derramó sobre Esteban para que, como él, sepamos rezar por los que nos hacen mal. Se lo pedimos por intercesión de la Virgen María y de San José.


QUE ASÍ SEA

7 de febrero de 2017

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE MANOS UNIDAS


12 DE FEBRERO DE 2017

            Hoy nos encontramos con frases políticamente incorrectas, por aquello de que nos suenan bastante extremistas: “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los cielos”. No sólo son palabras de Jesucristo. Años después, el Apóstol Santiago en su carta llega a escribir algo parecido: “Si uno observa toda la ley, pero falta en un solo precepto, es culpable de todo”. ¿Verdad que resulta demasiado extremista?
            Ambas frases vienen a decirnos que en nuestra relación con Dios no podemos andar con cálculos ni a medias tintas. Tenemos que entregarnos por completo, sin reservarnos nada, con todo el corazón, sin resquicios, sin guardar nada debajo de la alfombra. Toda nuestra persona, todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida, cuanto somos y tenemos… Todo lo debemos poner al servicio del Señor Jesús. Lo contrario sería servir al Señor con un corazón dividido. Así, podemos decir que servimos a Dios, pero que esta parte de mi vida me la reservo; no quiero que Dios entre en esta zona de mi vida y comience a revolver las cosas, a cambiarme la cosas y me desordene mi vida.
            En tiempos de Jesús había muchos contemporáneos suyos, sobre todo fariseos, que tenía el corazón dividido. Tenían más de seiscientos mandatos y estaban siempre ocupados en cumplirlos casi todos. Pero había unos pocos que, por sistema, no cumplían; se tomaban esa licencia. Y eso le dolía profundamente a Jesús. ¿Qué más le da al Señor que cumplamos 600 mandamientos si no le entregamos nuestro corazón?
            Pablo no era de esos. Es verdad que era un fariseo fanático, pero ciertamente no servía a Dios con un corazón dividido. Él mismo lo refiere en la carta a los de Roma: Como fariseo caía muchas veces, pero deseaba servir a Dios con todo su ser, con corazón entero. Por eso era una persona abierta a la gracia de Dios.
            Algo parecido lo podemos ver en Pedro, que servía a Dios con un corazón entero. Tampoco él era, ni mucho menos, perfecto. Cometió errores. Todos recordamos, que uno de ellos, gravísimo. Pero no se reservaba nada, todo lo que era y tenía lo ponía a disposición del Señor. También traemos a nuestra consideración aquella pobre viuda que echó dos moneditas en el templo y de la cual dijo Jesús que había dado más que nadie.
            Al Señor le da igual que demos dos monedas que dos mil: para Él eso no es nada, pues todo cuanto hay en el universo le pertenece. Él no gana nada por lo que yo le pueda dar. Tan sólo hay una cosa que Dios no puede tener si yo no se la entrego: mi corazón. Por eso se alegró tanto Jesús al ver a aquella viuda, porque no estaba dándole dos monedas, sino su corazón.
            Ojalá que también nosotros seamos así. La persona que sirve a Dios con el corazón entero comete muchas faltas, se equivoca, peca. Pero pone todo cuanto es a disposición de Dios: sus ojos, sus oídos, sus manos… No se reserva nada. Que con nuestros defectos y nuestros pecados, también nosotros, como Pablo, Pedro, como aquella pobre viuda, sirvamos a Dios con todo nuestro ser.

QUE ASÍ SEA

1 de febrero de 2017

REINVENTÉMONOS

CORONABERIS
(“¡Serás coronada!”)

Alcaudete, balcón a la humanidad desde la atalaya
de la Santísima Virgen de la Fuensanta)

Por José Antonio García Romero
Párroco de Santa María la Mayor y
Capellán del Santuario de la Virgen de la Fuensanta.

            “¡Coronaberis!”, se ha convertido en poco tiempo en la palabra emblemática que remite sin lugar a dudas a la intención sincera de ver coronada canónicamente a la Santísima Virgen de la Fuensanta, Patrona de Alcaudete.
            Comenzó siendo un grito necesario, una intención en buena lid, de una Hermandad que regenta la Presidencia de honor en la Agrupación de Cofradías de esta leal ciudad, que rinde sus oraciones y peticiones a la que están presente en todos los hogares sin distinción de pensamientos, creencias e ideologías. La Santísima Virgen de la Fuensanta, rodeada de miles de hermanos, protegiendo a Alcaudete desde su Santuario, quiere ser Coronada para bien de la Iglesia Universal.
            Está siendo un proceso difícil, no exento de dificultades, todas ellas desde fuera de la ciudad. Desde el centro logístico del Santuario han salido y entrado miles de firmas y adhesiones allende límites y demarcaciones en latitudes regionales, nacionales e internaciones. Hacia dentro, un libro de visitas a la puerta del Santuario, donde se ven cada día agradecimientos y peticiones por parte de todos y de todas las clases sociales y de formas de pensar. Una intención, esta de ser coronada canónicamente, que ha sido superada en las primeras ilusiones y deseos. Hemos sido desbordados por el apoyo y las adhesiones de miles de personas, asociaciones, autoridades civiles y militares, Hermandades, sacerdotes, parroquias…
            De tal manera, que ese grito, que no de protesta, pidiendo su Coronación Canónica Pontificia, se ha convertido en un deseo irrefrenable de miles de personas e instituciones eclesiales y civiles. Un deseo, un anhelo que no puede silenciarse, ni ignorarse. Un deseo que de paralizarse o de negarse, echaría por tierra en Alcaudete algo que ya es lógico y normal. Porque la Santísima Virgen de la Fuensanta, hace ya siglos, que fue coronada por nuestros mayores. Un deseo que nos lleva a completar la caridad y la misericordia desde un Santuario que es atalaya de la Iglesia Católica, desde este rincón geográfico, que la Virgen de la Fuensanta ha convertido en oasis y paraíso.
            Debemos estar seguros que el paso del tiempo no nos desanimará y que, al final, veremos o verán hecho realidad este deseo unánime de ser coronada la Reina de todos los corazones de quienes se acercan a Ella. Los que somos devotos de la Santísima Virgen de la Fuensanta, trabajamos diariamente por imitarla, por llenar nuestro corazón de Dios y ponerlo a amar, como trabajo ordinario y sencillo. Junto con la Santísima Virgen de la Fuensanta queremos vivir en una permanente juventud interior y deseamos reactivar este deseo de verla coronada.

            A quienes tienen algunas responsabilidad en este anhelo, les pido que retomen esta petición unánime y alienten con sus decisiones este deseo grandioso de todo un pueblo como es Alcaudete, balcón a la humanidad desde la mirada humilde de su Santísima Virgen de la Fuensanta.

21 de enero de 2017

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO CANDELARIA


2 DE FEBRERO DE 2017

        En el Antiguo Testamento, a diferencia de lo que sucede en el Nuevo Testamento, Dios no aparece de forma visible: no se le puede tocar, no se le puede ver… Pero al mismo tiempo, está sumamente presente: el protagonista de la historia de Israel no es ni Moisés, ni David, ni Isaías, sino el Señor.
            El Evangelio de este domingo, interrumpiendo los domingos del Tiempo Ordinario, nos narra el encuentro de los dos compañeros de camino. Dios y su Pueblo Israel han caminado el uno junto al otro durante más de dos mil años. Han pasado por mucho los dos juntos. Hoy, después de todo ese recorrido el uno al lado del otro, por fin se encuentran cara a cara, se ven el uno al otro físicamente.
            Ese encuentro ya había sido anunciado anteriormente por los profetas. La profecía predecía incluso que tendría lugar en el Templo de Jerusalén. En la primera lectura hemos escuchado estas palabras de Malaquías: “De pronto, entrará en el santuario del Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis”.
            Estas eran las palabras de la antigua profecía. Pero fijémonos de qué modo tan sencillo y poco llamativo se cumplen. Entran en el Templo un joven matrimonio con su hijo primogénito, como tantos otros matrimonios que iban con su hijo para cumplir con la ley. La pareja es de condición más bien humilde. Se acerca a ellos un anciano, toma en brazos al niño y luego bendice a los padres. Después viene una mujer ancianísima, que –pensaríamos- seguramente no tiene otra cosa mejor que hacer que pasarse todo el día en el Templo, y empieza a hablar del niño a un grupito que se ha formado en torno. La escena no tiene nada de grandioso, no resulta especialmente impresionante. En cambio, fijémonos en cómo la describe el profeta Malaquías: “Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: será como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de leví, y presentará al Señor la ofrenda como es debido”.
            Y ese grupito de personas que se ha formado en torno a la escena, y que aparentemente no son más que unos pocos curiosos, nos dice San Lucas que en realidad son “los que aguardaban la liberación de Jerusalén”, es decir, son el verdadero Israel.
            ¡Qué distintas son las cosas vistas con los ojos de Dios! A menudo nuestra existencia nos puede parecer gris, anodina. Pero si el Señor levantara el velo, si aunque sólo por un instante nos mostrara cómo es en realidad a sus ojos un día cualquiera de nuestra vida, nos quedaríamos asombrados y quizá también un poco asustados. Pues eso lo que le pedimos al Señor: que nos vaya revelando cómo es en realidad nuestra vida vista con sus ojos. Se lo pedimos a Jesús por intercesión de la Virgen María y de San José, que hoy comenzamos el ejercicio de los siete domingos.


QUE ASÍ SEA

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


5 DE FEBRERO DE 2017


           “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. Muchos de los que estáis aquí presentes os acordáis de cómo iniciamos la Vigilia Pascual el Sábado Santo por la noche: Se enciende el cirio pascual nuevo y cuando el sacerdote avanza por el pasillo central, cada uno va cogiendo la luz del cirio; se la va pasando a otros, y estos a otros hasta que, en muy poco tiempo, toda la iglesia, que estaba a oscuras, queda iluminada. Este rito representa muy bien el modo en que se transmite la luz de Cristo resucitado.
            Jesús vino al mundo para propagar su Evangelio por toda la tierra. Para lograrlo, no se puso a escribir un libro, ni a hacer otra cosa parecida. Cuando las personas queremos extender un mensaje o una idea, lo primero que pensamos en ponerlo por escrito, o bien en un libro o en algún twitter o en algún medio en las redes sociales, para después lanzarlo a los cuatro puntos cardinales.
            Jesús no hizo eso, no escribió nada. Él, que ha creado al hombre, conoce perfectamente su corazón y sabe que lo que de verdad conmueve a sus criaturas no son las palabras ni los argumentos fáciles. Por eso, para propagar su Evangelio hizo algo muy distinto: Envió testigos. Llamó a Pedro, Santiago, Juan y a los demás apóstoles para que fueran sus testigos por todo el mundo.
            La experiencia de encontrarse con un testigo de Jesús es muy especial. Es como si por fin se encontrara lo que durante mucho tiempo hemos buscado a oscuras, lo que teníamos dentro pero no nos venía las palabras a la boca. Es lo que sintió Timoteo cuando conoció a Pablo, o a San Policarpo cuando conoció a Juan. Es lo que hemos experimentado tantos y tantos de nosotros cuando hemos entrado en contacto con los que nos han predicado y nos han servido de testigos de la fe.
            Los que fueron evangelizados se convirtieron a su vez en evangelizadores. Lo que habían experimentado cuando conocieron a los discípulos, lo sentían ahora quienes entraban en contacto con ellos. Por ejemplo, es lo que sintió Ireneo cuando conoció a Policarpo, lo mismo que este cuando conoció al apóstol San Juan. Ireneo llegó a ser obispo de Lyon y debía su fe a Policarpo. En torno al año 200, siendo ya anciano, el Obispo escribió una carta a un amigo en la que le decía: “Yo me acuerdo más de los hechos de antes que de los recientes. Lo que se aprende de niño va creciendo con el alma y se va haciendo uno con ella. Tanto que puedo incluso decir el sitio en que el bienaventurado Policarpo dialogaba sentado, así como sus salidas y sus entradas, la índole de su vida y el aspecto de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus relaciones con Juan y con los demás que habían visto al Señor y cómo recordaba las palabras de unos y otros”.
            Podemos pensar que el significado del rito con el que empezamos la Vigilia Pascual, es esto mismo que acabamos de escuchar de los primeros cristianos. Representa el modo en que ha ido transmitiéndose la luz de Cristo hasta el día de hoy, de persona a persona, de testigo a testigo.
            Que también a través de nosotros siga transmitiéndose la llama de la luz de Cristo resucitado. Se lo pedimos por intercesión de la Virgen María, su Madre y nuestra Madre.



QUE ASÍ SEA