22 de junio de 2017

XII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

NO TENGAMOS MIEDO
25 DE JUNIO DE 2017

            Jeremías fue uno de los profetas de Israel que más acudió a pedirle ayuda a Dios para que le diera valentía para no hundirse ante las acechanzas de sus enemigos y así no desfallecer ante el trabajo que Dios le había encomendado. Y el Señor lo actualiza, siglos después, en el pasaje del evangelio que acabamos de escuchar: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed al que puede enviar al fuera alma y cuerpo”.
Es donde Jesús nos señala más claramente donde está el verdadero mal: “El que puede mandar al fuego eterno al ser humano”. Y éste sujeto es el pecado; su ejecutor, el demonio. Es lo único a lo que un cristiano debe tener miedo. Aquellas cuestiones que afectan solo al cuerpo (la enfermedad, el sufrimiento, la ofensa, la muerte…) no deben ser temidas por un hijo de Dios, aunque en algunas ocasiones, por no decir todas, fuesen muy dolorosas. Y, todo ello, porque la salud del alma es más importante que la del cuerpo. Incluso admitiendo que la salud del cuerpo también tiene su importancia, nada despreciable.
            Nos dice San Pablo en su carta a los romanos: “Por un hombre entró el pecado en el mundo; y por el pecado, la muerte”. Esta “muerte por el pecado” es lo que hemos de evitar, pues se trata de una muerte definitiva y eterna: la que el Señor anunciaba como “fuego para el alma y el cuerpo”.
            ¿Cómo podemos evitar esta clase de muerte?, porque todos somos pecadores… Os puedo proponer un doble camino para ello: Uno, huir de las tentaciones y ocasiones de pecado; y, segunda, pedir perdón si hemos caído en ellos. Jesús, que en tantas ocasiones, en el Evangelio nos repite que no tengamos miedo, hoy nos anima a temer al pecado y a su fuego. Pero se trata de un miedo santo; no temor a nadie, sino a nosotros mismos: a nuestra debilidad ante el pecado.
            No se trata de vivir asustados ante el pecado. Hoy en día mucha gente vive asustada por el terrorismo o las guerras, o los populismo extremistas… Nosotros no. Pero sí de tener la sensibilidad espiritual suficiente para detectar la tentación y evitarla.
            Sería una ingenuidad pensar que no hay tentaciones. Basta salir a la calle, asomarse a internet, regentar un negocio, ver un rato la televisión, montar una pequeña empresa…, para que surja la tentación con enorme facilidad. Tentaciones contra cualquier de los diez mandamientos. No pensemos solo en los pecados contra la carne y la castidad. El orgullo, la falta de honradez en compraventas, los juicios temerarios del prójimo, las calumnias y murmuraciones, las blasfemias, las faltas de cariño en el matrimonio, con los padres o con los hijos…
            Cada día de nuestra vida está repleto de tentaciones. No nos asustan, pero el miedo santo a Dios nos lleva a tomar las medidas que nos aproximan a esos pecados, que pueden arrojar alma y cuerpo al infierno.

QUE ASÍ SEA

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

LA MISERICORDIA DE DIOS
23 DE JUNIO DE 2017

            El broche de oro a todas las fiestas que hemos venido celebrando en este último tramo del tiempo Pascual. La más destacable y enriquecedora. La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Podemos recrearnos hoy a resumir las actitudes y sentimiento de Jesús con relación a nosotros.
            Nosotros no podemos llegar a conocer el Amor de Dios en Sí mismo, porque supera todas los niveles de capacidad en nuestra cabeza. Por esta misma razón, Dios decidió encarnarse en el seno virginal de María Santísima y hacerse hombre como uno de nosotros, semejante en todo menos en el pecado y en el error. Dios se hizo hombre para salvarnos del pecado y para manifestar, a través de un rostro y de unas palabras humanas, todo el Amor infinito que Dios nos tiene a cada uno de nosotros. Por eso nunca llegaremos a alegrarnos lo suficiente en el significado de esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
Por mucho que amemos y nos entreguemos a los demás, siempre será posible amar más, ser más generosos, renunciar más a nuestro egoísmo…, y por consiguiente conocerle mejor.
En la fiesta del Corpus Christi de hace pocos días, nos fijábamos en la necesidad que tenemos de la fe y de la necesidad de ser tremendamente humildes con Cristo en la Eucaristía. Hoy podemos seguir considerando esta virtud de la humildad. Porque la fe implica confiar totalmente en Jesucristo, sin dejar ningún resquicio a la desconfianza. La humildad supone dejarnos amar por Cristo. Alguno pensará que esto es fácil. Pero, para dejarse amar por Cristo, es imprescindible arrancar del alma todo aquello que lo impide o dificulta. Y para esto, hemos de comenzar por reconocer que somos pecadores, que nos duele serlo y que hemos de pedir perdón y tratar de corregirnos. Todas estas tareas requieren de mucha dosis de humildad. Sin embargo, el premio es extraordinario; el premio es la ternura de Dios. Así nos damos cuenta que el amor que Dios no tiene no tiene nada que ver con un amor abstracto o impersonal.
Dios que nos ama con nuestros defectos, que no mira los pecados, sino a sus hijos, a cada uno, a cada una. Por eso nos perdona siempre. Pero no podremos sentir esta cercanía y ternura de su corazón, mientras no nos arrepintamos de esos pecados y recibamos el abrazo del perdón; que convierte nuestras miserias en camino hacia Dios.
En los últimos siglos parece que hay un empeño especial del Espíritu Santo en destacar el papel del Corazón misericordioso de Cristo en la vida de los cristianos. Numerosos santos lo han entendido así y lo han publicado. El resumen es el mismo: somos objeto constante de la Misericordia de Dios. Es el camino de los humildes.


QUE ASÍ SEA

19 de junio de 2017

LA FORJA DE LA ORACIÓN

CARÁCTER FORJADO EN LA ORACIÓN


Debajo de un aspecto apacible y bondadoso, se hallaba un sacerdote con coraje. No era mera apariencia, ni una táctica para llevar a cabo una misión encomendada; era su forma de ser natural. Bueno en todo su aspecto, forjado en el coraje de la oración.

Don Guillermo Huertas Palma, sacerdote llamado por Dios a sus 55 aniversario de ordenación sacerdotal, para seguir siendo sacerdote para siempre, eternamente celebrando la Eucaristía en el cielo, en el mejor Altar que Dios nos ha preparado para los sacerdotes.

Lo conocí con catorce o quince años, ayudé infinidades de veces en sus misas, me perdonó los pecados con una precisa recomendación a mejorar para ser mejor cristiano, hasta me elevó mi autoestima en mi nula cualidad de canto dejándome participar en el coro parroquial. Siempre me impresionó su piedad, devoción y sencillas homilías. Le veía siempre en un segundo plano, pero con energía para saber enseñar desde el ejemplo. Con esta imagen en mi mente, con esta estampa serena en mi corazón, me hizo sentir siempre comprendido y son esas personas que te ganan el corazón. Más tarde me di cuenta, cuando ya era sacerdote, que su carácter interior, se fue forjando en la oración en un cuarto escondido, en un rincón de una capilla, con un sencillo rosario en las manos. No perdió nunca la oración.

Paciencia y coraje. Ese coraje apostólico que nace de la oración personal y litúrgica. Esa oración que lleva a pelear con Dios intercediendo a favor de sus feligreses de Baena y de todas las parroquias por donde pasó, de su gente. Un coraje apostólico que le urgía a que ninguna alma fuera arrebatada por el pecado. Fijo a su hora en el confesionario. Ese coraje apostólico que tuvo que ver con su relación familiar con Dios y con la Santísima Virgen de Guadalupe, cuya bandera le ha seguido hasta su féretro, cubriendo esos pies inquietos que le conducía por la oración y le llevaba a todos los rincones de los corazones de su gente. Coraje apostólico que le llevaba a molestar a Dios, como aquel amigo inoportuno que fue de noche cerrada a pedir un poco de sustento para unos invitados inesperados. Cuando estaba sano de cuerpo, intercedía por todos los que se acercaban a él para rogarle sus oraciones ante el altar, donde negociaba con Dios por los demás; cuando la salud se resquebrajó, encomendaba sus dolores y fatigas para seguir negociando con Dios por la salvación y la conversión de su gente. Ese coraje apostólico que le llevaba a ser un “caradura”, un no tener vergüenza para pedirle a Dios por los que se aman.


Infinidades de cualidades se podían decir. Me limito a entronizar con estas palabras, para que sea la Santísima Virgen quien siga escribiendo este artículo hablando bien de Don Guillermo delante del Trono Celestial. Ahora pido a la Santísima Virgen de Guadalupe que sea Ella quien siga recogiendo tantas y tantas jaculatorias que fueron directas a su Inmaculado Corazón. Fue un sacerdote con un corazón hecho y forjado en la oración para interceder por todos. Siempre lo traté de usted, por respeto y cariño. Hoy, como mi intercesor en el cielo, “te digo: Guillermo sigue intercediendo por los que quisiste en la tierra y háblale bien a la Santísima Virgen de Guadalupe de mi y de los míos. Sacerdote para siempre. Descansa en paz como siervo fiel que solo ha hecho lo mandado por Dios. Gracias.

6 de junio de 2017

DOMINGO CORPUS CHRISTI

TOTAL DISPONIBILIDAD


18 DE JUNIO DE 2017

            Estamos celebrando una de las solemnidades más impresionantes en la vida del cristiano: Cristo presente en el Santísimo Sacramento del Altar, para que nos atrevamos a tratarlo, para que sea nuestro sustento, con el fin de que nos hagamos una sola cosa con Él. La Solemnidad del Corpus Christi.
            Es la presencia real por antonomasia de Jesucristo, Dios y hombre, entero e íntegro. La Iglesia nunca ha dudado lo más mínimo cuando ha afirmado que por la consagración del pan y del vino se realiza toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Todos los hombres y mujeres, a lo largo del historia de la Iglesia, nos han enseñado con su palabra y con sus obras que no podemos ver en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el mismo Cristo nos ha dicho con toda claridad que son su Cuerpo y su Sangre. Que la fe nos lo asegura así, aunque los sentidos nos pueda sugerir todo lo contrario.
            Ante este gran misterio que estamos celebrando, el gran misterio de la Eucaristía, ante todo, debemos de celebrarlo extraordinariamente bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro del a vida cristiana y que cada comunidad, cada parroquia, cada sacerdote, cada uno de nosotros, haga lo posible por celebrarla lo más decorosamente posible. Ya sabemos que las críticas nos van a llover torrencialmente. Pero si lo hacemos en la vida humana, ¡cuánto más con Jesucristo! Con nuestra actitud y cuidados, tenemos que fomentar en todo acto eucarístico, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los movimientos y todo el modo de comportarse. Así expresamos la mejor manera de expresar con mucho respeto la presencia de Cristo en el sagrario, que ha de ser como un polo de atracción. Porque así demostraremos que somos almas enamoradas de Cristo Sacramentado.
            Cristo llegó a decir que sin Él, ninguno de nosotros llegaríamos a hacer algo. Cuando afirmó esto no quiso condenar a la ineficacia cualquier cosas que hiciéramos, ni nos obligó a buscar de manera afanosa y llenos de dificultades su Persona. No. Se ha quedado entre nosotros con una disponibilidad total. Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santa Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva que viene a nosotros y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios.
            Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perpetuamente en la casa del cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo las especies del pan y del vino.
            Es impresionante, nuevamente, oír lo que el pueblo israelita llegó a decir: "No hay ni ha habido nunca una nación que tenga a sus dioses tan cerca de sí como nuestro Dios lo está de nosotros". El Hijo único de Dios, que se hizo hombre, todo lo que tomó de nosotros lo puso al servicio de nuestra salvación.
            No existe verdaderamente nada más útil para nuestra salvación que este sacramento en que se purifica los pecados, aumentan las virtudes y se encuentra la abundancia de todos los dones espirituales. Se ofrece en la Iglesia en provecho de todos, vivos y muertos, porque fue instituido para la salvación de todos los hombres. Nadie es capaz de expresar como conviene el sabor de este sacramento cuya dulzura espiritual se gusta en la misma fuente.
            "El que come vivirá por mí". Así Cristo es el manjar de los grandes: Creceremos y nos alimentaremos, sin que por eso Cristo se rebaje a lo nuestro; sino que cada uno nos vamos transformando en Cristo. No es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que, gracias a Él, acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a Él; nos atrae hacia sí.
            Podemos terminar con las mismas palabras del Apóstol San Pablo: "Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable".


QUE ASÍ SEA

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


11 DE JUNIO DE 2017
           
         Hoy celebramos una de las solemnidades más importantes fuera ya del Tiempo Pascual: El Domingo de la Santísima Trinidad. Y no es casualidad que la Iglesia celebre este misterio justo después de haber celebrado Pentecostés y con él cerrar el tiempo de Pascua. Con ello, la liturgia viene a decirnos que el misterio de la Trinidad sólo lo puede conocer quien nos comunica que Dios no es un ser solitario y apartado de todos, sino más bien un diálogo eterno de amor entre personas distintas. San Agustín explicaba que en este diálogo eterno de amor que es la Trinidad, el amante es el Padre; el amado, el Hijo; y el Espíritu Santo, el amor con que se aman amante y amado.
            Pues bien, cuando entramos en comunión con Jesús, ese diálogo eterno de amor que es la Trinidad se hace presente en nuestro corazón. A través del Señor la vida trinitaria se introduce en lo más profundo del hombre y habita en Él. Es San Juan quien refiere que el Señor en la Última Cena llegó a decir que el que le ama guardará su palabra, y el Padre lo amará y que vendrán a él y harán morada en su interior.
            Es verdad que, de alguna manera, el misterio de la Santísima Trinidad está ya presente en toda la creación. En el universo hay infinidad de seres muy diversos, pero todos ellos forman una unidad maravillosa y ordenada. Algunos Padre de la Iglesia decían que la creación es como un sinfonía: hay multitud de instrumentos distintos, pero todos ellos forman una única armonía. Por eso, en cierto modo, puede decirse que entre todos los seres hay amor, porque no va cada uno por su lado, sino que todos están cohesionados ordenadamente en esa maravillosa sinfonía que es la creación.
            Recordando esta enseñanza de los Padres de la Iglesia, decía el Papa emérito Benedicto XVI que todo el universo, para quien tiene fe, habla de Dios uno y trino. Desde los espacios interestelares hasta las partículas microscópicas, todo lo que existe remite a un Ser que se comunica en la multiplicidad y variedad de los elementos, como en una inmensa sinfonía. Todos los seres están ordenados según un dinamismo armonioso, que analógicamente podemos llamar amor.
            Pero si bien es verdad que, en cierto sentido, el amor se da en todas las criaturas, en el universo material sólo llega a su plenitud en el hombre: Sólo Él es libre, y el amor únicamente es auténtico cuando se dona y se recibe con libertad. Por eso, vuelve a decir Benedicto XVI: “Pero sólo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo llega a ser espiritual, llegar a ser amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo en una entrega sincera de sí. En este amor, el ser humano encuentra su verdad y su felicidad.
            Pidamos al Espíritu Santo que infunda un amor cada vez mayor en nuestros corazones, para que de ese modo vaya creciendo en la Iglesia y en el mundo entero la presencia de la Santísima Trinidad.



QUE ASÍ SEA