20 de marzo de 2017

IV DOMINGO TIEMPO DE CUARESMA


26 DE MARZO DE 2017

            En la primera lectura hemos asistido a la unción como rey de David por el profeta Samuel. El último de muchos hermanos, que estaba guardando el rebaño en el campo, fue ungido delante de su familia. Pero no es esto lo que nos sorprende, porque lo hemos escuchado en muchas ocasiones. Lo sorprendente viene ahora. Que después de ser ungido rey de Israel, todo sigue igual. Cuando terminó el rito de la unción con aceite derramado sobre la cabeza, su padre lo volvió al campo a guardar el rebaño. Es más, sus hermanos le siguen utilizando como el “niño de los recados”. Y aquel profeta, aparecido de pronto, volvió a desaparecer. Los que presenciaron estos ritos en ungir a un nuevo rey de Israel no han entendido nada.
            Los únicos que supieron de qué iba el tema eran Samuel y el propio David. Es verdad que David ha recibido las gracias singulares y necesarias para llevar a cabo la misión que Dios le ha encomendado y para lo que ha enviado al profeta Samuel, gobernar a las doce tribus de Israel como un solo pueblo. Pero él obedece a su padre y sigue guardando el rebaño de la familia.
            Pero todo esto no es del todo cierto. Aunque todo seguía igual, aquellas gracias sembradas por Dios en el interior de David ya habían comenzado a trabajar y a madurar en él, sin que él se diera cuenta. Tan sólo que esperaban el momento oportuno para manifestarse y darse a conocer. La primera manifestación vino al cabo de algunos años, cuando el joven David tuvo que enfrentarse con el gigante filisteo Goliat. La victoria que obtuvo no fue gracias a su fuerza, que era escasa, ni a su astucia de la que no tenemos conocimiento. Fue gracias a la unción que David había recibido años atrás. Aquella unción que parecía que no había cambiado nada las cosas, empezaba ya a manifestar sus efectos, a dar los frutos por los que habían sido sembrados en el corazón de aquel joven, futuro rey de Israel.
            Si hemos entendido esto, ahora sí podemos entender mejor lo que sucede en nuestra vida cristiana con los sacramentos. Recibimos un sacramento y aparentemente no sucede nada. Un niño pequeño es bautizado y sigue siendo igual, aparentemente no ocurre nada. Un niño recibe por primera vez la comunión y creemos que ha hecho más efecto los regalos que la misma comunión. Cuando una persona se confiesa, aunque sentimos consuelo, alivio y paz, pero parece que nos sentimos igual que antes. O cuando venimos los domingos a misa: Tenemos la impresión cierta de que salimos lo mismo que como entramos. Hemos escuchado la Palabra de Dios, quizás hasta hayamos comulgado…, pero no ha cambiado nada en nosotros. Todo sigue igual. Nosotros seguimos siendo los mismos y nuestras circunstancias siguen también siendo las mismas.
            Pero también estamos convencidos que la gracia de los sacramentos nunca descansan, nunca están ociosas sin producir. Eso solo ocurre en los arrendatarios de la viña que no querían rendir cuentas a su dueño. Desde el primer momento, la gracia de los sacramentos empieza a hacer su trabajo. Aguarda el momento oportuno. Y cuando éste llega, se manifiesta con toda su fuerza y con todo su esplendor.
            Es el momento, en este tiempo de cuaresma, cuando ya hemos iniciado la segunda parte de este camino, de pedir insistentemente al Señor que crezca en nosotros el convencimiento de que el poder de los sacramentos, más temprano que tarde, harán aparecer los frutos por los que Dios un día los puso en nuestro interior, en nuestro corazón.


QUE ASÍ SEA

16 de marzo de 2017

SOLEMNIDAD SAN JOSÉ



20 DE MARZO DE 2017

            Hacemos una parada festiva en este intenso camino de la Cuaresma, para celebrar la Solemnidad de San José, Patriarca y Patrón de la Iglesia Universal. Aunque su devoción no se remonta a los principios del Cristianismo, su presencia en la Iglesia es inolvidable. Desde aquellos tiempos de Santa Teresa de Ávila, su devoción ha venido creciendo sin parar. Fue el futuro San Juan XXIII, que era muy devoto suyo, quien introdujo su nombre en un canon de la misa. Pero ha sido el Papa Francisco, cuyo pontificado inauguró hace hoy un año, en la fiesta de San José, quien mandó que San José fuera mencionado en las cuatro plegarias eucarísticas. En otras épocas de la historia de la Iglesia, la devoción fue dirigida hacia otros santos y mártires, dejando a San José como figura más desapercibida.
            Aparentemente, no aportó mucho a la Historia, pero en realidad, su papel fue decisivo. ¡Qué importante sería para la Virgen María! Después de quedar embarazada, es de suponer que María estaría inquieta, llena de incertidumbre, nerviosa. La Virgen confiaba plenamente en el Señor y sabía que acudiría en su ayuda, pero probablemente ignoraba el modo concreto en que iba a resolver la situación tan delicada que se había creado. Qué tranquilidad y qué paz supondría para Ella el ver que Josl quien le introdujo en elal, el confesor ordinario de San Pablo. Fue  a resolver la situacib introdujo su nombre en un canon deé la creía, la comprendía y la acogía.
            San José fue también importantísimo para Jesús. Dios se sirvió de José –de su obediencia heroica a lo que le dijo el ángel en sueños- para salvar a su Hijo de las garras de Herodes.
            ¡Cuánto debe la humanidad a personas que son prácticamente desconocidas! Por ejemplo, ¿a quién le suena “un tal Ananías”? Pues fue lo que hoy llamarl quien le introdujo en elal, el confesor ordinario de San Pablo. Fue  a resolver la situacib introdujo su nombre en un canon deíamos el director espiritual, el confesor ordinario de San Pablo. Fue él quien le introdujo en el Cristianismo. Jesús, cuando se le apareció a Saulo camino de Damasco, le dijo: “Ve a Damasco, donde Ananías. Haz lo que él te diga”. Probablemente, muchas de las cosas que nos enseña San Pablo en sus cartas las aprendió de labios de su maestro Ananías.
            Otro ejemplo. Este nos suena más. Santa Mónica, la madre de San Agustín. Sin la oración incansable y perseverante de la santa, no tendríamos hoy en el elenco de los santos a San Agustín. Y seguro que hay otras muchas “Mónicas” cuyos nombres no conocemos. Madres de grandes santos, sin las cuales esos niños quizá nunca hubieran llegado a serlo.
            Otro ejemplo y no de una persona. Me refiero a los Salmos. De la mayoría de ellos no sabemos quién es el autor humano. Pero con el texto de ese autor desconocido, rezan millones y millones de creyentes de todos los tiempos; hallan en ese texto consuelo y fuerza para vivir.
            Si al cualquiera nos preguntaran quiénes son los grandes benefactores de la humanidad, normalmente nombraríamos a personas ilustres, muy conocidas, a las que estudian los niños en las escuelas. Si esa misma pregunta se la hiciéramos al Señor, seguramente obtendríamos otra respuesta. Que San José, en este día suyo, nos enseñe a contemplar a las personas y a los acontecimientos con los ojos de Dios, es decir, con los ojos de la fe.


QUE ASÍ SEA

III DOMINGO TIEMPO CUARESMA



19 DE MARZO DE 2017

            Un pasaje largo del Evangelio, donde Jesús se encuentra con una mujer samaritana en el pozo que Jacob dio a sus hijos para abrevar al ganado. Ya el escuchar el Evangelio es una homilía en sí misma. Pero podemos descubrir, brevemente, algún punto de reflexión. Y este punto puede seguir siendo la oración.
            La oración es el punto de soporte fundamental para la vida cristiana. Sin oración no somos nada, porque no nos relacionamos con nadie. La oración es para la vida cristiana, lo que últimamente es para los hombres las redes sociales y la palabra. Sabemos utilizar las redes sociales de Internet, manejamos el móvil de última generación, pero nos seguimos preguntando cómo rezar. Pues la respuesta es bien fácil: La oración personal, el trata íntimo con Dios es hacer lo que hizo la samaritana. Ni más ni menos. Es hablar con Jesucristo con sinceridad, con naturalidad. Leemos el libro de instrucciones de ese móvil que tenemos en las manos, pero seguimos preguntando de qué voy hablar con Jesús. La respuesta nos la da la misma samaritana: De lo que llevamos dentro: Ilusiones, esperanzas, preocupaciones, inquietudes, tristezas, alegrías…
            Sí es verdad que aquella mujer, sorprendida porque un judío se dirigiera a ella, comenzó la conversación de una manera frívola, sin ninguna profundidad ni seriedad. Muy superficial. Pero Jesús, que ya conocía su pasado, su historia y el fondo de su corazón, se encarga de ir profundizando hasta llegar a la raíz del alma atormentada de aquella mujer. Esto nos enseña que no hemos de preocuparnos porque lo que le digamos al Señor nos parezca muy poco profundo o superficial. Porque Jesús ya se encargará que la conversación se haga más trascendente e interesante.
            El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el espíritu santo que se nos ha dado”, hemos oído de San Pablo. Desde el momento de nuestro Bautismo, el Espíritu Santo entró en nosotros. Y desde ese instante Él ha sido y es nuestro timón que guía nuestra vida. Él pone en nuestros corazones las inspiraciones, las insinuaciones, las mociones necesarias para el trato con Dios. Es esta una invitación a que miremos en el fondo de nuestra alma para encontrar allí esa ayuda y la orientación del Espíritu Santo para nuestra vida.
            Estar en gracia de Dios, se parece a una llama de fuego, delicada que se va apagando poco a poco si no se alimenta. Este alimento se recibe con la oración personal frecuente, cuando no a diario. De tal manera que cuando no se reza, se va olvidando la presencia del Espíritu Santo en nuestro interior. Sin embargo, cuando se hace oración, el soplo del Espíritu Santo llega hasta dentro y se vuelve a prender el fuego del Espíritu.
            Y, por último, lo hemos escuchado de Jesucristo: “El que beba del agua que yo le daré…” En esto consiste la oración, en beber del agua. Son los momentos en que brota en nosotros el agua del manantial. La vida se vuelve clara, viva, luminosa, sencilla. Cuando construimos el entorno de la oración, nos resulta muy fácil encontrar a Dios en todo lo que hacemos, porque su presencia es más intensa. Dios cambia nuestra vida, cuando cada uno de nosotros nos hacer personas que perseveramos en la oración.

QUE ASÍ SEA

6 de marzo de 2017

II DOMINGO TIEMPO DE CUARESMA


12 DE MARZO DE 2017

            A lo largo de la Cuaresma vamos repitiendo las mismas características: Ayuno, limosna y oración. Este domingo podemos considerar una de ellas, la oración. El Señor Jesús nos pide que en estos días cuidemos de una manera especial la oración.
            Lo primero que nos damos cuenta es que la oración no siempre es igual. En ocasiones nuestros ratos de oración resultan secas, ásperas, a contrapelo; nos topamos con muchas dificultades; nos sentimos solos y parece como si el Señor se hubiera marchado y olvidado de nosotros.
            Otras veces, en cambio, sucede todo lo contrario y nos parece que estamos siendo protagonistas en la cima del monte Tabor: Allí Jesús se hace muy visible, de forma muy viva, casi podemos notarlo a nuestra lado; la vida de oración en esos momentos se vuelve fácil, gozosa, que nos proporcionar grandes satisfacciones. Nos pasa como le pasó a Pedro: “¡Qué bien se está aquí!”.
            Pero tenemos que tener los ojos bien abiertos para darnos cuenta que si hay momentos en la vida cristiana que se parecen más al ambiente de la Transfiguración allá en lo alto del monte Tabor, es porque ha habido anteriormente temporadas de aridez y secas. Si Dios permite que haya momentos alegres, gozosos, serenos, ha sido gracias a que han estado precedidas por tiempos de mucho desierto.
            En esos períodos duros, difíciles, Dios, sin que nosotros nos demos cuenta, nos va disponiendo, nos va preparando el corazón. Es un poco como la relación que existe entre las dos grandes partes de la Biblia: el AT con el NT. Si alguna vez hemos leído o escuchado textos del AT nos hemos dado cuenta que son áridos, secos, duros; mientras que los textos del NT son más gozosos y más suaves. Pero bien sabemos que sin el AT no hubiera existido el NT; era una preparación necesaria. En el NT Dios se hace presente de forma patente, sensible; se le puede ver, oír y tocar. En el AT, en cambio, a Dios no se le ve. Sin embargo, qué duda cabe de que está sumamente presente; cuanto más lo leemos, más claramente vemos que su protagonista no es Moisés, ni Elías, sino Dios mismo, quien de forma invisible pero bien real, lo va conduciendo todo hacia la Encarnación.
            Realmente podemos pensar que también en nuestra vida de oración existen momentos de AT. Esas épocas áridas, más secas, en las que todo parece que se nos pone cuesta arriba, no son una pérdida de tiempo, igual que no lo fueron los siglos que precedieron a la Encarnación. Nos puede parecer que el Señor se ha ausentado, pero en realidad está sumamente presente, disponiéndonos y preparándonos para los dones que nos tiene reservados.
            Pedro, Santiago y Juan, para poder ver a Jesús transfigurado, tuvieron que escalar el monte. Para nosotros el monte es esa oración de aridez, severa, en la que parece que Dios se ha ausentado. Pues por la intercesión de estos tres predilectos del Señor y la de María, la reina de los Apóstoles, pidamos al Señor que haga de nosotros personas perseverantes en la oración.


QUE ASÍ SEA

4 de marzo de 2017

27 de febrero de 2017

I DOMINGO DE CUARESMA


5 DE MARZO DE 2017

      La tentación es algo que todos, en un momento o en otro, todos padecemos frecuentemente, cuando no a diario. La tentación no deja de ser una experiencia dura y en ocasiones muy humillante, porque saca fuera de nosotros, ante los demás las debilidades que a todos nos cuesta reconocer y que nos avergüenza.
            De cómo afrontemos la tentación cada uno de estos momentos, depende, en buena medida, el rumbo de nuestra vida: si cedemos a ella, nuestra existencia poco a poco se va degradando y la conciencia pierde su finura, se va como haciendo cada vez más pesada; en cambio, si superamos la tentación, salimos de ella renovados, fortalecidos, rejuvenecidos.
            Y a todo esto, Dios no nos deja solos ante la tentación: para ayudarnos a hacerle frente, coloca en nuestro interior al Espíritu Santo, el cual ilumina nuestra mente y nos ayuda así a discernir cuál es la mejor forma de proceder; también enciende nuestro corazón y lo fortalece.
            Todos hemos experimentado más de una vez cómo el Espíritu Santo nos ha ayudado a vencer la tentación: La acción del Espíritu está llena de fuerza, pero al mismo tiempo es suave, porque no le va la violencia, no le gusta avasallar, sino que prefiere persuadirnos dulcemente y aconsejarnos con suavidad. Y eso puede hacerlo por lo bien que conoce nuestro corazón: de hecho, lo comprende mejor y más profundamente que nosotros mismos.
            El Espíritu Santo sabe muy bien qué es lo que sentimos los hombres, lo que experimentamos cuando somos tentados. Ahora bien, Él es Dios y por su propia naturaleza no puede ser tentado: Entonces, ¿cómo es capaz de entendernos así de bien, casi como si fuera uno de nosotros?, ¿dónde ha hecho esa experiencia? En el desierto, durante aquellos cuarenta días de los que nos ha hablado el Evangelio de hoy.
            Por supuesto, Él lo sabe todo y lo conoce todo perfectamente desde toda la eternidad. Ahora bien, una cosa es conocer algo intelectualmente, y otra distinta haberlo experimentado carnalmente. Hasta que se hizo hombre, Dios jamás había padecido la tentación. En el desierto la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, la experimentó y el Espíritu Santo, uno a Él desde la eternidad, le acompañó en esta circunstancia de un modo nuevo.
            A veces quizá nos hayamos hecho esta pregunta: ¿Cómo es que Jesús, siendo Hijo de Dios, consintió en ser tentado por el diablo? Yo creo que Jesús lo permitió porque quería que el Espíritu Santo participara de esa experiencia suya; era consciente de que, de esa manera, podría ayudarnos mucho más eficazmente a vencer la tentación.
            Como acabo de decir, seguro que muchas veces hemos experimentado que el Espíritu Santo nos ayuda, desde dentro de nosotros mismos, a vencer la tentación. Pues si puede hacerlo así de bien, tan eficazmente, es gracias a que Jesús pasó por la humillación de ser tentado por el diablo. Demos gracias a nuestro Señor porque por amor a nosotros se dejó tentar por Satanás.



QUE ASÍ SEA