10 de febrero de 2012

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

¡SI NO FUERA POR NUESTRAS MANOS… UNIDAS!

12 DE FEBRERO DE 2012

Todos los evangelistas (en este ciclo estamos siguiendo a Marcos) concretan en múltiples ejemplos la extraordinaria predicación de Cristo, su Buena Noticia. Nunca nos escriben cosas abstractas, sino que van desgranando poco a poco el secreto de su mensaje: Anunciar a todos los que quieran oírlo el Reino de Dios. Y esto lo hace a través de la enseñanza y de los signos que ven y oyen en Jesús de Nazaret.
En esta ocasión, el protagonista de la escena que hemos contemplado en el Evangelio es un leproso. Hay que recordar la gran carga negativa que tenía esta enfermedad en aquellos tiempos: la dolencia física llena de sufrimiento y podredumbre, el rechazo social hasta niveles de dramatismo inhumano, y por si fuera poco también la maldición religiosa que consideraba la lepra como fruto del pecado del enfermo y de la ira de Dios.
Si lo miramos bien, es algo terrible. No enfrentamos ante el encuentro de Jesús con una de las realidades más duras y dolorosas de su tiempo. Ante un encuentro donde se van describiendo notas de auténtica compasión. Aquel leproso que se acerca a Jesús, que de rodillas le suplica que le cure, si ese es su deseo. Que Jesús va y lo toca, como diciéndole que sí era su deseo…
Una vez más, Jesús se deja llevar por su corazón misericordioso y se salta todos los protocolos socioreligiosos de entonces: Escucha al leproso, lo atiende como si fuera el único importante, lo toca cuando estaba terminantemente prohibido, le muestra su compasión y, finalmente, lo cura.
Preside la misericordia entrañable de esa luz de Dios que vino a disipar toda oscuridad. Y termina el relato con la “desobediencia” de este hombre a la advertencia de Jesús de no decírselo a nadie. En cuanto sale de aquel entorno, comunica a todos, y con gran fuerza, lo que a él le había ocurrido, haciendo del hecho una proclamación o predicación, es decir, lo mismo que hacía Jesús por toda Galilea.
Esto es algo que siempre ha sucedido en la historia de la salvación cristiana: Cuando alguien ha sido tocado por la Gracia del Señor, el testimonio es imparable, sin pose ni fingimiento, como les pasó a los primeros discípulos que vieron a Jesús, que al encontrar a Simón le dirán: “Hemos visto al Mesías”.
Hoy estamos celebrando la campaña contra el hambre que nos presenta la ong de la Iglesia, Manos Unidas. La pregunta que nos hacemos ante tantos otros leprosos y tantas otras lepras modernas (soledad, depresión, ateísmo, secularización, hambre, injusticia, guerra, drogas…), es cómo podría tocar hoy Jesús toda esta realidad. Y la respuesta que nos da la historia cristiana es siempre la misma: con nuestras manos. No hay otras manos. Así lo dispuso Él. Acercar a través de nuestra pequeña pero insustituible solicitud, la salvación y la Gracia que nos provienen de Él. Somos carne de Jesús. Somos su cuerpo. Los varios leprosos de la maldición marginada –sea cual sea su nombre y su tragedia- nos esperan. También ellos, como ojalá nosotros, quieren proclamar a quien quiera escuchar que el Señor ha hecho con ellos misericordia. Las lepras antiguas o las lepras modernas no tienen la última palabra, cuando el Reino de Dios ha comenzado y se sigue escuchando en el testimonio de los discípulos de Jesús.
QUE ASÍ SEA

6 de febrero de 2012

CARTA PRELADO OPUS DEI FEBRERO 2012

El fruto maduro de la caridad es la unidad. 
Tan deseada en la Iglesia, el Prelado propone diversas maneras para vivirla en el día a día.



Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Tengo la alegría de comunicaros que el Santo Padre me recibió en audiencia hace dos días, el 30 de enero. Como en otras ocasiones, acudí a ese encuentro acompañado de vuestra oración. Al expresarle los deseos de fidelidad a Dios como cristianos, de los fieles y Cooperadores de la Prelatura, le aseguré una vez más la constante oración de todas y de todos por su Persona y sus intenciones. El Papa, como siempre, se mostró muy afectuoso: agradeció el servicio que la Obra presta a la Iglesia y me encargó que transmitiera su bendición a los fieles y a las labores apostólicas en el mundo entero.

Secundemos siempre las enseñanzas de su magisterio, con el afán de ofrecer nuestra ayuda total a la Santa Madre Iglesia. Vivamos a diario la realidad del Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam: quered mucho al Romano Pontífice, y secundemos la preparación para el Año de la fe que proclamará dentro de algunos meses, para crecer en esta virtud y llegarnos a muchas gentes.

La semana anterior, con la fiesta de la conversión de san Pablo, finalizó el octavario por la unidad de los cristianos. Demos gracias a Dios por los progresos que poco a poco, bajo la guía del Espíritu Santo, se están cumpliendo en esa dirección, y pidamos al Paráclito que su gracia se manifieste cada vez con mayor eficacia: que mueva los corazones de los que se honran con el nombre de cristianos a fin de que se cumpla el anhelo de Jesús en la Última Cena: ut omnes unum sint, sicut tu, Pater, in me et ego in te![1]: que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y Yo en ti.

En la Obra rezamos cada día esta oración pro unitate apostolatus: así lo dispuso san Josemaría en los comienzos mismos del Opus Dei. Y, a lo largo de los años, nos insistió en la importancia de esta plegaria, instándonos a rezarla porque la vivamos. Nuestro Padre deseaba ardientemente que la súplica por la unidad de todos los que creen en Cristo —más aún, de todos los hombres— fuera respaldada por el empeño de hacerla realidad, ante todo, en la propia vida.

Nuestros hermanos en la fe, los primeros cristianos, nos han dejado una enseñanza clara: perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones[2]. Muchas veces nos hemos detenido en este resumen de la historia de la Iglesia primitiva: un texto al que recurría frecuentemente nuestro Padre, hasta el punto de que lo quiso grabar en el friso de uno de los primeros oratorios de la Obra; y del mismo modo procedió en el del Pensionato, en Roma, cuando dispuso que se pintaran esas palabras en la pared. Afirmaba siempre que el espíritu del Opus Dei es espíritu de primitiva cristiandad[3]; y nos impulsaba a que, en todo momento, tratásemos de comportarnos con la coherencia de conducta de quienes abrieron el camino de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI, al comentar las características que definen a la primera comunidad cristiana de Jerusalén, como lugar de unidad y de amor[4], ha puesto en resalte que san Lucas no se limita a describir una situación ya pasada, sino que nos ofrece esto como modelo, como norma de la Iglesia presente, porque estas cuatro características deben constituir siempre la vida de la Iglesia[5]. Efectivamente, la fidelidad a la doctrina de los Apóstoles; la unión de almas y de corazones; la celebración de la Sagrada Eucaristía y la asiduidad en la oración constituyen los pilares de la auténtica vida cristiana, necesarios para que la Iglesia cumpla plenamente su misión en el mundo.

En este contexto de la plegaria por la unidad, deseo referirme concretamente a la caridad que unía a aquellas mujeres y a aquellos hombres. Como refiere también san Lucas, la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma[6].

La unión de los cristianos es don del Espíritu Santo, que hemos de implorar con una oración asidua. Pero esa plegaria ha de estar sazonada por la caridad. Convenzámonos, como afirma el Santo Padre, de que nuestra búsqueda de unidad se puede realizar de manera realista si el cambio se da ante todo en nosotros mismos y si dejamos que Dios actúe, si nos dejamos transformar a imagen de Cristo, si entramos en la vida nueva en Cristo, que es la verdadera victoria. La unidad visible de todos los cristianos siempre es una obra que viene de lo alto, de Dios, una obra que requiere la humildad de reconocer nuestra debilidad y de acoger el don (...). La unidad que viene de Dios exige, por lo tanto, nuestro compromiso diario de abrirnos los unos a los otros en la caridad[7].

Predicó san Agustín que «la soberbia engendra división, mientras que la caridad es madre de la unidad»[8]. Hemos de tener conciencia de que cada uno lleva dentro de sí el riesgo de la disolución, porque todos arrastramos la tendencia a encumbrar el propio yo, que se alza como el mayor enemigo de la unidad. No sería, por tanto, instrumento bueno quien pensase egoístamente en sí mismo, quien se dejase dominar por el orgullo, quien no intentara desterrar las propias personales miserias. Por el contrario, la caridad sincera, sin fingimiento, como recomienda san Pablo[9], estrecha el lazo que mantiene y asegura la fraternidad de personas muy distintas entre sí, sin menoscabar la legítima diversidad de ideas y actuaciones temporales. Por eso, el ruego sincero por la unidad de los cristianos ha de ir acompañado por el ejercicio concreto de la humildad y de la caridad. Lograr esta unidad y hacer que permanezca —explicaba nuestro Fundador— es tarea difícil, que se alimenta de actos de humildad, de renuncias, de silencios, de saber escuchar y comprender, de saber noblemente interesarse por el bien del prójimo, de saber disculpar siempre que haga falta: de saber amar verdaderamente, con obras[10].

En un cristiano, el trato con todos los que encuentra en su camino no se reduce nunca a mera cortesía o a buena educación, sino que expresa la manifestación del Amor, con mayúscula, que Dios mismo derrama en nuestros corazones. Por eso, la caridad, el cariño, no se queda solamente en unos sentimientos, aunque éstos intervengan con fuerza en nuestras actuaciones, pues no somos sólo espíritu, sino hombres o mujeres de carne y hueso. Sin embargo, todos necesitamos purificar los sentimientos; de otro modo, lo que quizá comenzó como un amor altruista corre el riesgo de convertirse en fruto del egoísmo, en búsqueda de la propia excelencia, en satisfacción desorbitada del propio yo.

En la encíclica Deus caritas est, Benedicto XVI explica que los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor[11]. Se deben purificar, lograr que maduren mediante la abnegación; sólo así el sentimiento se convierte en amor en el pleno sentido de la palabra[12].

No hay más modelo que Jesucristo. Por eso, la caridad cristiana consiste en amar como Él nos ha amado: hasta la entrega completa de su ser al Padre, por amor y para nuestra salvación. Nos lo legó como testamento en la Última Cena: un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como Yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros[13]. En aquellas primitivas comunidades cristianas se dio cuerpo a este mandamiento nuevo, hasta el punto de que los paganos comentaban asombrados: «¡Mirad cómo se aman!»[14].

La verdadera caridad cristiana, participación de la que rebosaba del corazón del Verbo encarnado, va empapada por el sacrificio; no busca la afirmación personal, sino el bien de los otros; y se configura como una tarea que nunca cabe considerar concluida: necesitamos aprender a querer, fijándonos en el ejemplo de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de los santos que más han amado a Dios y al prójimo. Sintamos la responsabilidad de comenzar y recomenzar en cada jornada, muchas veces al día, con detalles pequeños de servicio y de entrega a los demás —a veces en cosas de más importancia— que los otros quizá no descubren, pero que no pasan inadvertidos a la mirada de nuestro Padre Dios. Recordemos la insistencia con que nuestro Padre nos dirigía aquellas palabras del profeta: discite benefacere[15], aprended a hacer el bien, aprendamos a acabar bien lo que nos ocupe.

Y al conducirnos de este modo, se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esa otra persona, no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo[16].

Este modo de comportarse requiere ciertamente —no me importa repetirlo— que nos esforcemos por dejar de lado nuestro yo, olvidándonos de nosotros mismos. Caridad y humildad van estrechamente unidas; y su fruto maduro es la unidad. Cuando sinceramente nos consideramos nada; cuando comprendemos que, sin el auxilio divino, la más débil y flaca de las criaturas sería mejor que nosotros; cuando nos vemos capaces de todos los errores y de todos los horrores; cuando nos sabemos pecadores aunque peleemos con empeño para apartarnos de tantas infidelidades, ¿cómo vamos a pensar mal de los demás?, ¿cómo se podrá alimentar en el corazón el fanatismo, la intolerancia, la altanería?

La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse —¡siempre!— como instrumentos de unidad[17].

La caridad, como toda virtud, ha de ejercitarse con orden. Por eso, sin discriminar a nadie, se dirigirá en primer lugar a quienes tenemos alrededor: la propia familia, los amigos, los compañeros de profesión, los vecinos y conocidos... De esta manera, contribuimos a que se vuelva más sólida la unidad de la Iglesia y colaboramos —apoyados en la oración— a que se produzca la ansiada unión de todos los cristianos. ¿Cómo tratamos a las personas que Dios ha puesto junto a nosotros? ¿Qué detalles concretos, cotidianos, de servicio alegre, referimos a cada uno? ¿Nos empeñamos para que en el hogar, en el ambiente de trabajo, en el círculo de amistades que frecuentamos, se manifieste el buen olor de Cristo[18] de la sincera amistad, de un cariño humano empapado de amor a Dios?

El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo —escribió san Josemaría—, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?[19].

El Señor pide que realicemos una siembra de comprensión y disculpa en los distintos ambientes de la sociedad. A esto llama a cada cristiano, eso espera de los hombres. Es posible esta siembra si nos mueve la caridad de Cristo, que sabe volver compatibles las diferencias de carácter, de educación, de cultura, en la unidad del Cuerpo místico, sin que nada la rompa. El Apóstol no rechaza la diversidad: cada uno tiene de Dios su propio don, quien de una manera, quien de otra (cfr. 1 Cor 7, 7). Pero esas diferencias han de estar al servicio del bien de la Iglesia. Yo me siento movido ahora a pedir al Señor —escribe san Josemaría— (...) que no permita que en su Iglesia la falta de amor encizañe a las almas. La caridad es la sal del apostolado de los cristianos; si pierde el sabor, ¿cómo podremos presentarnos ante el mundo y explicar, con la cabeza alta, aquí está Cristo?[20].

Dentro de dos semanas, el 14 de febrero, conmemoraremos en la Obra el aniversario de la extensión de la labor apostólica a las mujeres, en 1930, y de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en 1943. Nuestro Padre consideró que esa coincidencia de fechas, en años distintos, era una manifestación de la Providencia divina, que deseaba subrayar con fuerza la unidad del Opus Dei. Agradezcamos este don divino, que cada una y cada uno de nosotros debe fomentar y defender, ante todo, en nuestra propia vida, y también a nuestro alrededor.

Recemos por todos los Pastores de la Iglesia, para que todos, con Pedro, Cabeza visible del Cuerpo místico, vayamos a Jesús por María. No cesemos de clamar al Espíritu Santo por la incorporación plena de los cristianos y de la humanidad entera en la unidad de la Iglesia Católica, de modo que se cumplan las palabras de Nuestro Señor: tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor[21].

No quiero terminar sin un recuerdo explícito del queridísimo don Álvaro, que el día 19 celebraba su santo. De su respuesta a Dios podemos aprender, entre tantas cosas, a cuidar con esmero esta familia sobrenatural a la que el Señor nos ha llamado —la Iglesia, la Obra—, gastándonos gustosamente en este empeño, como el primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei.

Como siempre, acompañadme en mis intenciones; concretamente, de manera especial, rezad por los hijos míos, Agregados de la Prelatura, que ordenaré de diáconos el próximo día 18.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2012.

[1] Jn 17, 21.

[2] Hch 2, 42.

[3] San Josemaría, Notas de la predicación, 23-IV-1963.

[4] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 19-I-2011.

[5] Ibid.

[6] Hch 4, 32.

[7] Benedicto XVI, Alocución en el Ángelus, 22-I-2012.

[8] San Agustín, Sermón 46, 18 (PL 38, 280).

[9] Cfr. 2 Cor 6, 6.

[10] San Josemaría, Notas de la predicación, año 1972.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 17.

[12] Ibid.

[13] Jn 13, 34-35.

[14] Tertuliano, Apologético 39, 7 (CCL 1, 151).

[15] Is 1, 17.

[16] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 18.

[17] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 233.

[18] 2 Cor 2, 15.

[19] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 226.

[20] Ibid., n. 234.

[21] Jn 10, 16.

2 de febrero de 2012

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

CRISTIANISMO A LA CARTA

5 DE FEBRERO DE 2012

Se nos presenta hoy otro capítulo de amor por parte de Jesucristo. En esta ocasión, una de las escenas que más se repiten a lo largo del evangelio: Son tantos los que buscan a Jesús, que se cuentan por muchedumbre. Y cada uno con intereses propios. Unos porque le siguen como discípulos, asombrados de su doctrina, de sus signos; otros van detrás, mirando de lejos, para descubrir algún renuncio y poder acusarlo y, posteriormente, condenarlo, como así sucedió en el juicio de la noche del jueves santo.
El pasaje que estamos considerando se desenvuelve en su comarca natural de Galilea, en Cafarnaúm, en casa de Simón Pedro. Acaba de salir de la sinagoga, donde ha liberado a un endemoniado. Estaban comentado las distintas reacciones de los testigos. No se ponían de acuerdo. Se acercan los más próximos para decirle que la suegra de Simón estaba en cama por culpa de la fiebre. Sabemos el resultado: Jesús la cura, ella se levanta y prepara lo necesario para aquel grupo de hombres recién llegados. Pero no sólo a aquella mujer. “Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta”.
No dejaría de ser un espectáculo: Enfermos, endemoniados, leprosos, cojos, cie-gos… Todo el pueblo espectador. Dice el Evangelio que curó a muchos y expulsó a muchos demonios. Pero al llegar la madrugada, Jesús se levantó y se fue a la soledad de la montaña para orar.
Sin embargo, no fue Él el único que madrugó aquel día, domingo por cierto. Los discípulos, emisarios de los enfermos y de los que habían sido curados, se acercaron a Jesús, para decirle: “Todo el mundo te busca”. Tanto los discípulos, como la gente del pueblo, seguían y perseguían al Maestro. ¿Qué les seducía? ¿Qué habían descubierto en Él? ¿Qué esperaban recibir? Aquí era donde se abría una dolorosa división entre el modo de pensar y de actuar de Jesús y de todos los demás en este pasaje. Simplemente estaban en dos planos totalmente diferentes.
Es lo que dice Juan al contarnos el dolido reproche de Jesús ante el “interés” que su Persona suscitaba tras el milagro de los panes y los peces: “Vosotros me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”.
Y, ciertamente, se puede buscar a Jesús, se le puede seguir y se le puede perseguir, como quien entra en un supermercado. Allí, la gente nos autoservimos sólo de aquello que queremos consumir, pasando de largo del resto de las ofertas. En esos supermercado, la iniciativa no la tienen las estanterías, ni el dueño del negocio, que ni siquiera lo conocemos, sino la libertad y el gusto del consumidor.
Cuando Cristo está por medio, nada de todo esto es así, o al menos, no debe serlo, porque no cabe un cristianismo a la “carta”. Cristo se nos da por entero, y sólo por entero podemos darnos a Él en respuesta agradecida. No vale servirse de Jesús, aprovecharse de Dios, sólo en el favor, en la recomendación. Acoger a Jesús es acoger el don de su Persona, el Reino, hecho de palabras y signos, de gracia y de exigencia, de entrega y donación. Y ese Reino es amar a Dios amando todo lo que Él ama, y por lo tanto hacer nuestra su causa y su proyecto, sus amores y dolores, sus hijos.
Seremos así eco que se escucha, y testimonio creíble de la Buena Noticia que quien pasó haciendo el bien nos dejó como tarea.
QUE ASÍ SEA

25 de enero de 2012

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

LA VOZ

29 DE ENERO DE 2012

Ya lo advertíamos la semana pasada: volvemos a encontrarnos con un nuevo capítulo de una serie en donde el protagonista es el amor. Hoy domingo, nos encontramos ante un pasaje del Evangelio donde se nos habla de una forma de predicar totalmente distinta. Era ese modo de valorar un sermón de Jesús en todas sus formas: Una predicación llena de gestos y palabras que dejaban entrar en los corazones de los oyentes torrentes de esperanza.
En este corto pasaje del Evangelio vemos a Cristo que, fiel a su misión de llevar y de ser la Voz del Padre, se acercó a su territorio familiar de Cafarnaúm, entró en el templo de los judíos y comenzó a enseñar.
“Se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaban como los letrados, sino con autoridad”. Algo habría en aquel maestro que enseguida los oyentes advierten una clara diferencia. Y la primera pregunta que se hacen salta enseguida: Si este Maestro enseña de esta manera, ¿cómo enseñaban los letrados? Si le damos la vuelta al argumento, responderíamos que sin autoridad. Y esto tan sencillo, es lo que diferenciaba lo que estaban acostumbrados a lo que ahora estaban escuchando.
Por eso, ahora nosotros, en nuestra comunidad parroquial, hemos de recuperar el sentido de la palabra autoridad, sin caer en el error del autoritarismo. Si miramos a nuestro alrededor (religiosas, catequistas, Adoración Nocturna, Cofradías, los sacerdotes, los coros…) estamos constantemente predicando con autoridad y sin autoritarismo. Porque cuando lo hacemos de esta última manera, no deja de ser una predicación que te deja igual, frío, que no ilumina ni enciende, que no cura ni levanta, que no mueve ni conmueve, mientras que lo que estamos escuchando, aunque no terminemos de asombrarnos, nos invita a un auténtico crecimiento. Cuando escuchamos todos estos mensajes en el seno de nuestra comunidad parroquial, crece y madura lo mejor que hay en nosotros.
No es difícil imaginar que el entusiasmo de la gente por esa Persona que escuchándola crecían, se convirtiese en seguimiento dejando tantas cosas, dejándolo todo, como éramos testigos el domingo pasado. Y desde aquí se puede entender que todo esto provocase preocupación, envidia y persecución en los letrados que aburrían y en los adivinos que engatusaban: unos y otros iban perdiendo clientela a pasos agigantados, mientras que Jesús se convertía en un enemigo de aquéllos al que había que quitar de en medio.
Hasta los demonios quedaban desplazados con el paso de Jesús por medio de su pueblo. El diablo es el que separa desintegrando, el que esclaviza con sutileza, el que secuestra en la mentira.
Por todo ello, ante este pasaje del Evangelio hemos de retener dos anotaciones claras para no olvidar. La primera es que, en medio de nuestra sociedad de ofertas para todos los gustos, es preciso saber encontrar la Palabra de Jesús y crecer en y con ella, adhiriéndonos a aquellos santos, Papas, obispos, sacerdotes, religiosas, padres y madres catequistas…, que nos la da con fidelidad.
Y la segunda, que no debemos asustarnos si los escribas de ahora y los diablos de siempre, disfrazados de medios de comunicación o de amigos próximos, se enfadan con la Palabra de Jesucristo, con la de sus pastores y sus discípulos, y amenazan, acorralan, revuelcan y pretenden de mil modo censurarla. No es mala señal. El Reino está siempre comenzando, y la autoridad de Jesús siempre actúa contracorriente ante los enemigos de Dios y de sus hijos los hombres.

QUE ASÍ SEA

19 de enero de 2012

III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

FOROS Y PÚLPITOS CALLEJEROS

22 DE ENERO DE 2012

Cuando dos personas o un grupo de personas no tienen nada de qué hablar, se suele decir que es muy socorrido hablar del tiempo que hace o que ha dicho la tv que va a hacer en los próximos días. A nadie se le ocurre hablar de algo o de alguien que nos interesa o que nos llega de cerca, sino de algo que queda fuera del corazón, que queda al margen de lo que nos preocupa..., porque hablar del tiempo es hablar por hablar y que no nos compromete a nada.
Y esto podría ocurrir incluso cuando hablamos de Dios: se comentan las lluvias, fríos y nieve de los últimas días, sin que ello influya para bien o para mal en nuestras vidas.

Y nos preguntamos, ¿qué tiene que ver todo esto con lo que realmente nos interesa, que es la recesión económica que nos aprieta en la cuesta de enero, febrero..., y la cuesta arriba de todos los meses? ¿qué tiene que ver con esa absurda enemistad que mantengo con ese vecino, ese familiar, esa persona conocida que me lleva a ignorarla, cuando no a odiarla? ¿qué tiene que ver con tantas guerras lejanas algunas y cercanas casi la mayoría? ¿qué tiene que ver con esa enfermedad detectada hace poco, o con la muerte inesperada de esa persona que cambia el rumbo de nuestra vida y que parece que nos va a quitar toda la alegría y la esperanza? ¿qué tiene que ver todo eso con las soledades en las que vivimos y que nos llevan a la tristeza y a la depresión?
Y así podríamos preguntarnos una tras otra esas preguntas a las que ponemos caras, nombres y peso. Preguntas que se hacían los hombres en tiempos de Jesús y que tenían su importancia, como las siguen teniendo ahora y que nada tienen que ver con ese perder el tiempo tontamente en foros, púlpitos o barandas de nuestro pueblo.
Y entonces vino Jesús, apareció en la historia y paró el tiempo viejo, haciendo sonar el despertador con esta homilía: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, está ya entre nosotros..., convertíos y creed la Buena Noticia". Cristo ha venido a esta tierra a decirnos algo así como: "¡Ya está bien!", "¡se ha cumplido el plazo!". Y esto lo ha dicho porque en el momento en que Cristo puso su pie en la tierra dio comienzo otra realidad. Ya se acabó aquello de que un hermano mate a otro hermano, que los hombres se crean más que Dios para hacer lo que quieran, que Dios no vive en la palacio de la Bolsa y de los Mercados.
Que es posible comenzar otra historia, otro modo de ser humanos. Que nosotros somos capaces de recuperar los planes primeros de Dios. Desde el padre de familia, pasando por el político, el maestro, el agricultor, el carpintero, terminando por jóvenes, niños, adultos y ancianos.
Y para eso vino Jesús: para mostrarlo en su Persona, para concedérnoslo con su Gracia, para acompañarlo con su Presencia y su Palabra, para recordarlo con su Iglesia.
Hace no más de quinientos años que hubo gente en Mancha Real que escucharon este mismo evangelio y algunos siguieron hablando del tiempo. Ha habido miles que lo creyeron, le dieron tanto crédito que cambiaron sus vidas, es decir, se convirtieron, y por esos casi todos nosotros hoy estamos aquí. Fue un modo de escuchar esa noticia buena que se transformó en seguimiento de Jesucristo, y se fueron con Él a vivir y a desvivirse por Él y los demás.
El tiempo de Dios había empezado a sonar. Pequeñas pero imparables, comenzaron a sonar las campanadas de la esperanza y la alegría, de la paz y a caridad. Era le gracia de Dios hecha acontecimiento para la historia.
Nosotros podemos hacer hoy dos cosas: o hablar del tiempo o escuchar con recogimiento este Evangelio, siguiendo a Jesús, viviendo con y como Él, construyendo el Reino de Dios. Es el riesgo apasionante de nuestra libertad.
QUE ASÍ SEA

12 de enero de 2012

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

HORA “H”, DÍA “D”

15 DE ENERO DE 2012

En todas las facetas de la vida, tengamos la edad que tengamos, siempre hay una primera vez. Cuando se trata de algo particularmente extraordinario e importante, de manera que pueda marcar la vida, jamás se olvida. Todo esto es válido cuando se trata de esa historia particular donde entra como protagonista el amor: o bien hacia una persona con la que se va a compartir una vida, o bien en la historia de una llamada de Dios a responder con la entrega de la vida en el sacerdocio o en la vida consagrada. Siempre se trata de una historia de amor real, al que le ponemos fecha y jamás se olvida.
Pues este amor histórico, datable e inolvidable es el relato del Evangelio que acabamos de proclamar. Es sin duda, una de las más entrañables e íntimas escenas que nos podemos encontrar en las páginas de la Sagrada Escritura. El encuentro de Jesús con los dos primeros discípulos: Juan y Andrés. Aquí está el comienzo de toda una aventura insospechada e inimaginable, de la que uno de los testigos, nuestro titular de la parroquia, San Juan Evangelista, no podrá ni querrá dejar pasar inadvertida.
Escudriñando la misma escena, podemos ver a Jesús que pasa cerca del grupo, y el último de los profetas del pueblo de Israel que lo señala. Hay una mirada que se entrecruza y que se convierte en confesión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Es importante esa mirada y esa confesión de Juan el Bautista, sin la cual aquellos dos discípulos no habrían sabido quién era Aquel que pasaba ni habría sucedido todo lo que aconteció tras su paso. Esto fue todo lo que hizo Juan Bautista: simplemente miró, señaló y confesó; no hizo lo más importante, pero esto no habría acontecido sin lo que le correspondió a él hacer. El resto lo hizo Dios.
Más adelante en el relato, tenemos una pregunta y una casa. Algo así de cotidiano. Aquellos dos discípulos comenzaron a seguir a Jesús, llenos de curiosidades y de preguntas: el haber encontrado al maestro de su vida, el querer conocer su casa, el comenzar a vivir con él… Todo esto sucedió a la cuatro de la tarde de aquel día.
Así sucede siempre con toda relación personal con Cristo: no olvida jamás el instante de la primera vez aunque se le olviden tantas otras cosas. Este fue el inicio. Luego vendrá toda una vida, consecuencia de aquello que sucedió a la hora “h” del día “d”, cuando vimos pasar a Jesús por nuestro lado.
Para aquellos discípulos vino después: el Tabor y la gloria, la Última Cena con su intimidad, el Getsemaní con su dolor, al pie de la cruz, el sepulcro vacío, la pesca milagrosa, la Resurrección, María en la espera del Espíritu, Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia…, tantas cosas con todos los matices que la vida siempre dibuja. Todo comenzó entonces a las cuatro de la tarde.
Finalmente, nos encontramos con una misión incontenible. Aquellos discípulos no se encerraron en la casa de Jesús ni detuvieron el reloj del tiempo. Salieron de allí, y dieron las cinco y las seis, y las mil horas siguientes. Y a los que encontraban les narraban con sencillez lo que a ellos les había sucedido, permitiendo así que Jesús hiciera con los demás lo que con ellos había hecho. Esto es, ni más ni menos, que el Cristianismo.
QUE ASÍ SEA

6 de enero de 2012

CARTA PRELADO OPUS DEI ENERO 2012

Entre otras ideas, el Prelado del Opus Dei invita a agradecer a Dios el tiempo que dejamos atrás y a mirar con esperanza el año que se abre ante nosotros.

06 de enero de 2012

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Cantando ayer el Te Deum en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, ante el Santísimo Sacramento expuesto en la custodia, dábamos gracias a la Trinidad Beatísima por los beneficios que nos ha concedido en el año que acaba de transcurrir. Me sentí muy unido al Papa y a toda la Iglesia, especialmente a cada una y a cada uno de vosotros, y a los innumerables Cooperadores y amigos de la Prelatura. He visto y he oído cómo nuestro Padre rezaba este himno, con hambre de unirse al canto de alabanza que toda la creación rinde a Dios. Todas las mañanas, después de celebrar la Santa Misa y mientras se quitaba los ornamentos sacerdotales, lo recitaba con inmensa devoción, bien unido a sus hijas y a sus hijos.
En estos días de Navidad, y siempre, es lógico que se alce con más intensidad al Cielo nuestra acción de gracias, en primer lugar, por la encarnación y el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Este don es el fundamento perenne de nuestra gratitud, de nuestra alabanza, de nuestra adoración, a un Dios que no cesa de amarnos con locura y que nos lo manifiesta sin interrupción.
El comienzo del año nuevo nos debe ayudar a tener más presente esta prueba del amor divino. Los Padres de la Iglesia y todos los santos, en las diversas épocas de la historia, se han llenado de admiración al considerar que, con el nacimiento de Cristo, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Inmenso se ha hecho pequeño asumiendo nuestra limitada condición humana. «¿Qué mayor gracia pudo concedernos Dios?», se pregunta san Agustín. «Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia»[1].
Nuestro asombro y nuestro agradecimiento aumenta aún más si consideramos que Dios no nos ha dado solamente este regalo por un tiempo o para un momento determinado, sino para siempre. El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible "hoy" el encuentro con Él. Los textos litúrgicos navideños nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este "hoy ha nacido para nosotros el Salvador", no estamos utilizando una expresión convencional vacía, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia[2].
A la luz del amoroso designio divino con la humanidad entera y con cada uno, adquieren su verdadero relieve los acontecimientos del año que acaba de concluir: la salud y la enfermedad, los éxitos y los fracasos, los acontecimientos felices y los dolorosos, lo que consideramos bueno y lo que nos pareció menos bueno... Qué bien lo expresó nuestro Fundador en aquel punto de Camino, cuando exhorta a levantar el corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.
Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso...
Dale gracias por todo, porque todo es bueno[3].
Es cierto que en el mundo abundan los dramas y sufrimientos: catástrofes naturales que arrebatan la vida a millares de personas, focos de guerra y violencia en muchos lugares, enfermedades y carencia de bienes de primera necesidad en innumerables puntos de la tierra, divisiones y rencillas en las familias y entre los pueblos... A todo esto hay que añadir ahora la profunda crisis económica que afecta a muchos países, con tantos hombres y mujeres en paro forzoso.
Sin embargo, aunque la razón no llegue a entender el porqué de estas situaciones, la fe nos asegura que este tiempo nuestro encierra ya, de forma definitiva e imborrable, la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador (...). La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor que da la salvación también en las horas breves y fatigosas de nuestras vidas cotidiana? ¿No es una invitación a descubrir que nuestro tiempo humano —también en los momentos difíciles y duros— está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más, por la Gracia que es el Señor mismo?[4].
Hagamos memoria, hijas e hijos míos, de los innumerables beneficios recibidos en los meses que acaban de transcurrir. Podemos meditarlos en la intimidad de la oración. A pesar de nuestra poquedad personal, ha sido un año más de fidelidad a nuestra vocación cristiana en la Iglesia, siguiendo el espíritu de la Obra. Y podemos enumerar otros muchos beneficios: los frutos espirituales de un trabajo ofrecido a Dios y realizado con espíritu de servicio a las almas; las personas que, gracias al ejemplo y a la palabra apostólica de los hijos de Dios, se han acercado con intimidad al Señor o lo han descubierto en la trama de su existencia ordinaria; el comienzo de la labor apostólica estable de fieles de la Prelatura en nuevos países y su consolidación en otros; la llamada divina a servirle en el Opus Dei que el Señor ha dirigido a muchas personas en el mundo entero; la profunda remoción interior, las conversiones y vocaciones de entrega total, siguiendo los más variados caminos espirituales, que Dios ha suscitado en la Iglesia con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en el mes de agosto... Y tantos otros beneficios en la vida personal, familiar y social, que toca a cada uno descubrir y agradecer.
Ante este panorama sin fronteras, podemos hacer nuestra la oración que san Josemaría rezó innumerables veces, especialmente en los últimos años de su existencia terrena: Sancte Pater, omnipotens, æterne et misericors Deus, Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis etiam ignotis[5]; Padre Santo, omnipotente, eterno y misericordioso Dios: por la intercesión de la bienaventurada Virgen María te doy gracias por todos tus beneficios, también los desconocidos. Porque, efectivamente, son más los beneficios que nos han pasado inadvertidos que los que conocemos. ¿Quién podría contar las veces que el Señor, con su paternal providencia, nos ha librado de peligros del alma y del cuerpo? ¿Quién sería capaz de enumerar las gracias que la Santísima Virgen nos ha conseguido en estos meses?
Por eso, es natural y sobrenaturalmente lógico que tratemos de mantener una constante actitud de agradecimiento. Como exhortaba san Josemaría al comienzo de un nuevo año: Ut in gratiarum semper actione maneamus! Que estemos siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro, por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene alcance eterno. Demos gracias a Nuestro Señor por cuanto ha sucedido este año, y también en cierto modo por nuestras infidelidades, porque las hemos reconocido y nos han llevado a pedirle perdón, y a concretar el propósito —que traerá mucho bien para nuestras almas— de no ser nunca más infieles[6].
Dirijamos ahora la mirada al año que comienza. ¡Cuántos beneficios nos otorgará el Señor, si lo recorremos de la mano de Santa María! Se lo pedimos a nuestra Madre en esta fecha en la que la Iglesia conmemora solemnemente su Maternidad divina.
Las fiestas de estas semanas nos impulsan a empaparnos del clima de la primera Navidad. Ante el belén, imaginando los detalles de cariño de María y José con el Recién Nacido, habremos examinado cómo es nuestro trato con los demás: nuestra propia familia, los amigos, los colegas, y todas las personas que Dios —de un modo u otro— va poniendo a nuestro lado. Para todos hemos de ser luminarias que lleven a Cristo, como deseaba el Papa al reflexionar sobre las luces que adornan el árbol de Navidad. Que cada uno de nosotros —decía— aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo, cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad —concluía el Santo Padre— es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura[7].
Apliquemos estas consideraciones a la existencia cotidiana, tan rica de oportunidades de entrega a Dios y a los demás. Es cierto que somos y nos sentimos poca cosa; por eso mismo, os transmito la invitación de nuestro Fundador a volvernos voluntariamente pequeños delante de Dios, para que nuestro Padre celestial y nuestra Madre la Virgen se ocupen con especial esmero de cada uno. Esta decisión comporta el deseo de renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños[8].
El trato de los hijos pequeños con sus padres —su abandono en ellos, su confianza, sus audaces peticiones— nos sirve de modelo para nuestras relaciones con Dios. Es la actitud fundamental del cristiano, que, renovada un día y otro, jornada tras jornada, nos asegura que andamos por la senda justa, independientemente de los éxitos o fracasos que puedan presentarse. ¿Nos detenemos con frecuencia a pensar si estamos caminando con el Señor? ¿Le dejamos que nos acompañe a toda hora? ¿Cómo le hablamos de lo que se nos presenta en cada momento?
¿Quién va a ser mejor Maestra que la Santísima Virgen? Al escuchar el anuncio de san Gabriel, se abandonó plenamente a la Voluntad divina —fiat mihi secundum verbum tuum!—, y creyó firmemente que se cumplirían las cosas que se te han dicho de parte del Señor, como proclamó santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo[9]. Luego, en Caná, dirigió a su Hijo una petición llena de fe, intercediendo por las necesidades de los esposos —no tienen vino— y recomendó a los sirvientes cumplir exactamente lo que les indicara el Señor: haced lo que Él os diga[10]. Miremos más a la Virgen, invoquémosla más.
Dentro de pocas fechas, el 9 de enero, se cumplen ciento diez años del nacimiento de san Josemaría. Aprovechemos este aniversario para acudir con fe a su intercesión, pidiendo por la Iglesia y la humanidad. Llevadle de modo especial las necesidades de la Obra, de sus hijas y de sus hijos en el mundo entero, y seguid rezando por mis intenciones. Todas y todos estáis constantemente presentes en mi oración; especialmente los que pasan por momentos de mayor sufrimiento físico o espiritual. Con palabras de san Pablo, os aseguro que es justo que yo sienta esto por cada uno de vosotros, ya que os tengo en el corazón (...). Dios es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús[11].
Me parece también muy oportuno que recordemos el empuje sobrenatural y humano, el optimismo nacido de la fe, que san Josemaría transmitió a sus hijos en la Carta Circular del 9 de enero de 1939, un año después de su llegada a Burgos, pensando en el incremento de la labor apostólica de la Obra al concluir la guerra civil española, cuyo fin era ya inminente.
¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución de parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita Caridad[12].
Con la fuerza de nuestro Padre, y en su nombre, os pido que afinemos en la filiación y en la fraternidad. Si no cuidásemos a fondo estos pilares de nuestra familia sobrenatural, se provocarían grietas en la estructura de la Obra, a las que ninguno debe quitar importancia. Os digo lo que también nos comunicó en los años 50: que recemos el oremus pro unitate apostolatus, porque lo vivamos sin solución de continuidad.
Con todo cariño, deseándoos los mejores regalos del Cielo en este nuevo año, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de enero de 2012.
[1] San Agustín, Sermón 185 (PL 38, 999).
[2] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-XII-2011.
[3] San Josemaría, Camino, n. 268.
[4] Benedicto XVI, Homilía en las I Vísperas de la solemnidad de María, Madre de Dios, 31-XII-2010.
[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 15-IX-1971.
[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.
[7] Benedicto XVI, 7-XII-2011.
[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 143.
[9] Lc 1, 38 y 45.
[10] Jn 2, 3 y 5.
[11] Flp 1, 7-8.
[12] San Josemaría, Carta Circular, Burgos, 9-I-1939; en A. Vázquez de Prada, "El Fundador del Opus Dei", II, p. 380.

4 de enero de 2012

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

LETRAS A LOS TARAREOS

8 DE ENERO DE 2012

Vivimos ya los últimos momentos de estas fiestas entrañables de la Navidad. Ahí están los recuerdos de los domingos anteriores y todo el ambiente familiar y festivo que hemos vivido. Y vivimos las vísperas más inmediatas de lo que ahora viene: el ritmo laboral que tantos de nosotros vamos a reiniciar en los próximos días.
Pero como clausura final de este tiempo especial de Navidad, la liturgia nos regala la fiesta del Bautismo del Señor, que tanto nos puede enseñar para ese ritmo normal que tenemos por delante. Jesús con su Bautismo, inicia su misión salvadora públicamente. Atrás deja unos años de anonimato y vida oculta en Nazaret y alrededores, para meterse de lleno en la misión salvadora para la cual fue enviado por el Padre Dios. Con el Bautismo de Jesús, Dios se mete en esa historia de la que jamás dejó de estar presente, para estar de un modo más palpable y audible.
En estos días atrás hemos recordado con humildad y sencillez que Jesús es la Palabra que el Padre Dios acampó en nuestra tierra, pero Palabra que ha asumido hasta el final la condición humano, y por lo tanto, ha querido aprender a hablar nuestros lenguajes. Esta Palabra de nuestro Dios no tiene un sentido de revancha, como si Él se hubiera enojado ante nuestra cabezonería o nuestra incomprensión de tantos mensajes y tantos mensajeros como nos ha ido enviando desde que decidimos desoír la primera palabra que nos dirigió al comienzo de la creación. No, no hay en Dios ningún sentido de revancha, no es Jesús una Palabra “enfadada” del Padre Dios. Jesús vuelve a ser una Palabra llena de misericordia entrañable.
Ahora vuelve aquella escena que recuerda la primera voz de Dios: el Espíritu de Dios que aletea como una paloma sobre nuestra tierra y nuestra historia. Es una Palabra que nos devuelve la felicidad perdida o pendiente de estreno. Jesús es una Palabra en la que podemos reconocer el lenguaje de nuestro corazón, porque Él pondrá la mejor “letra” a tantos tarareos que nos gastamos con esfuerzo desmedido e ineficaz. Él se ha hecho hombre para enseñarnos a ser humanos. Él ha aprendido a decirse en nuestras lenguas para que nosotros comencemos a balbucir la suya, la que se habla en el hogar de la Trinidad al que estamos destinados felizmente todos nosotros.
Después de estas Navidades, volvemos a nuestro ritmo normal de cada día, como Jesús reemprendió su presencia entre nosotros de un modo nuevo tras su Bautismo. Se nos invita a mirarle, a escucharle, porque en Él está nuestro espejo y nuestro mejor eco. La alegría que está donde siempre estuvo y que no depende de consignas de grupo ni de guión de festejos, el gusto por la vida que llena de pasión cada cosa que se hace. Para esto ha venido Jesús, para esto ha comenzado su ministerio. En Él, la creación vuelve a ser pura, creíble, apasionante. Dios nos da su Palabra más amada y preferida…, y nuestras voces encuentran finalmente el sentido de su hablar si logramos escucharla y entrar en su santa conservación.
QUE ASÍ SEA

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

LOS MOTIVOS DE SER CRISTIANO

6 DE ENERO DE 2012

“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Ésta es la sencilla razón que dan unos astrólogos de la antigüedad, a las autoridades judías, para justificar su presencia en aquel país lejano al que han llegado tras un penoso camino que emprendieron abandonando la serena vida en su propio país.
Si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta que es la misma justificación y razón que han conducido a tantos y tantos hermanos nuestros a dejarlo todo por el Señor. Y es igualmente la razón hoy día de nuestro caminar cristiano, haciendo esfuerzos por abandonar la tranquilidad burguesa de esta sociedad tan permisiva, donde todo está permitido, porque no quiere muchos quebraderos de cabeza.
Pero a veces la estrella, como les pasó a los Magos de Oriente, se oculta, y las sombras de la noche se adueñan de todo ocultando el camino y suprimiendo todas las orientaciones que se nos dan positivamente. Cuando esto sucede, siempre hay quien puede ayudarnos porque el camino sigue estando ahí. Pero también hay quienes, aprovechando la oscuridad, engañan al viajero, como Herodes con su información malintencionada. Lo que hoy sucede, por lo que se refiere a ese conjunto de verdades elementales que están en la base de la convivencia entre los hombres, es objetivamente grave. Hoy se da un ataque organizado y sin tregua a la Verdad dada a conocer por Dios y a su principal institución como es la Iglesia.
¡Cuántas veces, y por diversos motivos, la estrella que guiaba nuestros pasos se oculta y la oscuridad nos envuelve! La ilusión y el entusiasmo con que se inició un proyecto se esfuman. ¿Cómo puede ser que lo que ayer era luz y entusiasmo hoy sea oscuridad y decepción? Nos puede suceder en el trabajo, en las preferencias, compromisos y en la vida cristiana. Al amanecer vemos claro, al mediodía dudamos y al atardecer todo parece oscuro.
Ante todo esto, es preciso contar con la eventualidad de que la estrella del entusiasmo se apague porque Dios desea que no nos movamos por puro entusiasmo, sino por la luz de su Palabra. No debemos tolerar que las oscuras luces del capricho o del cansancio desplacen la luminaria del Evangelio.
En esos momentos críticos, en que se pueden tomar decisiones lamentables, malogrando fidelidades de mucho tiempo, hay que hacer como los Magos: preguntar a quien conoce el camino y puede orientarnos. Ha sido el mismo Jesucristo quien ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos, de personas para orientar a las almas, para conducir a la salvación, para traer a la memoria el camino que conduce al cielo. Lo ha hecho por medio de la Palabra de Dios, de los Sacramentos, del testimonio y el ejemplo de gente como nosotros que supieron construir con sus vidas un camino de fidelidad.
Si nos dejamos guiar por la estrella que brilló al comienzo del camino cristiano emprendido y no por el resplandor pasajero del entusiasmo, encontraremos al final a María, a José y a Jesucristo, Luz y Esperanza de las naciones.
QUE ASÍ SEA

30 de diciembre de 2011

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

EL SANTUARIO DE DIOS

1 DE ENERO DE 2012

¡Feliz Año Nuevo! (¡Feliz entrada de Año!) Cualquier pasaje de los evangelios que escuchemos estos días, nos asoma a escenas que hemos visto en muchas ocasiones y que no dejan de conmovernos una y otra vez, aunque nos resulten tan familiares las interpretaciones que nos han dejado los artistas, los poetas, los místicos y los santos. Siempre de trata de un rincón perdido en aquellos mundos y en aquellos tiempos, que contenían en sí mismos la clave de la historia: el nacimiento de Jesús.
Todos sabemos que el primer portal de Belén que se mandó construir, fue por iniciativa de San Francisco de Asís, en un pueblecito de Italia llamado Breccio, cuando corría el año de nuestro Señor del 1223. Pero muchos años antes el evangelista San Lucas nos lo quiso dibujar, consiguiendo que nos asomáramos a lo que de hecho, históricamente, aconteció: una madre jovencita, un joven tutor, el pequeño entre pajas y pañales, y unos pastores que entre medio furtivos y medio asombrados, consiguieron colarse de rondón.
Lo que enmarca estas escenas tiernas e inimaginables, como el único modo con el que Dios nos quiso ofrecer la salvación, es el “sí” de una mujer, una doncella virgen, que se fio del mensajero que le traía el mensaje del mismo Altísimo y Buen Señor.
Ese mensaje no era otro que se la Madre de Dios. Esta fue la propuesta a la joven de Nazaret. Ser Madre del mayor milagro que Dios nos regaló inmerecidamente. Y todo esto porque se fió, se confió, de que todos sus imposibles no lo eran para el omnipotente Dios. Es el mayor título que corona la humildad de María: ser la Madre de Dios, y de aquí parten todas las demás gracias con las que el Señor la quiso bendecir. Para ser la Madre de Dios, la concibió Inmaculada. Para ser la Madre de Dios dejó intacta su Virginidad. Por ser la Madre de Dios fue Asunta a los cielos tras su dormición en la tierra.
Y, una vez más, volvemos nuestra mirada a ese evangelio donde aparecen los pastores como los primeros destinatarios e improvisados testigos de lo que en esa escena íntima y entrañable se estaba manifestando, y fueron ellos los que no dejaron de dar gracias con tal asombro y estupor, que la gente que les oía quedaba admirada.
Es la sencillez de una manifestación por parte de Dios en el marco de un nacimiento así de inaudito y milagroso, en una madre que se fía de Dios dejando sus imposibles en las manos divinas que son capaces de modelar los posibles, en un padre tutor joven que custodia con discreción algo que le desborda y asombra. Y esta sencillez se hace contagio con la de aquellos pastores que fueron rápidamente a contar la noticia.
María guardaba en su corazón todo aquello, y allí lo meditaba. Era una palabra hecha carne la que había que escuchar y hacer suya. Era también un silencio hecho carne lo que era preciso guardar. Porque Dios siempre se nos revela en cuanto nos dice y en cuanto nos calla. El corazón es ese santuario en donde custodiar la palabra y el silencio de Dios. Toda una escena en la que nosotros también estamos invitados a entrar, a asombrarnos, a testimoniar, a guardarla en el corazón.
QUE ASÍ SEA