12 de diciembre de 2017

III DOMINGO DE ADVIENTO


17 DE DICIEMBRE DE 2017

         Todos nosotros hemos pasado por muchos momentos en que no nos ha apetecido que nos hablen de alegría, o que nos alegren la vida; porque, dadas las circunstancias, esa alegría nos ha parecido un sueño iluso e inalcanzable, e incluso, sonreír en esos momentos nos ha sonado a una provocación insoportable.
         De hecho, cuando pasamos por circunstancias negativas y tristes, como le suelen pasar a personas que viven amargadas por cualquier motivo, se lleva muy mal aquello que pueda representar una auténtica alegría, esa alegría que nos puede asomar a la esperanza.
         Pues este domingo, III del tiempo de Adviento, tiene un mote, un apodo; es el domingo de “gaudete”, el domingo de “alegraos”. Desde hace unas semanas, venimos repitiendo exactamente igual que lo que vamos a decir este domingo: que el camino del Adviento nos debe conducir a un cambio en nuestras vidas cristianas, a un allanar los caminos abajando los orgullos y las soberbias altivas, enderezando los entuertos, desmantelando las mentiras y las trampas, desarmando los conflictos, los enfrentamientos y las enemistades… Para que el Señor vuelva a entrar de lleno en nuestro quehacer diario.
         Pero el tiempo de Adviento que estamos viviendo no es un tiempo triste, de gran penitencia y renuncia, en el que ponemos la atención en nuestro esfuerzo, como si el Señor viniera “forzado” por nuestra generosidad o impresionado por nuestra conversión. El Señor se va a fijar en la preparación, esfuerzo y colaboración que hemos hecho en este tiempo. Su venida es gracia, es un don y un regalo para todos nosotros.
         Por todo esto, esta Misa que estamos celebrando, se llena de signos y palabras que nos vienen a recordar que la alegría cristiana se llama también esperanza, porque la esperanza cristiana produce la alegría.
         El profeta del AT, que viene acompañando en este camino como uno de los protagonistas, entreviendo el día de la llegada del Mesías, exclamaba: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”. Este es el anuncio de verdadera alegría: nuestra tierra no es maldita, nuestros corazones no están secos, porque algo va a suceder que llenará de luz, verdad e inocencia.
         Esa buena noticia era aquel que todos esperaban, y que el Bautista anunció como Luz. Vuelve a salir el tema del Adviento como preparación real para una venida real de Jesucristo a nuestras vidas. Porque sólo quien toma conciencia de sus oscuridades, puede de verdad esperar a alguien que le traiga la luz. La alegría de saber que un mundo nuevo empieza cada vez que hacemos hueco en nosotros y entre nosotros, al Reino de Dios que Jesús nos trajo. Esta es la buena noticia: vendar los corazones desgarrados, rehabilitar a los cautivos y libertar a los prisioneros (sean cuales sean los desgarrones, las cautividades y las prisiones). Dios viene. El año de gracia es proclamado. Se nos invita a brindar con la alegría honda y duradera, la que nace de la esperanza del don de una Persona que es nuestra Buena Noticia. Así lo celebramos, humildemente ciertos de esta razón de esperanza que con la alegría cristiana se nos ha dado.

QUE ASÍ SEA

4 de diciembre de 2017

II DOMINGO DE ADVIENTO


7 DE DICIEMBRE DE 2017

         En la Eucaristía dominical de hoy hacemos la segunda parada en este camino litúrgico de Adviento. No olvidemos que nos encaminamos hacia la Navidad. Y ya nos vamos a encontrar con los protagonistas principales que nos van a acompañar en este itinerario de espera y de esperanza.
         En el Evangelio hemos escuchado las palabras de Juan el Bautista, como un eco de aquellas otras que muchos siglos antes pronunció el profeta Isaías y que hemos oído en la primera lectura. Juan el Bautista es el que recoge siglos después esta serie de imperativos y de mandatos que ahora podemos recordar: “Consolad a mi pueblo…, gritadle que se ha cumplido su servicio…, preparadle un camino al Señor, allanad la estepa, alzad los valles, abajad las colinas, enderezad lo torcido, igualad lo escabroso…” Esto es lo que dijo Isaías, aunque Juan el Bautista lo proclama más escueto, sencillo y resumido: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos”. Ambos profetas coinciden en el mismo mensaje: Que el Señor va a llegar y que su llegada no se puede improvisar. Que tenemos que tener todo previsto y preparado.
         Los grandes maestros de la espiritualidad en la Iglesia siempre nos han recordado los diversos advientos que se suceden y, como consecuencia, las tres llegadas del Señor: una primera, la que sucedió hace ya dos mil años cuando vino en la humildad de nuestra carne, en una gruta en Belén; una segunda, la que acontecerá al final de los tiempos, cuando Cristo Jesús vuelva en su gloria; y, una última, la que deseablemente acontece en la vida del creyente que acoge al Señor cada día, en la oración, en la confesión, en la comunión… Por eso, la actitud justa de un cristiano no es la nostalgia por aquella primera llegada del Niño Jesús a Belén, ni tampoco el temor por la última venida, al final de los tiempos. La actitud de todo cristiano que quiere celebrar en serio la venida diaria de Dios, es precisamente prepararse en el sentido que indican los dos grandes profetas de hoy: Isaías y Juan Bautista.
         Y, entremos en lo concreto y en lo práctico. ¿Cómo hago lo que me dicen estos dos profetas?, es decir, ¿cuáles son los montes que tengo que allanar, los entuertos que tengo que enderezar, los errores que tengo que corregir, los extravíos que tengo que devolver a la senda de la verdad…? Esta es la tarea que cada uno deber ir viéndolo personalmente.
         Un cristiano, como nosotros, que nos proponemos celebrar la Navidad cristianamente, debemos saber que el mensaje de Isaías y de Juan Bautista no es la consabida cantinela que corresponde a este tiempo, -que si todo está muy mal, que tiempos pasados fueron mejores, que con lo que está cayendo…-, sino que, efectivamente, hay que ir preparando ya nuestros caminos para vivir en cristiano este tiempo en que parte ha sido secuestrado paganamente.
         Mirando a Dios, mirando a nuestro alrededor y mirando a nuestra propia conciencia personal, sin lugar a dudas que hallaremos en nuestra vida pensamientos, palabras, acciones y, también, omisiones que están pidiendo una revisión para que el Señor pueda transitar nuestros caminos y nosotros recorrer sus senderos.
Tiempo de Adviento, tiempo de cambio, de reconciliación, de conversión. Un tiempo en el que poner nombre a nuestra espera, para que no sea jamás vana nuestra esperanza.



QUE ASÍ SEA

INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


8 DE DICIEMBRE DE 2017

Con toda la intención del mundo, la Iglesia coloca en pleno tiempo de Adviento esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La mujer de Nazaret, concebida por sus padres, nació sin pecado original. Era la que iba a ser digna morada de Jesús. Con Ella, el rostro, la palabra y la voz de Dios, Jesucristo, entra en la historia de la humanidad.
María es nuestro modelo, en este Adviento, de cómo debemos prepararnos para el encuentro con el Señor que viene, que ya se acerca, porque María es el inefable amor y limpieza de alma con que esperó el nacimiento de su Hijo Jesucristo, el Hijo de Dios.
Dios creó al hombre por amor y le hizo la mejor de las casas, como es este mundo, para que fuera feliz. Pero el pecado, la acción deliberada del hombre en contra de las leyes que regula su vida, entró en el mundo, y con el pecado, la muerte. El pecado no sólo corrompe al hombre y lo aleja de Dios, sino que lo convierte en alguien socialmente peligroso. Y lo estamos viendo todos los días, en las noticias y telediarios: Guerras, atentados terroristas, torturas, violencia doméstica, corrupción, libertinaje, deportaciones, condiciones laborales degradantes… En los últimos tiempos, siempre ha sido la Iglesia la que ha levantado su grito contra todas estas situaciones infamantes que degradan la civilización humana.
Sin embargo, Dios no abandona al hombre por ese camino oscuro. Promete y lleva a cabo el nacimiento de una Mujer, que nacerá sin esta mancha de pecado y que mantendrá una enemistad perpetua y para siempre con el autor del mal a quien, como dice la Escritura, finalmente le aplastará la cabeza. Y este hecho y esta realidad es lo que celebra hoy la Iglesia.
Este gran misterio, que afecta a nuestra salvación, en sus comienzos, lo vamos a rezar en el prefacio de la Misa: “Purísima debía ser la que diera a luz al Salvador que quita los pecados del mundo”. Desde siempre, en la misma Tradición de la Iglesia, sin interrupción alguna, se ha entendido las palabras del Ángel –“Salve, llena de gracia, el Señor está contigo”-, para hablarnos de su concepción inmaculada, la nueva Eva, por la que recuperamos la vida que nos trae Jesucristo.
A nuestra Madre, la Virgen María, nos la encontramos siempre al inicio del acontecimiento salvífico que Dios llevó a cabo con los hombres, como en el mismo corazón. Todo empezó con su “sí” a Dios, como detonante necesario para poner en marcha la gran obra de la Redención obrada por Jesucristo.
Vamos a considerar la actitud de la Virgen María, en su plena obediencia a los planes de Dios, a sus designios y que nos anuncian un nuevo nacimiento, una nueva época, con aquella desobediencia de los primeros hombres en el paraíso. Si lo enfrentamos, podemos advertir la diferencia que media entre la entrega fiel a los planes de Dios y el enfermizo deseo de “ir a la nuestra”, de poner por delante nuestros planes y de enfadarnos cuando no salen para adelante.
María, en la Solemnidad de hoy, nos enseña que decir “sí” a Dios es unirse a los grandes proyectos que Dios, nuestro Señor tiene sobre la humanidad. Es lo que recordaba un santo actual: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, -no lo olvides-, dependen muchas cosas grandes”.
María es la nueva Eva, recuerdo de lo que era la mujer "al principio" y promesa de lo que será: hija de la Resurrección. En María se ha realizado plenamente el proyecto de Dios sobre la humanidad. Ella fue concebida sin mancha para que Jesucristo tuviera una digna morada. ¡Purifiquémonos con una buena Confesión ahora que se acerca la Navidad¡ ¡Solicitemos su ayuda para cumplir el querer de Dios! ¡Ella puede hacer por nosotros más que nadie!

QUE ASÍ SEA