12 de febrero de 2018

I DOMINGO DE CUARESMA


18 DE FEBRERO DE 2018

         Acabamos de entrar en un nuevo tiempo litúrgico fuerte, llamado Cuaresma. Un tiempo que la Iglesia dedica a una conversión honda, para revisar humildemente nuestra verdad como cristianos hijos de Dios, reconociendo que hay cosas que olvidamos, otras cosas que no logramos ver con claridad, y otras de las que siempre seremos mendigos y necesitados.
         Este es nuestro camino. Un camino hacia nuestro interior. Un tiempo en el que el alma se repliega para revisarse en el silencio y en el desierto de la oración. Para llevar a cabo esta labor hemos de retirarnos de los ambientes mundanos, de la calle, porque sólo veremos esos ojos de burla y de compasión por los cristianos que tenemos que hacer penitencia por nuestros pecados. Ese ambiente que no quiere participar del espíritu de la cuaresma, porque –dicen- es una manía cristiana muy distante y distinta del mundo frívolo y divertido de la charanga y del carnaval. ¿Será verdad que a los cristianos nos gustan las cosas desagradables? ¿A cuento de qué viene esto de la cuaresma con sus ayunos, abstinencias, limosnas y plegarias?
         Lo primero que la Iglesia nos recuerda es que la cuaresma no es sinónimo de tristeza, como si a partir del miércoles de ceniza nos disfrazáramos de luto exagerado. Sin embargo, y nunca mejor dicho, damos la impresión de ser unos “cenizos”. Pero, ¿es así realmente? ¿Por qué nos empeñamos en hacer de la cuaresma un tapiz de hilos de oración, de ayuno y de limosna? Los cristianos somos invitados por la Iglesia a volver nuestro corazón a Dios. El andar como cristianos, el vivir tantas penalidades, escuchar tantas cosas, muchas de ellas contrarias, a nuestro alrededor, puede habernos traído no sólo el cansancio y el desgaste, sino el apagarse poco a poco el alma, sonreír menos y el corazón un poco más endurecido. Quizás hayamos dado más espacio al pecado.
         Necesitamos ir despegando con paciencia y decisión todos esos disfraces que oculta la verdad de Dios en nosotros. ¡Para eso es la cuaresma! Dolencias, arrugas, desencantos…, que a lo largo de estos cuarenta días queremos ir acercando al Señor para que Él nos vuelva a estrenar la salud, la gracia y la luz.
         Lo que vamos a escuchar de mil maneras a lo largo de este tiempo, es lo que hemos oído en el Evangelio del primer domingo de cuaresma: “Se ha cumplido el plazo, está cerca del Reino de Dios: convertíos y creed la Buena Noticia”. En medio de tantas malaventuranzas como nos rodean, de tantas pésimas noticias como nos acorralan, somos invitados a consentir que en nosotros Dios haga acontecer una Buena Noticia: su Reino en nosotros y entre nosotros. Hay que convertirse, creérselo, desearlo. Dejarse empujar por el Espíritu de Dios como Jesús, y con Él aprender que es posible todo recomienzo.

QUE ASÍ SEA

9 de febrero de 2018

5 de febrero de 2018

Carta del Obispo de Jaén a los Enfermos

“El enfermo, sacramento de Jesucristo”


Queridos diocesanos:

1  Os pido la misma atención y difusión para esta carta, como la que os pedí para la anterior, que trataba sobre la Comunión y el encuentro con Cristo en la Eucaristía. Ahora el encuentro es con el enfermo: “Estuve enfermo, y me visitaste” (Mt 25,36). En el enfermo está el cuerpo doliente de Cristo, y con el que se identifica. Es maravilloso saber que Jesús, el Hijo de Dios, en su deambular por la tierra; en sus caminos de servicio y anuncio del Evangelio, tuvo como preferidos a los enfermos, aunque esta preferencia nunca fuera en detrimento de ninguna otra necesidad. Pero es un dato objetivo que los enfermos fueron los que en la estadística de las relaciones de Jesús tiene el honor de ocupar el primer puesto. Se puede decir que ellos fueron los más atendidos.
2  Eso significa entonces que también los cristianos hemos de tener la preocupación por los enfermos como prioritaria en nuestra experiencia cristiana. Si eres familia, sanitario, vecino, si eres pariente o amigo de un enfermo y tienes fe, no te olvides de que el enfermo al que cuidas y visitas es “sacramento de Cristo”,en él está el rostro y el corazón de Cristo. Jesucristo se nos revela en cada enfermo.
3  Insisto en que esto lo digo, no porque no sea consciente de que al enfermo hay que cuidarlo con toda competencia, toda profesionalidad, con toda dedicación y con todos los medios posibles. Lo primero e inmediato es, por supuesto, atenderle del modo más urgente y exigente en calidad con que la sociedad, con sus recursos sanitarios, sea capaz de tratarlo en cada momento y en cada circunstancia. Por respeto a la dignidad humana hay que poner a disposición del enfermo todas las posibilidades y medios que la sanidad vaya encontrando en su espectacular proceso de desarrollo. Y todo, además, tendría que tener en el servicio sanitario un alto nivel de humanidad, ese que siempre es un plus imprescindible del servicio a los enfermos.
4  Aprovechando que la Iglesia celebra “La Jornada Mundial del enfermo”, con motivo de la celebración de Nuestra Señora de Lourdes, me voy a referir, sobre todo, a lo que los cristianos, en la pastoral de la Iglesia, hemos de hacer con los enfermos. Lo primero ha de ser que completemos ese grado de cariño que todo enfermo necesita, especialmente aquellos, por las razones que sea, no pueden tenerlo de su familia, que quizás no pueda llegar a tanto, como sucede en muchas ocasiones. Como cristianos debemos sumar a la atención sanitaria “la medicina del amor” que todo enfermo necesita, esa que no puede medir la ciencia o las administraciones competentes en la sanidad, pero sí debería valorar como algo necesario que la completa. La atención y los cuidados complementarios a la asistencia médica son siempre un servicio imprescindible en el doloroso proceso de cualquier enfermedad, tenga en el diagnóstico la gravedad que tenga. Por eso, quizás lo primero que tendríamos que hacer es cuidar y acompañar a las familias, con el estímulo de la fe y la caridad; pues siempre necesitan mucho apoyo, o bien material o bien moral, en los a veces tan largos procesos de acompañamiento de sus familiares enfermos.
5  La Iglesia está también atenta con el servicio específico que ella puede y debe ofrecer, tanto en una atención parroquial a los enfermos en sus casas, lo que sería como la medicina general o como el médico de familia. Es muy importante que cada parroquia, con la colaboración de voluntarios bien coordinados y acompañados, esté muy atenta y cercana a una atención lo más pronto y eficaz posible a cada enfermo o persona mayor que necesite cercanía y atención. Con una buena organización se puede tener una información, para que sea lo más rápido posible el consuelo y el servicio pastoral de la Iglesia. Es muy importante la prontitud la cercanía, o bien del sacerdote o de aquellos cristianos que tengan encomendada por la comunidad la pastoral del enfermo.
6  La Iglesia también está presente en los centros sanitarios con un amplio servicio pastoral al enfermo, a las familias a los profesionales católicos que precisen cualquier servicio y, sobre todo, afecto y estímulo. Los obispos, que solemos visitar a tantos enfermos en sus hogares, somos testigos de cómo les fortalece y ayuda la atención humana y espiritual que les ofrecen los capellanes y tantos voluntarios que dedican su tiempo a visitar acompañar y servir a los enfermos. Con su cercanía y con los servicios religiosos que ofrecen, como, por ejemplo, la oración compartida, la Comunión del Cuerpo de Jesucristo o el sacramento de la Unción de Enfermos, les acompañan y estimulan en la enfermedad.
7  En los hospitales, las personas idóneas a las que se les encomienda ese servicio, están siempre atentas a cualquier llamada, sugerencia o petición que reciban de los enfermos y sus familiares. La Iglesia sabe que tiene que ser como Jesús y por eso procura cuidar con mucho esmero y prontitud el servicio religioso en el ámbito de la enfermedad. Y les puedo asegurar que lo hacen muy bien, aunque en algunas ocasiones puedan encontrar obstáculos de quienes, por las razones que sean, no valoran la atención de las necesidades espirituales de los enfermos; que las tienen y, además, tiene derecho de recibirlas y la Iglesia obligación de dárselas en razón de su fe y de sus creencias religiosas.
8  En el entorno del enfermo, a veces, nos encontramos con personas que, si bien no son hostiles, si al menos son renuentes a que reciban el consuelo y la fortaleza que pide y necesita la fe del enfermo. A estos les sugeriría que tengan en cuenta la vida de la persona enferma a la que acompañan y que valoren como ha sido su experiencia cristiana; también les pediría que piensen que, en situación de enfermedad, incluso grave y terminal, el enfermo cristiano no suele tener miedo de lo que ofrece la Iglesia en nombre del Señor, sino que por el contrario, lo necesitan como la medicina espiritual que están deseando obtener.
9  Os cuento lo que me comunicó hace unos días una familia que quería transmitirme un mensaje de alguien muy querido para ellos, que a la hora de la muerte les encomendó que nos lo hicieran llegar al Papa y a mí. Más o menos estas fueron sus palabras: “Digan que soy muy feliz, que gozo de una gran paz, que sé que mi partida hacia la casa del Señor será inminente y, por eso, experimento la alegría de saber que pronto llegará mi encuentro con mi Padre Dios”. En el diálogo que tuve con esta familia pude comprobar que me hablaban de alguien que murió como vivió. Se cumplía en ella lo de San Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rm 14,8). Algunos, sin embargo, no pueden morir como han vivido porque, si no de un modo culpable, al menos sí irresponsablemente, impiden el contacto con el consuelo de Dios en la atención sacramental, proyectando su propio miedo en su familiar enfermo. Con este comportamiento el enfermo no puede morir con la fe y el sentido religioso con que han vivido.
10          En fin, qué queréis que os diga, mi consejo no es otro que le demos a cada enfermo lo que necesite, que si con alguien tenemos que ser especialmente generosos es con los que viven en esta situación de fragilidad. En lo sanitario tenemos que poner todo nuestro esmero para que a los enfermos no les falte nada de lo que necesiten, y en lo espiritual, a unos hay que ofrecerles todo lo necesario para que pasen ese trance tan difícil con el consuelo de la fe y a otros, para que encuentren la luz de la esperanza, que es incuestionablemente algo que todo ser humano busca y necesita. Y si en ese trance están la Santísima Virgen y su Bendito Esposo San José, tienen la mejor compañía en su enfermedad y para una buena muerte.
Con mi afecto y bendición.
+ Amadeo Rodríguez Magro,

Obispo de Jaén 

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


11 DE FEBRERO DE 2018

         Todos los evangelistas concretan en múltiples ejemplos la extraordinaria predicación de Cristo, su Buena Noticia. Nunca nos escriben cosas abstractas, sino que van desgranando poco a poco el secreto de su mensaje: Anunciar a todos los que quieran oírlo el Reino de Dios. Y esto lo hace a través de la enseñanza y de los signos que ven y oyen en Jesús de Nazaret.
         En esta ocasión, el protagonista de la escena que hemos contemplado en el Evangelio es un leproso. Hay que recordar la gran carga negativa que tenía esta enfermedad en aquellos tiempos: la dolencia física llena de sufrimiento y podredumbre, el rechazo social hasta niveles de dramatismo inhumano, y por si fuera poco también la maldición religiosa que consideraba la lepra como fruto del pecado del enfermo y de la ira de Dios.
         Si lo miramos bien, es algo terrible. Nos enfrentamos ante el encuentro de Jesús con una de las realidades más duras y dolorosas de su tiempo. Ante un encuentro donde se van describiendo notas de auténtica compasión. Aquel leproso que se acerca a Jesús, que de rodillas le suplica que le cure, si ese es su deseo. Que Jesús va y lo toca, como diciéndole que sí era su deseo…
         Una vez más, Jesús se deja llevar por su corazón misericordioso y se salta todos los protocolos socioreligiosos de entonces: Escucha al leproso, lo atiende como si fuera la única persona importante en el mundo, lo toca cuando estaba terminantemente prohibido, le muestra su compasión y, finalmente, lo cura.
         Preside la misericordia entrañable de esa luz de Dios que vino a disipar toda oscuridad. Y termina el relato con la “desobediencia” de este hombre a la advertencia de Jesús de no decírselo a nadie. En cuanto sale de aquel entorno, comunica a todos, y con gran fuerza, lo que a él le había ocurrido, haciendo del hecho una proclamación o predicación, es decir, lo mismo que hacía Jesús por toda Galilea.
         Esto es algo que siempre ha sucedido en la historia de la salvación cristiana: Cuando alguien ha sido tocado por la Gracia del Señor, el testimonio es imparable, sin pose ni fingimiento, como les pasó a los primeros discípulos que vieron a Jesús, que al encontrar a Simón le dirán: “Hemos visto al Mesías”.
         La pregunta que nos hacemos ante tantos otros leprosos y tantas otras lepras modernas (soledad, depresión, ateísmo, secularización, hambre, injusticia, guerra, drogas…), es cómo podría tocar hoy Jesús toda esta realidad. Y la respuesta que nos da la historia cristiana es siempre la misma: con nuestras manos. No hay otras manos. Así lo dispuso Él. Acercar a través de nuestra pequeña pero insustituible solicitud, la salvación y la Gracia que nos provienen de Él. Somos carne de Jesús. Somos su cuerpo. Los varios leprosos de la maldición marginada –sea cual sea su nombre y su tragedia- nos esperan. También ellos, como ojalá nosotros, quieren proclamar a quien quiera escuchar que el Señor ha hecho con ellos misericordia. Las lepras antiguas o las lepras modernas no tienen la última palabra, cuando el Reino de Dios ha comenzado y se sigue escuchando en el testimonio de los discípulos de Jesús.

QUE ASÍ SEA